Un paso adelante, dos pasos atrás

Por: Héctor A. Martínez

Después de décadas de crecimiento económico estancado o hacia la baja, Honduras enfrenta una de las peores crisis de su historia, cuya superación nos tomaría, sin temor a equivocarnos, un quinquenio de sacrificios y de promoción de los mercados a todo nivel. Eso, antes de comenzar a hablar de crecimiento sostenido o de desarrollo.

La explicación de las cifras macroeconómicas se la dejamos a los economistas de pizarrón y a los tecnócratas, aunque al 75 por ciento de los pobres hay que darles otras justificaciones menos frívolas que los acerquen a la realidad palpable. En verdad, a la gente se le dificulta entender lo que significa un crecimiento esperado del 3,5 por ciento para este año, si no tienen chamba o viven en la penuria eterna.

La preocupación de los diferentes sectores, no afines al gobierno, es que existe una marcada mudez y una frescura en los funcionarios que no envían las señales correctas de hacia dónde se dirige el barco en materia económica, porque se necesita tomar decisiones. Lo que sí es cierto es que la habladera politiquera sobre la refundación no deja ver con claridad el final del camino ni el horizonte plagado de nubarrones que, por cierto, es una señal inequívoca del impetuoso tornado que se avecina. Nos da la impresión de que en el gobierno impera un grupo de ideólogos de izquierda que superpone su estrategia gramsciana de la hegemonía, a las incómodas pero necesarias propuestas que los economistas más serios deben exponer a diario a la presidente Castro. No sé quién fue el irresponsable que le recomendó a la mandataria que anunciara en la Asamblea de las Naciones Unidas sobre la decisión soberana de invertir en el desarrollo del país a través de la sustitución de importaciones, una estratagema desarrollista descontextualizada, sacada, sin dudas, de los planteamientos de la CEPAL, allá por los años 50 del siglo pasado. Y cuando advirtió sobre la eliminación de los oligopolios y monopolios “que solo empobrecen nuestra economía”, habría que ver si en las altas esferas, esto se entiende como el principio de una estrategia para el desarrollo de un mercado libre y altamente competitivo. Pero lo dudamos en sumo grado.

Cuando hablamos de cifras macroeconómicas en los foros donde se almuerza bien, y se viste de traje y corbata, la elocuencia de las gráficas que plasman la cruda realidad cae en el olvido cuando se cierra el telón de fondo. Pareciera como si todos se conformaran con una crisis infinita de la que sacan buenos dividendos: políticos, económicos, de negocios, de parasitismo estatal, etcétera. Por eso hay que echarle las culpas a alguien o a algo inexistente. Hay una tendencia ideologizada de desmarcarse de todo aquello que huela a neoliberalismo para justificar otro tipo de gobierno donde el Estado se vuelve el actor protagónico, mientras el mercado se reduce a un par de empresas poderosas que gozan de las prebendas del Leviatán desatado.

Ya no se trata tan solo de ser frugales en el gasto, y de comenzar a generar riqueza, tal como recomiendan los organismos de crédito internacional, para quienes, el negocio de prestar plata a los países económicamente desesperados debe ir siempre a la alza, de lo contrario, ¿qué sentido tendría su existencia? El empecinarse en mantener una burocracia gigantesca sin desarrollar los mercados, solo trae como consecuencia el endeudarse como locos para satisfacer las demandas de tanto pedigüeño, o imprimir el montón de dinero, sin pensar en el día del colapso que desde aquí puede avizorarse. Cuando la bomba estalle, habrá quienes muevan sus haciendas al exterior, mientras los pobres se quedarán recogiendo las migas en largas colas, cartilla en mano.

El otro camino -el de la prosperidad- es más pedregoso, por eso, ningún gobierno se atreve a transitarlo porque no deja dividendos politiqueros, ni concentración del poder, ni monopolios ni haraganes a sueldo.
Así las cosas, nuestra economía se comporta como aquella consigna que Lenin gritaba a los bolcheviques en 1904: “Un paso adelante, dos pasos atrás, camaradas míos”.

(Sociólogo)