“PIENSO –escribe una buena amiga– que le faltó poner continuará. Nos deja con ganas de más”. No deja de tener razón. Comencemos por el pecado original –el sistema arancelario– de todo ese endemoniado enredo. Ese arancel fue hecho para fines de un mercado cautivo, clavando alto impuesto de introducción a todo, incluso maquinaria y materia prima ya que en aquellos tiempos el fisco era dependiente de esos ingresos. Aquel paraguas propició crecimiento económico sustentado en ensambladoras e industrias ficticias que, al desaparecer la protección, nunca jamás serían competitivas. A Honduras, con su aletargado desarrollo, la usaron como mercado de consumidores que subsidiaron la industrialización de los vecinos. Los beneficios de la Iniciativa de la Cuenca del Caribe fue lo que estructuró la columna vertebral del desarrollo nacional. Una vez que el país experimentó mayor desarrollo y diversificación de su infraestructura productiva, gozó de pluralidad de las fuentes de captación del ingreso. Por su naturaleza regresiva resultó obsoleta la dependencia en el arancel.
El capote del fenecido Mercado Común Centroamericano quedó inservible con la liberalización del comercio internacional. Los beneficios de la Iniciativa de la Cuenca del Caribe –libre comercio en una sola vía, de acá para allá– favorecieron el país como en ningún tiempo. Encendieron los motores del progreso, fortalecieron la iniciativa privada, crearon empleo masivo y diversificaron la producción para liberarnos de la dependencia exportadora en artículos tradicionales. Cuando las maquiladoras comenzaron a mudarse a México por las ventajas del NAFTA, nosotros gestionamos y conseguimos con Washington la ampliación de beneficios de la Cuenca del Caribe. Una vez más salimos airosos. La apertura del mercado norteamericano fue para incentivar el crecimiento de estos pintorescos paisajes acabados. Haciéndolo, esperaban aminorar los flujos migratorios mediante la generación masiva de trabajos locales. Apostaron a la reducción de los índices de pobreza, terreno fértil para los movimientos guerrilleros de izquierda en la época de la guerra fría. Y si no remedió totalmente el subdesarrollo, fue parte de los avances. Pero lo bueno no es eterno. Después de varias décadas de vender a ese enorme mercado –solo en una vía, sin pagar por la introducción de los artículos hondureños– se les antojó negociar un TLC. Los expertos negociadores norteamericanos se echaron a la bolsa a los novatos aprendices nacionales. Montaron cuarto adjunto en la negociación. Allí varios sectores empresariales instalaron sus representantes para que sus negocios quedaran protegidos. Esa es la lista de privilegio. Solo que los montunos se quedaron sin voz. Nadie abogó por ellos. Apenas –por las asimetrías– dieron una tregua, un período de gracia a las actividades del campo. Las denominadas cláusulas de salvaguarda a la producción agropecuaria nacional.
Pero una vez vencido el plazo –que es ahora– la producción agrícola y pecuaria del país queda a la mano de Dios. No puede competir con la mayor tecnología norteamericana. Y si los productos –desde los granos hasta los pollos y otro tipo de alimentos– entran sin cuotas y sin pagar derechos de introducción, nadie va a comprar lo local a precios más altos. Aquí todo se produce en condiciones más caras de financiamiento, se depende de insumos costosos importados y de sistemas arcaicos de producción en el campo. Cuando negociaron ese tratado en condiciones desfavorables al país, los artífices de la bomba de tiempo no le dijeron a nadie que los compatriotas de la ruralidad serían los perdedores. Pero suma y sigue la tragedia. El TLC vino a trastornar más las disparidades ya existentes en los mercados. Trastocaron las reglas de la libre competencia al estimular la importación de productos de una lista privilegiada –muchos son artículos superfluos que hoy, el país en la lipidia, no debería importar más que esencialidades– en detrimento de lo hecho en casa. El TLC –sin desconocer que sea canal de salida a las exportaciones hondureñas– como es en doble vía, introduce mayores desequilibrios al mercado. Y la distorsión causa competencias desleales, entre los que se esfuerzan en hacer las cosas aquí en Honduras, compitiendo en desventaja con lo que llega del exterior. ¿Qué sentido hace que, a un pueblo insolvente carente de lo básico, le metan, libre de impuestos arancelarios, artículos suntuosos? La crisis que golpea al país exige ahorrar los limitados recursos disponibles. Ello ameritaría una política restrictiva a las importaciones suntuarias. Sin embargo, con la vigencia del TLC, en ese aspecto, el país perdió su autonomía administrativa. El listado negociado en ese tratado blinda los negocios locales favorecidos, y permite la libre introducción de artículos del exterior, de los que no deberían traerse a un país acabado que, hasta por mínima noción de subsistencia, debiese racionalizar sus escasos recursos. (La paradoja sería –según Winston– que, si menos, es más, cuando no tenemos ni para lo menos, lo más es lo de menos. La otra paradoja sería –según el Sisimite– que, si lo barato sale caro, aquí lo caro al interés nacional es lo más barato que viene de afuera).