LETRAS LIBERTARIAS: Invertir en miseria y desorden: un buen negocio

Por: Héctor A. Martínez (Sociólogo)

En países pobres como Honduras, Nicaragua o Haití, la gente debe preguntarse -y con justificada razón-, si alguna vez será posible ver la luz al final del túnel de la miseria y la estrechez; la luz que anuncia la llegada a los territorios de la prosperidad y el progreso. Como bien sabemos, son países caídos en desgracia, desordenados en casi todo; donde los ciudadanos -que han perdido la fe en el Estado y en la política – suelen romper las normas y los valores con suma facilidad, mientras son testigos inconmovibles de la corrupción que reina impune en todo el sistema social.

Las sociedades más prósperas, en cambio, son aquellas donde las instituciones están al servicio de los ciudadanos de una manera efectiva, a tal grado que su funcionamiento resulta de máximo rendimiento y utilidad para los usuarios. ¿Qué significa eso de “máxima utilidad”? Vamos a poner un ejemplo. Estonia es uno de los tres países bálticos que hace apenas treinta y dos años se desligó del sistema socialista de marras. Nos atreveríamos a decir que es uno de los países con los mejores indicadores económicos de toda Europa. Los servicios educativos y de transporte son gratuitos para todos, sostenidos -no podía ser de otra manera-, con los impuestos que pagan honrada y disciplinadamente los ciudadanos. La calidad de esos servicios es inimaginable para un latinoamericano acostumbrado a las bagatelas estatales. La infraestructura escolar es de altísimo nivel, mientras las unidades de tranvías y trenes son impecablemente ordenadas, altamente tecnificadas y extensas en cobertura.

En los países prósperos -lo mismo puede palparse en Finlandia-, la gente cuida celosamente las instalaciones de los servicios públicos; el sentido de comunidad es muy fuerte, y su comportamiento es disciplinado y obediente a las reglas que el Estado “impone” para mantener la sana convivencia y la concordia pública. En otras palabras, el sistema se preserva automáticamente; se protege a sí mismo. En sociología, eso se llama “orden social”. Es lo que todo gobernante ansía para ganar opinión pública favorable y pasar a la historia como un adalid del progreso.

¿Cómo podemos saber si prevalece el orden social en un país como Estonia? Es fácil de contestar: el 91 por ciento de las personas tiene educación media superior, y el 75 por ciento de las personas se encuentra empleada. Por otro lado, la delincuencia es casi inexistente, mientras la presencia policial es imperceptible.

¿Cómo puede llegar una sociedad a tener indicadores de tal magnitud y hacer que sus integrantes obedezcan las reglas del juego social? Sucede cuando los gobernantes saben que fueron elegidos para servir a los ciudadanos, no al contrario. Estonia demuestra que los funcionarios del gobierno son intermediarios de la oferta de servicios de calidad, sin andar pidiendo coimas ni “moje”; y que el gobierno no necesita andar haciendo propaganda sobre logros de chuchería. Para lograr obediencia y conformidad ciudadana -es decir, respeto por las leyes-, hay que sentar las bases de la prosperidad, no de la miseria.

El reverso de la moneda de la prosperidad es un Estado inefectivo e inútil, donde los ciudadanos han terminado por aceptar que el destino nacional los ha condenado a ser pobres eternamente. Y lo serán siempre, en tanto prevalezca un promedio educativo de quinto año de primaria; una mísera productividad nacional; servicios públicos para indigentes, corrupción descarada en instituciones y gremios; permisividad policial para ladrones y asesinos, y, desde luego, tribunales politizados.

Seremos miserables mientras una élite viva tranquila en sus palacetes de mármol italiano, indolentes ante la realidad nacional; seremos desgraciados entretanto los eternos políticos se empecinen en trastocar la Constitución, concentrar tres poderes en uno, probar con el experimento socialista, traer maestros de países no menos miserables, e inventar chambas estatales para generar más subordinación. En suma: la miseria y el desorden siempre serán un buen negocio para invertir, políticamente hablando. Solo se requiere prometer, prometer, y mantener el caos y la discordia nacional.

La pregunta es, ¿Cuánto debemos esperar?