Por: Fernando Berríos*
Y aquí vamos de nuevo, con mucha fe y confianza de que el 2023 será un mejor año para más de 2 millones de niños y jóvenes que regresan a las aulas de clases entusiasmados, llenos de sueños y con muchos deseos de reencontrarse con sus compañeros.
Hasta este punto todo va bien, el análisis se empieza a complicar y a poner turbio cuando nos enteramos que durante el largo descanso no se hizo nada por mejorar las instalaciones de miles de centros educativos que no reúnen condiciones para un proceso pedagógico aceptable.
Y si bien nos preocupa la calamidad en más de 15,000 centros de enseñanza a nivel nacional, más nos alarma la escasa inversión estatal para mejorar y orientar los procesos de enseñanza hacia la calidad educativa.
Días atrás, más mofa no se pudo hacer en esas redes sociales contra la maestra que, pensando que podía hablar y entender el idioma inglés, se sometió a las audiencias públicas en el departamento de Colón para optar a una plaza del nivel básico, primero y segundo ciclo.
Con su escaso inglés pretendió impresionar a los evaluadores, que tuvieron la astucia de ponerla al habla con un docente con más capacidades para sostener una conversación. Ella no sabe inglés y por tanto, no es la indicada para optar a una plaza para la enseñanza de esta lengua.
Ahora bien, este es solo un claro ejemplo de cómo la calidad educativa ha ido en detrimento, golpeando a millones de niños y niñas que han recibido enseñanzas distorsionadas en diversas materias.
Este caso de “la maestra de inglés”, que cree saber pero en realidad no sabe, es uno más entre miles de maestros que “enseñan” sin saber, sobre español, matemáticas, ciencias naturales, química, física, etc.
No es extraño encontrarnos a maestros con terribles problemas de ortografía, maestros que no saben dividir o multiplicar con dos o tres dígitos o maestros con escasos conocimientos sobre geografía e historia.
Es la decadencia del sistema educativo, que ha pasado una factura carísima a todos los niños, pero más a los que estudian en el sistema público.
Y este rezago en la adquisición de conocimientos no es responsabilidad de los niños y jóvenes, ni siquiera de los padres, es responsabilidad de una dirigencia magisterial nefasta y de los gobiernos de turno que poco o nada hacen por mejorar la calidad educativa, impulsando temas realmente relevantes.
No es posible que en un sistema educativo colapsado, con serios problemas en el proceso enseñanza-aprendizaje, los gobiernos se enfoquen en aspectos insulsos como una gabacha en lugar del uniforme tradicional.
Si bien esto podría ser importante en el futuro, no es la prioridad en estos momentos. La calidad en la educación no pasa por tener o no tener una gabacha con logos gubernamentales, pero si pasa por tener maestros certificados, mobiliario en buen estado, espacios dignos en las aulas de clases, pizarrones, laboratorios de computación, servicios sanitarios higiénicos, merienda escolar.
La pandemia nos terminó de poner las cruces, ya que los niños fueron promovidos al grado inmediato durante dos años, sin haber recibido los conocimientos suficientes establecidos en los cronogramas.
Usted platica con familias que le reconocen paladinamente como sus niños están en tercero o cuarto grado y ni siquiera saben leer, menos salir bien librados en sus ejercicios de aritmética.
La Asociación para una Sociedad Más Justa (ASJ) calificó a los jóvenes de 14, 15 y 16 años como la “generación perdida” por las severas deficiencias en los conocimientos de asignaturas clave como español, matemáticas, física o química.
Estas clases son cruciales para que un joven forje su futuro en las universidades, sin embargo, la realidad es que cuando se someten a las pruebas de suficiencia y los exámenes de admisión, ahí muestran los resultados de sus caóticos años en los niveles educativos inferiores.
Es tal el desorden que ni siquiera hemos logrado medir el impacto que tuvo la pandemia y el consecuente cierre de todos los centros educativos, dejando a millones sin clases y a merced del criterio personal de ciertos maestros que empíricamente crearon planes de “educación virtual”.
Ante el difícil acceso a internet y a herramientas tecnológicas como una computadora, una Tablet o un celular inteligente, estos maestros enviaban una vez por semana las tareas por whatsapp pero no había retroalimentación ni evaluaciones.
Si nuestros niveles en español y matemáticas eran pésimos, la pandemia y la mediocre educación virtual que millones de niños recibieron durante más de dos años, nos ha terminado de hundir como nación.
Hoy, el caos y la anarquía sigue imperando en el sistema educativo. Los zafarranchos están a la orden del día entre quienes gobiernan el sistema. De manera que tenemos escasas esperanzas de ver un cambio positivo en la calidad educativa porque cualquier debate, por pequeño que sea, gira en torno a todo, excepto sobre calidad educativa.
*Periodista
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