¿POR QUÉ REÍRNOS DE CIEN AÑOS DE SOLEDAD, EL QUIJOTE, ULISES O LA DIVINA COMEDIA?

Juan Ramón Martínez

En la Feria Internacional de Guadalajara, una escritora argentina, declaró que los jóvenes escritores debían empezar a burlarse, riéndose a mandíbula batiente, de “Cien Años de Soledad”. Presumimos que, en protesta, por su estructura interna, el punto de vista de la narración, las descripciones de la realidad y del fatalismo que obedecen mansamente los protagonistas que, parecen condenados a soledad sobre la tierra. ¿Porque los argentinos son provocadores por naturaleza? O porque el título incluye la “eñe” que no existe en los tableros estadounidenses, donde en su derecho, escriben nuestros noveles escritores. Vaya usted a saber.

Aunque hay que decirle, la pretensión por matar al padre no es nueva. López Velarde exigió en su momento que había que torcerle el cuello al cisne. Es decir, dejar los temas orientales de Darío, para volver a otros asuntos, más bellos y creativos. Pero no habló de reírse de su obra. Las generaciones de Nicaragua, entendieron mejor las cosas. Debían hacer mejor poesía que la de Darío, pero sin denostar al maestro del modernismo, porque ello era una pérdida de tiempo, simple ejercicio de antropofagia. Además, tenían que, ir mucho más adelante. Es decir, mediante el ejercicio de la crítica, como estímulo para ir más largo y distante, si se puede desde luego. Pero no es caso de la escritora argentina. Ella quiere que derribemos Cien Años de Soledad, por lo que representa Macondo como versión salvaje y global de nuestra manera de ser. De modo que, si la dejamos seguir hablando, ella pediría que le echáramos fuego a Dublín de Joyse, La Mancha de Miguel de Cervantes, Comala de Rulfo, Yoknapatawpha de Faulkner, Sulaco de Grenne y a la pampa argentina para olvidar a Hernández y a Borges. Como esto no tiene sentido, la única alternativa que nos queda es interrogarnos qué hay detrás de lo que es evidente: el sentimiento que la obra de los grandes autores es un obstáculo para su creatividad y no un asidero para iniciar el viaje hacia una órbita mayor, de más altura, como evidencia que las nuevas generaciones siguen avanzando; y, superando a las generaciones anteriores.

No cabe duda que hay aquí una fervorosa; pero encubierta admiración por la obra que, este caso hay que disimular, menospreciándola, mediante la risa. La autora argentina no menosprecia “Cien Años de Soledad”. Todo lo contrario. No disimula su admiración, pero nos muestra un hecho. La dificultad que plantea su altura, la flojedad de sus piernas y la falta de impulso emocional para superarla. Por lo que creemos que se trata más bien, de disimulado volver al complejo de Edipo, en que, por conflictos sexuales, según las atrevidas incursiones literarias de Segimund Freud, en que, por disputas por la madre, hay que asesinar al padre, y desde el hecho delictivo recuperar la identidad afectada centralmente por la presencia dominante del macho competidor. Al margen que la mayoría de las tesis de Freud, han sido afectadas por la crítica profunda de una obra en donde, y en muchas partes hace falta el rigor científico, y por ello, no cumplía la exigencia de la duda previa a la comprobación de sus supuestos, hay que decir en literatura y mucho más en novela es difícil aplicarla, ni siquiera en el tema que más se acomoda: el de las generaciones. Los poetas nicaragüenses llevaron la poesía mucho más allá de donde la había encaminado el genio de Darío, sin tener que matar al fundador y animador del modernismo literario. En México López Velarde quería cambiar el lenguaje, ir mucho más allá de las princesas de las “Mil y Una Noches”, de los cisnes, los timbales y las citaras, las cadencias y el color del mar, a un nuevo tratamiento del lenguaje de modo que se pueda aplicarlo a unas nuevas visiones que los nuevos poetas mexicanos había identificado como su articulación con la realidad. Y dieron el paso. Aunque, otra generación posterior, tuvieron que aceptar que Octavio Paz había efectuado un salto gigantesco; y que, de nuevo, se habría otro paso enorme, vacío inmenso, en donde las alas viejas, no alcanzaban para remontar las distancias. Enfrentados a una trampa incómoda, no recurrieron a la risa frente a su universo poético, sino que a un expediente más fácil: el cuestionamiento de las posturas del poeta como crítico de la realidad mexicana y de América Latina. La ideología, fue la risa, el disimulo para no reconocer que para superar a las águilas hay que volar más alto que el águila que se trata de superar. Siempre tenemos dudas ante las salidas fáciles porque tenemos miedo de la emboscada inesperada. Por ello nos parece peligroso que las nuevas generaciones de novelistas se queden petrificados en la risa de la mujer de Lot, frente a “Cien Años de Soledad”. Ello no basta. Es necesario ir más adelante y desde la intuición como lo hizo García Márquez, la capacidad de trabajo, la impronta del narrador inevitable y la visión totalizadora de que estaba proveído, produce una obra total –no de los estilos literarios como el Ulises de Joyse– sino de la percepción de Miguel de Cervantes o la habilidad de Shakespeare, para integrar en sus obras, todas las posibilidades de la conducta humana. Por supuesto, para esto hace falta mucho trabajo, dedicación y compromiso con la vocación literaria. Si solo fuese cosa de reírnos o de matar al padre siguiendo la instrucción metódicas de Freud, en Honduras –aunque los poetas de nosotros, son solemnes, serios e incluso litúrgicos– habríamos dado el paso de superar Molina, a Padilla Coello y Daniel Laínez y tendríamos una generación de poetas superiores a los que en tropel siguen a Pablo Neruda, con una dedicación enfermiza del hijo al padre, con el cual, no tiene diferencias; y en razón de lo cual, no tiene motivaciones para asesinarlo, sino que todo lo contrario, elevar a los altares y convertirlo en el Dios de todos sus afanes, miedos y deseos.

