LETRAS LIBERTARIAS: El camino que tomará el gobierno

Por: Héctor A. Martínez (Sociólogo)

En toda sociedad existen dos grupos muy poderosos que la controlan: el político y el económico. El primero lo constituyen los partidos y ciertas organizaciones doctrinariamente relacionadas con éstos. Por ejemplo, en un partido verde, es casi seguro que dentro de su organigrama encontraremos movimientos ecologistas de todo tipo; o, en un partido de los trabajadores, los sindicatos serán los protagonistas de la agenda política. El segundo grupo está constituido por los más ricos e influyentes; generalmente, por empresarios poderosos que han dedicado su vida a mantener empresas altamente productivas, de crecimiento sostenido y que generan miles de puestos de trabajo. Son las élites a las que aludía Pareto y Gaetano Mosca en sus estudios sobre las estructuras de la sociedad.

Como casi siempre ocurre, las élites económicas son etiquetadas con el sambenito político de “oligarquías”, para referirse a ese círculo de acaudalados que influye sobremanera en las decisiones políticas de un gobierno, no importando la doctrina social y económica de éste. En poquísimos casos, puede que se trate de una élite de avanzada que promueve los cambios de mayor interés -sociales y económicos- de una sociedad. Pero también puede ocurrir lo contrario.

En las poco menos que destruidas democracias latinoamericanas, existe una tendencia de las oligarquías, no solo a influir o a crear “lobby” en las cámaras, sino también a controlar las bancadas partidistas. Podríamos decir que, desde ese momento, se pierde todo el carácter democrático de una nación, porque, entonces, ya no se trata de privilegiar al pueblo representado, sino a los grupúsculos que orbitan alrededor del poder. Se establece así, una alianza, chueca y antidemocrática, que no tiene nada que ver con la soberanía popular, sino con los negocios particulares.

En Honduras también existen estos grupillos poderosos que se originaron a partir de la llamada Fase de Industrialización, allá por los años 60 del siglo pasado. Fue el nacimiento de una nueva burguesía que le imprimió el sello modernizante al país, tanto en lo económico como en lo político. El problema es que nuestras élites se aprovecharon de la política y de los partidos políticos para afianzar sus empresas, mientras fortalecían la burocracia estatal puesta al servicio exclusivo de sus intereses. Lo del estado de bienestar resultó ser una mampara para legitimar la razón de ser de cada partido en el poder.

Con el triunfo de Libre, las cosas se han puesto color de hormiga, puesto que no sabemos cuál será el papel de las élites económicas en el nuevo orden interno, plagado de fuerzas adversas que colisionan con estrepito en el escenario político. A partir del 2022, hemos llegado a una encrucijada histórica que podría traer enormes repercusiones para el futuro de nuestra sociedad. ¿Cómo se resolverán las cosas? Es fácil imaginarlo.

Libre dispone de tres alternativas para escribir su nombre en el salón de la fama, o, por el contrario, pasar a la historia como una de las peores administraciones en doscientos años de vida democrática. La peor decisión sería, tratar de eliminar o asfixiar las actividades empresariales de la élite, fiscalizando sus empresas, apretándolas impositivamente y boicoteando su cadena de suministros. La no menos peor: establecer una alianza con un grupo selecto de empresarios para conceder privilegios a cambio de favores y legitimación política. Nada cambiaría. La mejor decisión: liberalizar los mercados, seducir a los inversionistas en todos los rubros, y presionar para que nuestras empresas puedan competir en los mercados globales por la vía directa de las exportaciones, o suscribiendo nuevos tratados de libre comercio.

La primera nos conducirá a una “cubanización” de la economía, es decir, a una pobreza extrema peor que la que vivimos en este momento. La segunda, fuente de conflictos sociales, seguirá abriendo las brechas entre ricos y pobres. La tercera es la más difícil, la casi imposible, pero es la mejor apuesta si queremos un mercado abierto, pletórico de innovación, altamente competitivo, que cambiará por completo la cara del país. ¿Cuál será el camino que seguirá el gobierno? A nuestro juicio: el uno o el dos.