ES claro que los hondureños aún poseemos la capacidad de soñar sobre nuestras vidas individuales. Pero también respecto de la colectividad. Es así que cada año que comienza hacemos proyecciones positivas y negativas, muchas veces escépticas, sobre el futuro de la nación, con los deseos íntimos que las circunstancias mejoren. Sin embargo, en tanto conocemos los problemas, sabemos que es difícil encontrar la palabra adecuada que se ajuste a los desafíos de cada día, cada semana y cada mes. Es como resolver un crucigrama propio para expertos en criptografía, habida cuenta que además intervienen factores exógenos.
Pero como el “derecho de soñar es inalienable”, nada perdemos con sugerir, en medio del laberinto, unas notas muy modestas y dispersas ligadas al futuro inmediato y lejano de nuestro país todavía provinciano y azaroso. En primer lugar, resultaría saludable un nuevo diagnóstico desprejuiciado que llegue a la raíz de nuestros problemas tanto viejos como recientes, mismos que se han acumulado en el curso de las décadas, los años y los meses. Tal vez se trate de que nunca hemos ensayado, con sistematicidad y criterios propios, un submodelo económico que conduzca hacia la verdadera riqueza colectiva del mayor número de hondureños, sobre la base de un aparato productivo eficiente, operado por personas eficaces. Esto significa que debemos alejarnos de los aspectos tradicionalistas improductivos, aun cuando haya tradiciones que, por el contrario, responden a la matriz cultural positiva de un pueblo. Por consiguiente hay que tener mucho tacto y cuidado.
Aunque Honduras continúa siendo un país atrapado en la pobreza y en las prácticas discriminatorias obsoletas que atentan contra los pobres y la clase media, hay que subrayar que a pesar de la distribución injusta de varios bienes territoriales, todavía contamos con recursos geográficos, hidrográficos y culturales que son valores potenciales, los cuales podrían configurarse en realidades concretas, y conducirnos por el camino de una sociedad rica, o por lo menos solvente, habitada por ciudadanos dignos. Se ha dicho hasta el cansancio que Honduras cuenta con probables plataformas turísticas y ecoturísticas envidiables en los pueblos del interior del país, que poca gente conoce porque todo mundo prefiere marcharse hacia las playas. Es curioso que en países como Suiza la gente desea subir a las montañas, respirar aire puro, escuchar música clásica y contemplar la inmensidad.
Sin perder de vista las duras realidades económicas y el atraso cultural que arrastramos hasta la presente fecha, bien podemos imaginar a la República de Honduras como un país sin desempleados y sin criminalidad, con un crecimiento económico sostenible durante décadas. Podemos, además, soñar con enormes bibliotecas modernas (públicas y privadas) operando en todos los puntos geográficos de nuestra rosa náutica. Soñar con grandes editoriales e imprentas, con precios de libros y revistas pluralistas y accesibles al bolsillo del simple consumidor; o sea del lector común. Nada se pierde con imaginarnos a una juventud hondureña sana, educada, con conocimientos intelectuales, científicos y tecnológicos de primera línea, y alejada de toda clase de fanatismos.
Los buenos intelectuales hondureños, por su parte, en vez de sumergirse en disputas estériles orientadas a organizar celadas mortíferas y zancadillas por doquier, se dedicarían a promover grupos heterogéneos de lecturas voluntariosas e intensas; o diálogos esclarecedores en la búsqueda del conocimiento integral, moderno y posmoderno. Podríamos, además, imaginarnos a la costa norte como un paraíso productivo sin zancudos y otras plagas. O gigantescos “clústeres” económicos por todas partes, funcionando con apego a nuestras leyes. Por eso es preciso pensar cada palabra y cada sílaba de los futuros crucigramas, que están por llenarse, de nuestro querido país.