LA deuda total de América Latina y el Caribe aumentó a 5.8 billones de dólares, equivalente a 117% del PIB regional, lo que para las aves agoreras constituye una preocupante tendencia. La recomendación de los entes financieros internacionales es “reducir la deuda pública en relación al PIB, a un rango prudente”. ¿Y si no es endeudándose, cómo salen los países víctimas de la debacle económica de la sequía de recursos? En su momento dijimos que una es la realidad AC, antes del coronavirus, y otra DC, después de coronavirus. (La ocurrencia de entonces se ha popularizado, y ahora otros utilizan la misma terminología). Cuando más necesaria era la colaboración entre países y la solidaridad entre personas, mayor resultó ser la tendencia al encierro y al aislamiento, exacerbando la calamidad. Washington, que debió ofrecer un liderazgo mundial, desgraciadamente padecía el conjuro de una administración aislacionista. Fueron tiempos en que se rompieron viejas alianzas, cuando más necesidad había del trabajo en bloques y de la unidad.
La respuesta del sistema multilateral a la crisis, tanto de los entes sanitarios como financieros, –con sus contadas excepciones– resultaron ser una vergüenza. Paralizado, como venado encandilado por los focos de un vehículo que, cegado por las luces, se queda inmóvil a medio camino sin saber para dónde agarrar. Cuando por fin reacciona lo hace de manera tardía, parsimoniosa e insuficiente. Sin sentido de urgencia o eficacia frente a la colosal necesidad. No hubo creatividad alguna para enfrentar el gigantesco reto. Continuó la burocracia internacional operando como si se tratase de otra crisis cualquiera. No hubo planes de rescate, como Dios manda, para revitalizar las moribundas economías. La peor parte la sufrieron estos pintorescos paisajes acabados. Las moratorias anunciadas por el Banco Mundial –como gran hazaña– apenas cubrían un ínfimo porcentaje del bestial pago al servicio de la deuda que absorbe más de una tercera parte de los ingresos fiscales. No hubo ni estímulo, ni recursos de alivio, ni financiamiento blando, ni asistencia directa a los sectores productivos y empresariales que soportaron indefensos tan descomunal paliza. Los entes financieros se encargaron de atender –también con paliativos– a los gobiernos en sus necesidades perentorias y se olvidaron de los motores productivos que mueven los mercados. ¿Cómo detener la hemorragia de los flujos migratorios si el desempleo pasó de ser un feo problema a uno espantoso? Y como si aquello no fuese suficiente castigo cae encima otra catástrofe. Los rusos, aprovechándose de la coyuntura, deciden invadir Ucrania.
Occidente y sus aliados de la OTAN –ya bajo la administración de los demócratas en Washington, porque el republicano más bien hubiese celebrado el atropello– responden con sanciones. Se disparan los precios de crudo. Se trancan los canales mundiales de suministro de materias primas y de esencialidades. Lluvia sobre mojado para estos ariscos parajes tropicales. El riesgo de aquella bestia de dos cabezas, la estanflación –ello es la tóxica combinación de inflación con recesión– causa intensas ondas de nerviosismo. Más desconfianza. Es lo menos que ocupan mercados asustados que han venido navegando en turbulentas aguas de incertidumbre. Inexplicables esos diagnósticos y recomendaciones de los entes financieros multilaterales, ignorando la fatalidad vivida, como si pacientes en trauma tengan posibilidades de salir frescos de los cuidados intensivos, como si nada, de la noche a la mañana. Otra vez no han medido la profundidad de las crisis y sus secuelas –de las que muy pocas economías han logrado levantarse– y lejos de aprender de los errores y del pésimo papel que desempeñaron, lo que se espera es que no sean reincidentes. La asistencia que se espera no su aportación de informes, de frías evaluaciones, ni de ese legajo de papeles que encargan a los técnicos. Lo que se necesita es que pongan los recursos. Que se ingenien instrumentos de salvataje a las deprimidas economías de naciones empobrecidas y despanzurradas que a duras penas sobreviven. Que muestren mayor empeño y creatividad en la solución de los problemas. (“Nos gusta aparentar que aprendemos de nuestros errores –el Sisimite escuchó decir alguna vez– pero no es verdad. Siempre creemos que la próxima vez será distinto. Nunca lo es”).