LA GRAN DIFERENCIA

ACABAMOS de compartir con el colectivo, “El Arte del Insulto Elocuente”; una semblanza que recoge memorables cruces de palabra de Winston Churchill con algunos de sus contemporáneos.  El artículo ilustra el manejo de la fina ironía del personaje, para referirse a oponentes o bien reaccionando a ataques en su contra. Aquellos eran otros tiempos, como también lo fueron cuando los intelectuales hondureños, polemizaban –en los periódicos o en las tribunas públicas– con tal elegancia de palabra que lo dicho, aunque cáustico o mordaz, no caía propiamente en el rasero del insulto. Pero era la rica formación de hombres leídos, preparados, educados –sin enchapes cosméticos sino de un pulido modo de ser– lo que hacía la gran diferencia. Tanto de su personalidad, en la forma de conducirse, como en el estilo de tratar a un contrincante o a su peor opositor. Ni asomo de semejanza a la ofensa grosera –digamos, como ejemplo, el muladar que atora las redes sociales– ni a la procacidad embadurnada del fango de los más bajos instintos. Por supuesto, en la medida que el individuo adolece de cultura –como muchos de estos zombis de hoy, los analfabetos de ahora que aún sabiendo leer y escribir nada leen y nada de ver escriben– ese lenguaje tóxico de mecapaleros, cobra sello de identidad personal.

A propósito, un fundador del colectivo manda su contribución: “En el Parlamento inglés un opositor le dijo al entonces primer ministro Benjamin Disraeli: “Usted es de las personas que merecen morir en la horca o de una enfermedad innombrable (venérea)”. El primer ministro no tomó ni un segundo en disparar la respuesta: “Eso depende, de si abrazo sus políticas o abrazo a sus amantes”. Otras genialidades: Cuando renuncia Neville Chamberlain –presionado por la oposición y su fiasco del detente a Hitler que no se tocó los hígados para invadir Europa– y va a comunicarle al Rey Jorge VI la decisión de su partido. “¿Pero por qué me traen a Churchill? –se queja el Rey, enumerando sus muchas equivocaciones– y Neville le responde que es el único aceptable para la oposición; ah, y fue quien nunca se equivocó con relación a Hitler. A lo que el Rey responde: “Pero hasta un reloj roto da la hora correcta dos veces al día”. (Con el tiempo –ambos líderes que, al inicio de la guerra, enfrentaron solos la amenaza de Hitler al mundo–fueron cultivando respeto mutuo y gran amistad). Una gota del ingenio de Óscar Wilde: “Es como un pavorreal en todo, menos en su belleza”.  Otro escritor de parecido sentido del humor fue Mark Twain: “Yo no fui a su funeral, pero mandé una bonita carta de aprobación”. Y a continuación otras famosas ocurrencias: «Me siento tan miserable sin ti, es casi como si estuvieras aquí».

«Me acabo de enterar de su enfermedad. Esperemos que no sea nada trivial”. «No solo está deprimido, él es la causa que otros se depriman”. «Él ama la naturaleza a pesar de lo que le hizo”. «Es simplemente un escalofrío buscando una espalda por la que subir». «Su madre debió tirarlo por ahí y quedarse con la cigüeña». «Tuve una noche maravillosa. Pero no fue esta». «Los dioses –decía Aristóteles– también son aficionados a las bromas». «Él es un hombre que se ha hecho a sí mismo y adora a su creador». “Tiene todos los atributos de un perro excepto la lealtad». (¿Para qué hablan así de los perros? El Sisimite conversando con Winston le dice que eso de comparar a cierta gente con chuchos, la ofensa más bien es a los chuchos. “Es como que estuvieran hablando mal de vos”, insiste el Sisimite: “Que extraño que alguien así se exprese –le responde Winston– si nunca le hice un favor…”).