Por: Héctor A. Martínez
Sentados para dialogar, como dicen los politicastros nacionales cuando simulan tener buena voluntad para arreglar las cosas -que sabemos no arreglarán-, el foro televisado de “Frente a Frente” del lunes pasado tuvo como invitados a ciertos representantes de la empresa privada y del Estado, para discutir el enredado tema de la agenda económica de este Gobierno.
A la pregunta-tema del programa, “¿Comparte usted la agenda económica del Gobierno?”, el titular de la Secretaría de Desarrollo Económico, Pedro Barquero, desde el inicio mantuvo la postura ineludible de que, efectivamente, existe una agenda gubernamental que propende a respetar al sector privado considerado “como motor del desarrollo de un país”. Para cualquier espectador internacional, con un nivel educativo superior, la tesis del ministro no admite discusiones de ninguna especie, porque, ¿qué gobierno querría obstruir al sector productivo, sabiendo que las interferencias del Estado sobre la empresa privada no dejan otra cosa que no sea desempleo, bajo crecimiento económico y una reducción en los ingresos fiscales? ¿En qué mente funesta cabría el fatal designio de socavar la débil estructura productiva del país? Por el lado empresarial, y con justificada razón, unos se dedicaron a resaltar el problema de las invasiones de tierras a la propiedad privada; otros a reiterar la importancia de la seguridad jurídica como marco referencial para atraer las inversiones, etcétera. De todos modos, los finales de esos foros siempre terminan con sonrisas y apretones de manos: la vieja escena que nos resulta bastante familiar a todos.
Sin embargo, pasados doce años de gobiernos nacionalistas, más otro en poder de Libre, las cosas van de mal en peor, cuesta abajo. La agenda, a la que apuntaba el foro referido, es inexistente, o está encriptada en algún lugar, guardada celosamente en el Centro Cívico Gubernamental. A decir verdad, nunca ha existido tal agenda en nuestra historia, salvo aquel tímido intento por liberalizar la economía propiciado por Rafael Leonardo Callejas en 1990.
Cuando un gobierno, o un grupo de líderes políticos y empresariales, pretenden responsablemente ordenar un país, o refundarlo, como decimos ahora, no se andan por las ramas, alegando nada en coloquios radiales y televisados. Una agenda de gobierno en materia económica apela al pragmatismo, no a la locuacidad exasperante: el discurso acompaña a la acción. Cuando los norteamericanos fundaron su país, John Adams dijo que había que “Poner en práctica la teoría de los más sabios”, refiriéndose a Adam Smith y a John Locke. Y así lo hicieron. Abrieron carreteras y fortalecieron la marina mercante para exportar sus productos a todo el mundo, a la par que los tribunales se convirtieron en celosos guardianes de una justicia incorruptible.
En el Chile de Pinochet -aunque a muchos, no les guste-, el gobierno eliminó los privilegios a los empresarios tradicionales y los obligó a competir localmente antes de ir a posicionar las marcas a nivel global. Había que generar riqueza, y salvar al país de la mísera herencia de la Unidad Popular.
Si la agenda oculta es irnos hacia un Estado fuerte y centralizador, tal como apuesta algún sector del Gobierno, vamos a hacer exactamente lo contrario a lo que hicieron los países exitosos como Chile -en su momento- y Los Estados Unidos. Porque el éxito de esos dos ejemplos no fue un camino allanado, libre de fracasos, ubérrimos de felicidad; al contrario: la vía hacia el capitalismo exige disciplina y mucha ética política; consciencia patria. En el caso de Chile, hubo mucho malestar en el sector privado tradicional, acostumbrado a gozar de los privilegios estatales, como las exoneraciones y proteccionismos de toda laya.
Si las invasiones, las huelgas, la inseguridad y los desmadres institucionales forman parte de la agenda económica, lo único que podemos anticipar es que, ante tal desorden, surja un autoritarismo que echaría por la borda la posibilidad de conjuntar los esfuerzos sectoriales para desarrollar una economía de mercado libre, que exige: poderes separados, un sistema de pesos y contrapesos, una educación del primer mundo, y gente inteligente al frente de las instituciones del Estado.
(Sociólogo)