Por: Oscar Armando Valladares
En el diario capitalino El Día, Ramón Oquelí dio a la estampa el artículo La ilusión de un país pobre, el 1 de junio de 1966. Como epílogo adujo y dedujo lo siguiente: “Mientras haya niños descalzos y en harapos carentes de asistencia escolar y médica, mientras la autoridad en vez de convertirse en garantía del ciudadano, siga siendo fuente de vejamen, mientras haya hombres que tengan mucho y otros no posean nada, constituye criminal hipocresía complacerse en afirmar que vivimos en una democracia. Si queremos algo parecido a esta, organicémosla porque nos encontramos demasiado lejos de una verdadera participación activa del pueblo en la vida política, en lo económico y en lo cultural. Y para llegar a esa meta, sólo hay un camino: socialismo, socialización, planificación o como se le quiera llamar. Lo que urge es encontrar ese camino”.
Han transcurrido 57 años y la inequidad social no muestra alivios sustanciales, problematizada más bien por factores o concausas –corrupción, violencia, narcotráfico–, y, desde entonces, aquel lúcido compatriota –no exactamente afiliado al marxismo– apostaba ya por el socialismo en son de vía pacífica.
Basta con hojear la prensa, ver y escuchar noticias, para constatar dolorosamente lo que cotidianamente acontece en el país y tomar cabal conciencia de que la injusticia -en todas sus formas y manifestaciones-, la delincuencia rampante y el negocio de las drogas constituyen, junto a la corrupción política y económica, expresiones de un sistema feroz, de un capitalismo salvaje, no imperfecto como alegan sus santificadores, sino por el contrario inductor y proveedor de esas y otras miserias, mientras el sector privilegiado se engolosina más y la dependencia profundiza sus raíces. He aquí por qué, de cuando en cuando, el común de las gentes reacciona y se revela indignado, pese a los anatemas del pastor encopetado y al acecho represivo de las armas, guardianes a ultranza de la ley y el orden y celebradores de la palabra admonitoria: Machete, estate en tu vaina. Y he ahí por qué -en el transcurso del tiempo- ha habido acciones y figuras opuestas a tan desemejante situación, a tal estado de barbarie, comenzando con la histórica cruzada que enarboló Morazán, posteriormente emulada por hombres y mujeres dignos de recordación y del público respeto.
En fuerza de su temple y entrega, de sus aportes y procederes, es un elevado menester retener los nombres de algunos de ellos: Joaquín Rivera -quien dio su vida en aras del ideal unionista-, Ramón Rosa, Alvaro Contreras, Rómulo E. Durón, Alfonso Guillén Zelaya, Clementina Suárez, Medardo Mejía, Juan Pablo Wainright -preso en el castillo de Omoa, fusilado en Guatemala-, Froylán Turcios, Visitación Padilla, Alvaro Canales, Graciela Amaya, Ventura Ramos, Ramón Amaya Amador, Filánder Díaz Chávez, Virgilio Carías, Alfonso Lacayo, Aníbal Delgado Fiallos, Marcos Carías Zapata, Longino Becerra, Gautama Fonseca, Ramón Oquelí, Berta Cáceres, Margarita Murillo y Blanca Janeth Kawas y Carlos Luna -vilmente asesinados-, Miguel Ángel Pavón y Moisés Landaverde- muertos en San Pedro Sula el 14 de enero de 1988-, Juan Almendares Bonilla, Manuel Gamero, Guadalupe Carney -gringo hondureñizado, desaparecido hace 40 años con la columna guerrillera comandada por José María Reyes Mata-, Víctor Meza, Leticia Salomón, Pablo Portillo de Jesús, Berta Oliva, Lucila Gamero de Medina, Alejandro y Salvador Valladares, José María Ramírez, Salvador Moncada, Dagoberto Espinoza Murra, Virginia Figueroa, Darío Euraque, Helen Umaña, Sara Elisa Rosales, Lucy Ondina, Oscar Aníbal Puerto, Carlos Turcios, Rina Villar, Anarella Vélez, Rolando Sierra Fonseca, además de poetas y escritores de apreciada valía, para el caso: Pompeyo del Valle, Roberto Sosa, Rigoberto Paredes, José Adán Castelar, Jorge Tulio Galeas, María Eugenia Ramos…
Inconforme con el viejo orden en pie, uno de estos compatriotas, Alfonso Guillén Zelaya, reparaba que “las leyes por sí solas jamás podrán cambiar la trágica realidad en que vivimos”. Prescribía, por lo mismo, hacer la revolución con un sentido “esencialmente democrático”. La hora está por sonar -agregaba-, “pese a los pesimismos y a todas las maniobras y designios de las fuerzas oscuras que pretenden impedirla”.
“Socialismo”, según Oquelí Garay; “revolución”, según Guillén Zelaya, “o como se le quiere llamar”, decía el primero y, en seguida, dilucía: “Lo que urge es encontrar ese camino”. ¿Estamos al borde de él, con el socialismo democrático que postula la Presidenta Xiomara Castro, pese a las mismas “fuerzas oscuras” de que hablaba el cantor olanchano del Almendro del patio?