HABLÁBAMOS en editorial anterior sobre el riesgo de la estanflación (el coctel tóxico de la recesión e inflación combinadas) en las economías del mundo. El diagnóstico de las aves agoreras, que este año puede ser más duro que el anterior. Todo esto debido al nuevo término acuñado, ya incorporado a algunos diccionarios, de la “permacrisis”, para significar un tiempo prolongado de inestabilidad e inseguridad caracterizado por la multiplicidad de acontecimientos catastróficos. Sin embargo, como lo último que se pierde es la esperanza –ello sería en este caso específico, que lo feo no se torne horripilante ni lo malo se haga peor– concluimos el escrito apelando a la fe y, de paso, a un adagio de la sabiduría popular que reza: “no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista”: No hay que ser tan fatalista tampoco. Así que, pensándolo bien –dice el Sisimite– ¿qué tan malo puede ser lo que viene si se le meten ganas? Si se sobrevivió lo peor no hay que bajar la guardia ni perder el ánimo –agrega Winston– peor de lo que ha sucedido solo el apocalipsis.
Un fundador del colectivo envía una imagen con el retrato del Quijote y Sancho cabalgando: “Sábete Sancho, que todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas; porque no es posible que el mal y el bien serán durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca”. (¿Qué tan cerca? Esa es la incógnita. Pero con el mismo ánimo positivo hay que esperar que no esté así de distante como estamos del mundo en materia de calidad educativa, sino a la vuelta de la esquina). Otro afiliado al colectivo manda este escrito de Eduardo Galeano: “Año Nuevo”: “Me gusta saludar por lo que empieza más que por lo que termina”. “Me gusta más la esperanza que la melancolía”. “Me gustan más los proyectos que los fracasos”. “Me gusta pensar que adelante hay más vida”. “Lo decimos todos los años: diciembre no es un mes fácil”. “Corridas, angustias, excesos, conflictos de lealtad, los que no están, los que están solos, los que están con alguien, pero mal, los que deben estar con quien no quieren estar”. “Y algunos, más sobrios, más frugales, que entendieron por dónde va la cosa: por no forzar lo que no sale, por no imponerse una felicidad que, en ocasiones, no se siente, por entender que no se juega el amor de las personas queridas porque no puedan levantar con vos la copa el 31 a las 12”. “Pensemos más bien en comienzos, en cuaderno nuevo, en ropa a estrenar, en sacarnos de encima lo que ya no sirve, lo que ocupa espacio inútil”. “El mundo cambia rápido, a veces tanto que no llegamos a comprenderlo”. “Pero es una buena oportunidad para ir cambiando junto con los demás”. “Para juntarnos a pensar, a hacer, sentir, dar, amar. Para rebelarnos contra lo injusto, para ser un poco más libres, para ganar más consideración por los demás, para respetar y ser más inclusivos, más solidarios, para abrir la cabeza y pensar distinto”.
“Mirá cuantas cosas podemos hacer juntos”. “El mundo está cambiando, sí”. “No te preguntes si es para mejor o no”. “No pasa por afuera, vos sos parte y serán los cambios de los que participes”. “Serán los amores y las relaciones que quieras construir, los amigos que elijas, las causas en las que milites, los tiempos que decidas tomarte para vos”. “No camines rápido, no vas a aprovechar más el tiempo, al revés, se pasará sin que lo veas”. “Así que, en estos días, cuando todos corran al supermercado y a los centros comerciales, andá al parque, caminá lento, mirá el cielo, escuchá los pájaros, observá a los demás”. “Y dale la bienvenida a lo nuevo”. “Estás de estreno. Siempre”. (Pues allí tienen –interviene Winston– lo mismo que decíamos ayer sobre encumbrar la autoestima; con el cambio de conductas, de comportamientos, de procederes, de los estados de ánimo, de la actitud. Toda la razón concurre el Sisimite ya que “si seguimos haciendo lo mismo, no vamos a pasar de lo mismo”).