ALGUNAS frases de los versos de Whitman publicados en reciente editorial: “No dejes que termine el día sin haber crecido un poco, sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños. No te dejes vencer por el desaliento. No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte, que es casi un deber”. “No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario”. “No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas …”. Tomando una estrofa de Benedetti: “No te quedes inmóvil al borde del camino, no congeles el júbilo, no quieras con desgana, no te salves ahora, ni nunca”. (Sí –interpretación de Winston– ese irresistible vicio; la adicción a los chunches esos que son la vida de frivolidad de los zombis que les están quitando la vida. “No dejes que esa vida, te quite la vida”). “¡Qué lindo! –escribe un notario amigo, de los que lee y se mantiene actualizado– el colectivo es un intercambio de buenos deseos, de actitud positiva desprendida de corazones nobles; queda plasmado cada mañana con lo que se escribe, nada que amargue el alma o nuble el pensamiento”.
Y sobre esa vida inútil de pasar todo el día embrocado con el celular en la mano, la reacción de un buen amigo: “Yo lo llamo el neotecnoesclavismo…”. “Antes se agachaba la cabeza ante el opresor; hoy se agacha la cabeza voluntariamente, mirando al esclavista: el celular”. Otro lector: “Los aparatos resultaron más inteligentes que los usuarios. ¡Es tremendo! Una vez, hace tiempo, vi una película sobre inteligencia artificial que trataba de cómo al final los aparatos tomaban el control de todo y la dirección se invertía, las máquinas controlaban a los hombres y no al revés”. “Y mire usted, otrora habríamos dicho que era de ciencia ficción, sin embargo, es una inquietante realidad que embrutece progresivamente a vista y paciencia de todos”. Sobre la dolorosa pérdida del buen hábito de la lectura que muchos –sobre todo ciertos empresarios que comparten ignorancia con el plural del montón– decíamos que ni con el bocado en la boca lo mastican. Pero no hay que perder el buen humor, pese a la tristeza del analfabetismo moderno de los que sabiendo leer y escribir nada leen y nada valioso escriben. Una socia del colectivo manda una caricatura de dos viejos conversando: “–Nunca pensé que a la tercera edad me convertiría en un fanático de la lectura”. –¿Qué lees?, le pregunta el otro. “Las recetas médicas”, le responde. Ahora sobre los poemas publicados como bálsamo para vivificar el ánimo del colectivo, algunas reacciones: “Tiene toda la razón –dice una ilustrada amiga– entonces hay que sembrar vida que dé vida. Mire, este movimiento a mí me gusta mucho, comenzó en México y se ha ido extendiendo en varios países. No es su editorial que siempre da luces, pero en algo siembra vida también.
Manda las siguientes imágenes: De una mujer sonriendo parada frente a una pared pintada con el letrero: “Que la violencia sea lo único que muera en el país”. Otra pared con el siguiente rótulo: “Déjame ser tu hoy, tu exacta dimensión, tu íntimo hueco, tu vivir, tu estar”. Otro letrero: “No le temo a la muerte, solo a la vida sin vivir”. Otro dice: “Podrán cortar todas las flores, pero no detendrán la primavera”. Otra pared pintada: “Con los ojos cerrados, y los sueños despiertos”. Un rótulo: “Toda historia de amor comienza con una gran sonrisa”. Uno citando a Gabo: “Lo único que me duele de morir es que no sea de amor”. Otro letrero: “La esperanza es una bella posibilidad futura”. Uno sobre un pentagrama: “La vida no para, no espera, no avisa”. Una pancarta: “Buscar la paz a través del fuego solo produce cenizas”. El penúltimo: “En medio de la lucha, vale la alegría”. Y el último: “¿Cuánto tiempo te quedarás conmigo? ¿Preparo café o preparo mi vida?”. (“¿Por qué aguardas con impaciencia las cosas? –escuchó el Winston decir a Amado Nervo– si son inútiles para tu vida inútil es también aguardarlas. Si son necesarias, ellas vendrán y vendrán a tiempo”. “La vida que deseamos no está para soñarla –el Sisimite escuchó decir en una película– sino que está para vivirla”).