EL editorial ¿Asustados? sobre la inoperatividad de la burocracia financiera internacional reaccionando a la invivible crisis de la pandemia y al agravamiento que produjo a las economías mundiales la invasión rusa a Ucrania, con la misma parsimonia e insuficiencia de siempre; no en la medida del gigantesco cataclismo que ha ocurrido, sino como si se tratase de una crisis cualquiera. Estas fueron las líneas de cierre: Otra vez no han medido la profundidad de las crisis y sus secuelas –de las que muy pocas economías han logrado levantarse– y lejos de aprender de los errores y del pésimo papel que desempeñaron, lo que se espera es que no sean reincidentes. Que den la asistencia que se espera, no su aportación de informes, de frías evaluaciones, ni de ese legajo de papeles que encargan a los técnicos. Lo que se necesita es que pongan los recursos. Que se ingenien instrumentos de salvataje a las deprimidas economías de naciones empobrecidas y despanzurradas que a duras penas sobreviven. Que muestren mayor empeño y creatividad en la solución de los problemas. (“Nos gusta aparentar que aprendemos de nuestros errores –el Sisimite escuchó decir alguna vez– pero no es verdad. Siempre creemos que la próxima vez será distinto. Nunca lo es”).
El comentario de un fundador del colectivo: “Mensaje al Sisimite: Si buscas resultados diferentes, no hagas siempre lo mismo”. A lo que el Sisimite responde con un mensaje de Giuseppe Tomasi Di Lampedusa en Gatopardo: “Cambiar todo para que nada cambie”. (Para mejor proveer –como dirían los notarios aspirando con ser magistrados– estiremos un poco más la explicación: El «gatopardismo» o lo «lampedusiano» es, en ciencias políticas, el «cambiar todo para que nada cambie», paradoja expuesta por Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1896-1957). La cita original expresa la siguiente contradicción aparente: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie»). Otro lector amigo opina: “Me fascina este tipo de editorial analítico y concluyente”. “Usted lo ha dicho: esa burocracia internacional titulada y doctorada que solo papeles produce”. Otro lector: “Estupenda cronología de hechos dominó, mejor contadas para entender lo que viene y la falta de solidaridad y el egoísmo del sálvese quien puede”. Otro lector: ¿Pero lo que toca hacer internamente? ¿Qué plan de reactivación ha habido para que las empresas colapsadas vuelvan a generar trabajos? ¿Qué conciencia hay en la sociedad que ya no se puede seguir importando y consumiendo lo suntuario cuando se carece de lo necesario? ¿Qué solidaridad hubo en el país hacia los más dolidos de parte de lagartos que se aprovecharon de la crisis? ¿Qué aporte hacen esas transnacionales que hasta los gerentes traen de afuera, que solo vienen a explotar el mercado de consumo; inexplicable ¿cómo el gobierno anterior le autorizó a una de ellas manejo de billetera electrónica cuando la concesión del negocio redondo que hace sacándole el jugo al país, nada tiene que ver con el sistema financiero nacional?
Otro lector: “Brillante exposición sobre esa pesada lápida que nos agobia; Honduras no es la excepción, estamos amolados, ¿y ahora quién podrá defendernos?”. Otra contribución: “Sabemos lo mal que estamos económicamente; qué mal tener que negociar con entes financieros que son indiferentes y duros con estas empobrecidas regiones”. Una funcionaria internacional: “Excelente reflexión, qué cierto lo que dice, cuando más se necesitaba solidaridad y apoyo, menos hubo”. Un columnista de LT opina: “El problema en Honduras es que, cuando se proponen soluciones, muchos se asustan cada vez más y crean nuevos problemas”. (Ese no es el problema –opina el Winston– el problema, irónicamente, es eso y todo lo otro. El problema de estos pueblos –interviene el Sisimite– es que no encuentran soluciones ni de un lado ni del otro. El problema de los progresistas es que progresan hacia atrás –interviene el Sisimite– y el de los conservadores es que nada conservan de lo que vale la pena conservar).