LA DOBLE VÍA

INFINIDAD de escritos alertando sobre lo que sucedería –crisis en el campo y la ruina de sectores agropecuarios– pero como hablar con las paredes. Nada hicieron para prepararse mucho menos para remediarlo. La pérdida de competitividad –lee una nota informativa– se agudizó en varios productos agroalimentarios hondureños. Los productores lamentan que “agroindustriales ya no quieren comprar la cosecha nacional, al entrar en vigencia este 2023, la desgravación arancelaria que establecía el Tratado de Libre Comercio entre Centroamérica y los Estados Unidos (CAFTA)”. “Ahora se puede importar productos agrícolas como arroz y maíz libres de aranceles”. “Estamos dependiendo de las importaciones que vengan de los Estados Unidos o de América del Sur; porque ya llegamos al cero por ciento”. Los agroindustriales ya no quieren comprar la cosecha nacional”. “Los productores no lograron ser competitivos por falta de capacitación y nuevas tecnologías”. ¿Cuántas veces prevenimos sobre el vencimiento de las cláusulas de salvaguarda en el TLC que protegían la producción agropecuaria nacional?

Como decíamos ayer, con el TLC favorecieron las maquilas, las franquicias y otras actividades comerciales, pero condenaron las actividades del campo a la ruina. Una vez que ingrese, libre de gravámenes arancelarios y sin cuotas, al amparo del TLC, la producción agropecuaria de los Estados Unidos, sacan del mercado a los productores domésticos. No hay forma –con sistemas rudimentarios de producción, dependientes del San Isidro Labrador– de competir con la tecnología norteamericana. Menos con la producción subsidiada de granos. Ese tratado lo negociaron en una administración del Partido Nacional. Entró en vigencia el 1 de abril del 2006. Sustituyó la Iniciativa de la Cuenca del Caribe. El régimen de la Cuenca del Caribe favorecía las exportaciones hondureñas. Se beneficiaban del ingreso al gran mercado norteamericano, sin pagar impuestos de introducción. El comercio era en una vía. Libre de aquí para allá pero no de allá para acá. El TLC lo cambió todo. A partir de allí es libre comercio en dos vías. Los negociadores del TLC aceptaron ir desgravando gradualmente artículos –descritos en la lista– elaborados en los Estados Unidos hasta llegar a cero arancel. En consideración a las asimetrías, dieron un tiempo prudencial de protección –esas son las cláusulas de salvaguarda– a la producción agropecuaria local. Dizque una tregua para que el país pudiese desarrollar sistemas competitivos de producción. Pero eso nunca sucedió. Aquí todo se produce en condiciones más caras de financiamiento, se depende de insumos caros importados y de sistemas arcaicos de producción en el campo. Cuando negociaron ese tratado en condiciones desfavorables al país, los artífices de la bomba de tiempo hablaban bellezas de lo que hicieron. Se congratulaban de la hazaña realizada. “Grandes logros”, dijeron. “Grandes tamagases” los técnicos que lo negociaron, a quienes después premiaron con altos cargos en organismos de integración, e incluso ahora, al vencer su período contratados en chambas gubernamentales.

Pues no. Los negociadores norteamericanos, verdaderos expertos y con mucha experiencia, se los echaron a la bolsa. Nadie anticipó ni explicó los costos que pagaría el país en el futuro. Pues, el futuro es ahora. Es hoy –cuando cae encima el maleficio– que pegan el grito al cielo. Un poco de historia. A nosotros, cuando el NAFTA provocó la mudanza de varias maquilas a México, nos tocó gestionar –y obtuvimos– los beneficios ampliados de la Cuenca del Caribe. La iniciativa consistía en abrir el gran mercado norteamericano a las exportaciones hondureñas y de la región. Fue concedida por Washington –en la década perdida– como un instrumento de desarrollo para estos países. Fue una de las conclusiones del informe Kissinger de la cual nos tocó ser la contraparte nacional en ejercicio del ministerio de la presidencia. La comisión bipartidista de altos funcionarios y legisladores estadounidenses viajó a las capitales centroamericanas. Les preocupaba que la asistencia otorgada poco había ayudado a paliar la pobreza en la región. Y eso era terreno fértil –en la era del guerra fría– a la insurgencia izquierdista. Los conflictos, además, desembocaban en grandes flujos migratorios. La solución ideada fue “trade instead of aid”. Allí nacieron los beneficios de la Cuenca del Caribe que, en retrospectiva, no curaron la región de tanta pobreza, pero sí contribuyeron al desarrollo, a diversificar la producción que solo era de banano y otros productos tradicionales y a generar cientos de miles de fuentes de trabajo. (En cuanto a lo que iba pasar –señala Winston– no salgan diciendo ahora que no se les dijo. Si no hay una revisión del TLC –anticipa el Sisimite– a las zonas agrícolas rurales se las llevará el diablo).