Por: Rodolfo Dumas Castillo
Desde el año 2020 hemos estado reaccionando a los azotes de la naturaleza, especialmente una terca peste que aún se niega a desaparecer. Lastimosamente la pandemia también empujó al mundo hacia un enfoque cortoplacista y debilitó nuestra capacidad de prepararnos para los retos de mediano y largo plazo. Esta realidad quedó expuesta en el Informe de Riesgos Globales que recientemente publicó el Foro Económico Mundial. Es de este que tomamos prestado el término “policrisis” para describir un escenario en el que confluyen diversas dificultades para formar un nudo de eventos dañinos y sus consecuencias, por ejemplo, cambio climático y pandemia, conflictos bélicos y desplazamiento humano forzado, inflación y recesión económica. Múltiples y concurrentes golpes que convergen para sacudirnos violentamente y que encuentran al mundo apagando pequeños incendios mientras se aproxima la tormenta perfecta.
La humanidad ha enfrentado muchos de esos problemas en el pasado, pero de manera aislada; ahora podrían fusionarse para generar esa “policrisis”, amplificando su impacto colectivo. Actualmente los mayores desafíos globales son el costo de la vida, un menor ritmo de crecimiento económico y la escasez de alimentos y energía, pero el informe difundido en Davos revela que una parte sustancial de los riesgos identificados por los expertos para la próxima década tienen que ver con el cambio climático, especialmente el fracaso en mitigarlo, el surgimiento de eventos meteorológicos extremos, y la amenaza de un colapso de la biodiversidad. También señalan otros retos como “la ampliación de las brechas socioeconómicas e incremento de la desigualdad y el resentimiento social; erosión de la cohesión social y disturbios generalizados; inflación y crisis en el pago de la deuda; deterioro de la salud mental e incremento de las brechas educativas y de habilidades; aumento de los niveles de inseguridad; enfrentamientos geopolíticos y la sombra de guerra nuclear.”
La cooperación internacional generalmente ayuda a enfrentar ese tipo de peligros, pero la dinámica geopolítica desde el 2020 debilitó los vínculos requeridos para combatir el cambio climático o mejorar el desarrollo humano, principalmente por las tensiones entre Estados Unidos y China, y la Guerra en Ucrania, lo que llevó a muchos países a optar por mayor competencia y proteccionismo. El informe sugiere que el 2023 será decisivo, especialmente para los países que reaccionen con ingenio, aprovechen las oportunidades que se presenten, destinen recursos sustanciales para inversión social y logren establecer vínculos de cooperación para administrar los riesgos (conocidos o nuevos).
Por eso insistimos que Honduras debe comprender que aún ante un panorama tan sombrío se presentan oportunidades históricas para el país; solo es cuestión de identificarlas e implementar las acciones necesarias para explotarlas. Inicia por consolidar los lazos de cooperación con naciones amigas a fin de aprovechar las oportunidades que nos plantean en materia comercial, industrial, de transferencia de tecnologías y educativa. Países como Japón, Corea, Reino Unido, Brasil y Estados Unidos han dado muestras claras de su voluntad de apoyar al país, con propuestas de inversión en proyectos de energía, traslado de empresas y desarrollo agrícola, entre muchas otras. Una de las más obvias y para la que ya nos queda poco tiempo es el nearshoring o relocalización de empresas de Asia a nuestro continente. Sin embargo, estas no vendrán solo por nuestro clima cálido o ubicación privilegiada; el país debe salir a conquistarlas con esfuerzos metódicos, sostenidos, aprobando las reformas necesarias para su rápida instalación, sin trabas o atrasos innecesarios, con reglas claras y garantías de estabilidad jurídica.
Igualmente, si uno de los mayores retos globales será la alimentación, solo es lógico que Honduras haga esfuerzos extraordinarios por desarrollar su infraestructura productiva hasta lograr ser autosostenibles y eventualmente poder exportar al mundo. Actualmente hasta bananos se están importando el país, por lo que es evidente que hay mucho por hacer y que la solución no será inmediata. Pero al igual que la inversión extranjera, la nacional exige políticas públicas basadas en datos, estrategias formadas con rigor académico, masivas inversiones en educación, investigación, desarrollo y, sobre todo, seguridad jurídica.
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