DESDE mediados de la década del setenta, se ha venido sugiriendo una especie de triángulo ferrocarrilero entre Amapala, Trujillo y Puerto Cortés, con sus respectivas autopistas aledañas, a fin de integrar, económica y emocionalmente, al mayor porcentaje de la población localizada en la parte centro-sur-oriental, con la vasta línea costera de la zona norte de Honduras. A la vez se ha sugerido la construcción de un puente gigantesco entre Amapala (en la Isla de El Tigre) y la aldea de Coyolito, un pequeño emporio localizado sobre la Isla Zacate Grande. Unos analistas y prospectivistas han sido más reiterativos que otros, en tanto que han retomado, este tema, ampliándolo con nuevos argumentos y visiones, desde la década del noventa y comienzos del siglo veintiuno. Pero ese proyecto más bien pareciera un sueño que se posterga “para nunca sin falta”, según una expresión idiomática del pueblo hondureño.
La idea de construir un puente gigantesco de cuatro o seis vías entre Coyolito y Amapala es magnífica, en tanto que tal mecanismo de infraestructura física serviría para importar mercancías extranjeras y exportar toda la producción agroindustrial de la zona central, sur y oriental del país, hacia diversas partes de las costas occidentales de América del Norte y América del Sur, lo mismo que en dirección a los puertos asiáticos y australianos más importantes, evitando las incomodidades o limitaciones actuales del puerto de San Lorenzo. El mismo canal seco serviría para redistribuir las mercancías importadas desde lejanas regiones del trasmundo.
El puerto de Amapala, que a mediados del siglo diecinueve fue identificado por los exploradores extranjeros como un punto estratégico con fines comerciales y militares, dada su localización en las coordenadas geográficas próximas al corazón del continente americano, y habiendo considerado la profundidad del mar para barcos de profundo calado, fue aprovechado, más bien, por comerciantes y productores europeos principalmente italianos y alemanes. Pareciera, por el contrario, que los hondureños nunca le prestamos la suficiente atención a las cosas de importancia estratégica.
Los hermanos salvadoreños poseen mejor perspectiva sobre las potencialidades económicas del Golfo de Fonseca y la utilización del llamado canal seco que conecta de modo directo el sur de Honduras con Puerto Cortés, en la costa norte de Honduras, el puerto más importante de América Central. Por eso los salvadoreños han negociado la construcción de un emporio económico en torno del puerto de Cutuco o La Unión. El Estado de Honduras bien pudo negociar, hace tantos años, un préstamo concesionario con el Estado de Japón, bajo la consideración que los nipones son expertos en construir puentes gigantescos en medio de las islas naturales o fabricadas.
Quizás es que, por nuestro lado, fue difícil identificar la aldea o mini-puerto de Coyolito, playero en la margen izquierda y rocoso en la derecha. Además de ello Coyolito se ubica en la Isla Zacate Grande, en el departamento de Valle, que marca distancia mediante un estuario extenso con tierra firme. Pero ocurriría que también ahí, sobre ese estuario, se podría construir un puente de menor magnitud que el proyectado entre Amapala y Coyolito. El asunto es tener imaginación, voluntad y buscar el financiamiento con aliados permanentes. La Isla Zacate Grande posee, en sí misma, grandes potencialidades económicas.
En cuanto a la Isla de El Tigre, sobre la cual se localiza el puerto y municipio de Amapala, las consideraciones portuarias y las posibilidades turísticas son enormes, las cuales han sido desaprovechadas desde la “Segunda Guerra Mundial”. En todo caso ahí está todavía el proyecto futurístico adormecido, esperando que lleguen hondureños visionarios a materializar la idea de un puente que venga a facilitar el comercio marítimo mundial, tal como ocurrió en el siglo diecinueve y primeras cuatro décadas del veinte.