CONTRACORRIENTE: Cambio, ideología y “mesianismo”

Por: Juan Ramón Martínez

El cambio es necesario. Honduras urge del mismo. Pero, no cualquier cambio. Necesitamos uno, democrático, sin ideologías; y, nunca, orientado por mesianismos destructivos y totalitarios. El Cardenal Rodríguez Maradiaga, tiene razón. La ideología es disruptiva, engañosa; solo útil para la manipulación; y para disimular engañosas finalidades. Es, muy peligrosa. Y el uso de las “religiones” igualmente lo es, porque exaltan mesianismos que, anclados en una visión fuera de la historia, no pueden evitar la contradicción de buscar simultáneamente, el mayor bien, por medio del mayor mal. Entregando el poder a caudillos, enviados por los dioses rencorosos, a hacer y dirigir los cambios de las estructuras. El marxismo, no ha dado prueba en ningún momento de capacidad para generar los cambios que los pueblos han deseado. En ninguna parte. En Europa, solo llegó por la fuerza al poder y no pudo dar resultados extraordinarios en proporción a los costos y sacrificios. En América Latina, adicionalmente, su marca es, la ineficiencia, la mediocridad y la incapacidad confirmada de no poder construir lo nuevo, sobre las ruinas en que después de bajar los techos y derribar apocalípticamente las paredes, no sabe que hacer sino justificar, mediante un discurso escolar, la nueva pobreza producida. Cuba es un buen ejemplo. La revolución cubana, destruyó el capitalismo avanzado y no pudo sustituirlo por un socialismo perfeccionado que, preservara la eficiencia creativa y la igualdad en la distribución de los resultados colectivos.

Karl Marx fue un judío, heredero de tres generaciones de rabinos. Su configuración del mundo, la superioridad de la materia, la reducción del pueblo al proletariado, la exaltación de la revolución como único medio de transformación y cambio; y la manipulación mecánica de la historia por encima de las instituciones culturales, solo tienen explicación desde un mesianismo en que el Mesías, vendrá, destruirá todo; y, sobre los escombros, edificará el reino de Dios. En un proyecto mecánico, en que el pueblo pierde soberanía, queda fuera de la historia, entregando poder al caudillo, que dirige la marcha, en que después del capitalismo, inevitablemente -en un determinismo histórico inexplicable- pasará al comunismo; y allí, terminará el tiempo. Fatalmente. Deteniendo, el todo; y, volviendo inútil, y falsa la dialéctica hegeliana.

Inaceptable para los cristianos, que por el contrario no esperamos; ni buscamos el mesías que nos venga a hacer la revolución. Porque Cristo con su llegada, nos liberó de la servidumbre, nos hizo hijos de Dios, convirtiéndonos en “pueblo de Dios”. Y nos animó y proporcionó fuerzas, para ir hacia adelante, en el camino de la salvación, mediante un proyecto democrático en que el pueblo es superior al poder; la tolerancia, una fórmula idónea para dominar las pasiones, en tanto que aumentada la capacidad para forjar acuerdos en la comunidad, con una fuerza crítica para valorar lo hecho, aprendiendo de los errores, y desde allí, avanzando en el tiempo de la historia que no tiene fin. Marx, se acercó a las orillas de Spinoza y donde vio la esencia material de Dios, construyó la exaltación de la materia; y en donde el filósofo de Amberes, prefiguró el pueblo, su protagonismo y la idea de la tolerancia como medio para dominar las pasiones por medio de la razón, construyó un modelo en que se impuso el poder y se construyó la idea de “la dictadura del proletariado”.

Ahora, desde la ineficiencia, la mediocridad y las infantiles justificaciones oportunistas, el actual gobierno, nos ofrece confianza que el cambio, nos beneficiará.

A Fidel, no lo conocían. Por ello le dieron todas las llaves. Igual ocurrió con Hugo Chávez. En los dos casos, los pueblos querían un nuevo gobierno que, les alejara de las vergüenzas de los anteriores. A Manuel Zelaya lo conocemos. No es revolucionario; ni competente. Su liderazgo, está debilitado y su edad avanzada, le quita fuerza y esperanza a sus “milagros” que, de repente no excluimos que salgan de sus manos; o broten de su cerebro.

Los pueblos aprenden. No vuelven a cometer el error de entregar el cambio al arbitrio de los caudillos. Y menos, confundir políticos, con el Mesías. Los resultados son catastróficos: poblaciones pobres huyendo hacia los Estados Unidos, asumiendo todos los riesgos; y los que se quedan, viviendo pobremente, con las remesas que les envían sus parientes del exterior. No incurriremos en el mismo error. No debemos hacerlo.

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