Los novelistas de América Latina, no tienen por qué enfrentarse al boom literario de los sesenta del siglo pasado. Más bien, tienen que asumirlo, bien como espectáculo de mercadeo y ventas diferenciadas; o como un hecho en que América Latina mostró que tenía narradores con capacidad para contar cosas nuevas y con novedosos estilos y sugerentes puntos de vista. Y descubrir que detrás del éxito de Vargas Llosa, García Márquez, Donoso, Fuentes y otros más, lo que hay es dedicación absoluta a la literatura, a la lectura, conciencia que el éxito se logra con trabajo, no con chispazos de genio que casi nunca tienen que ver con la realidad y que como lo demuestra la experiencia, y que detrás de todo gran escritor lo que hay es una indeclinable capacidad de buen lector. Y que, en la realidad de América Latina, hay materia prima que suficientemente manejada puede dar obras mejores que las que conocemos. De los libros de otros y de las realidades que tiene acceso. De modo que más que reírse de Cien Años de Soledad, deben leerla todas las veces que sea necesario, sin reírse para encontrarle las costuras, buscar sus debilidades, arrodillarse frente a sus hallazgos y aprender desde el punto en donde llegó el genio de Aracataca, para construir el mapa por el cual van navegar, construyendo nuevas historias y publicando las nuevas novelas que vayan más allá de donde las dejaron, como reto inevitable, a las que vienen atrás que para pasar a sus maestros no tienen que apedrearlos y mucho menos asesinarlos. Porque Electra no existe y por ello, no celebra los actos sangrientos que son más bien muestras de debilidad e incompetencia. Y finalmente, porque la literatura sería un terreno seco y baldío, un desierto, si tan solo contara con unas locas novelistas que se leen sin sentido alguno de las proporciones de unos personajes arquetipos de la vida latinoamericana como son los que llenan el universo de Cien Años de Soledad. Al final de todo, la Feria Internacional del Libro de Guadalajara es un leve recuerdo. Lo que sobrevive es el imperativo de ir más adelante de la fotografía del mundo que no entrega “Cien Años de Soledad”. Y el reto que plantea es hay que superarla, con talento y dedicación. Sin burlas y bromas. Porque es un hito de creatividad humana, una marca de hasta donde llegó el talento de García Márquez. Lo que sigue es el trabajo de los jóvenes novelistas que, sin reírse, aprietan los dientes como los pescadores de Melville, y más bien, trabajan y construyen, descripciones mejores y más sugestivas de la realidad que siempre es un reto para todas las generaciones.

McAllen, Texas, diciembre 15 de 2022