Nuevo año, nuevos propósitos de salud política

Por: Héctor A. Martínez (Sociólogo)

Los propósitos de un año que comienza siempre invocan a un cambio en el estilo de vida personal. Al finalizar el año, los propósitos se enlistan con entusiasmo, acompañados de interpretaciones místicas y otras cursilerías para reafirmar las promesas. Pero, el entusiasmo dura apenas un par de días. A medida que nos adentramos en enero, los esfuerzos disminuyen en intensidad. A partir de ahí, comenzamos a bajar los brazos para volver a ser los mismos que éramos antes: nada cambia.

Es entendible lo trabajoso que resulta hacer cambios en las rutinas que se encuentran muy enraizadas a nivel individual. Las costumbres, el ambiente familiar, el mercado; todo entra en juego; todo está cotidianamente arraigado en el alma cultural de los individuos. Marx tenía razón: la consciencia es el reflejo de las condiciones materiales de la existencia. Lo del “fitness and healthy” no lo inventamos los latinos remolones, sino los anglosajones disciplinados. Dicen los teóricos de la modernización que los individuos de las sociedades tradicionales -entiéndase subdesarrolladas- somos incapaces de ejercer cambios radicales en nuestras vidas, porque estamos sumamente afianzados en los atavismos que moldean nuestra psique.

Lo de los propósitos renovadores no es más que una simple hipocresía, para no lucir flojos frente a los demás durante las fiestas de año nuevo. No por nada nos cuesta un mundo decidirnos por lo más conveniente, como la dieta sana y el ejercicio que prolongan la vida.

Fuera de ello, y muy conscientes de estos beneficios, ese mismo comportamiento también lo reflejamos en la política. También en esa faceta nos entusiasmamos frente a las propuestas de nuevas elecciones; caras “nuevas” y un nuevo gobierno; la fiesta de cada cuatro años. Luego todo se va al carajo a medida que transcurren los meses, cuando vemos que ninguna de las garantías enlistadas en la agenda de campaña se cumplen.

Si la conciencia nos dicta que una buena salud puede alargarnos la vida, pero insistimos en hacer lo contrario, ¿cómo pretendemos que los individuos incluyan dentro de sus propósitos renovadores de fin de año, ser más activos en política para hacer de la sociedad un organismo democráticamente más saludable, más ordenado, más libre? Porque, sin importar nuestro bajísimo nivel educativo, y lo alienado que nos mantiene el sistema a partir de un pensamiento estandarizado -como pensaban los filósofos de la Escuela de Frankfurt-, de repente nos dimos cuenta de que a ningún partido político le importa un pepino resolver los graves problemas que aquejan a nuestra sociedad. Al menos, a ninguno hasta ahora. Al igual que una vida saludable exige rigor y enjundia individual, la edificación de una sociedad no depende de un grupillo de iluminados, sino de nosotros mismos: de los ciudadanos, organizados o no.

Por desgracia, solemos cerrar los sentidos frente a lo conveniente, a sabiendas de las consecuencias. Por eso preferimos que sean los dioses de las posibilidades -o los políticos demagogos, de izquierdas y de derechas- los que encarguen de llevarnos por buen sendero. La peor decisión de un ciudadano es la dejadez. Ni dioses ni politiqueros de oficio. La política es como la redención en la religión, o la vida virtuosa en filosofía: de nada sirven los preceptos si no nos encargamos de nuestros destinos; si no hacemos práctica cotidiana a partir de sus enseñanzas. El culto religioso per se; la filosofía como mera erudición, son como los pleitos en Twitter, o los alegatos de amigos en un asado de domingo: no propician cambios en nuestras vidas, porque se reducen a un mero onanismo que ocurre en contextos insustanciales.

Es tiempo de despertar. La política es cuestión de todos en comunidad, y de todos los días: es participación en calles, foros, patronatos y organizaciones; es encargarnos y apropiarnos de ella, por ella y por nosotros, para cambiar el destino de nuestras vidas. Participar en política es trastocar los hábitos malsanos del presente, para asegurar nuestro futuro y el de nuestros hijos; los ciudadanos no tenemos otra opción. El voto es el culmen de nuestra batalla.