Por: Segisfredo Infante
Aunque Aristóteles formuló el concepto de “zoon politikón” con el objeto de definir la naturaleza del “Hombre” como “animal político”, es decir, como ente biológico con capacidad racional de coexistir en una colectividad política o civilizada, el gran erudito contemporáneo de origen parisino George Steiner, puso en duda la racionalidad de los hombres en general. Este pensador y literato sugirió, en uno de sus libros, que eran poquísimos los hombres racionales en todo el globo terráqueo, quizás porque él percibió de cerca el crudo fenómeno del nazismo y la peligrosa “Guerra Fría”, en tanto que “Ni la gran lectura, ni la música, ni el arte han podido impedir la barbarie total”. De tal manera que Steiner, aunque era un apasionado de la cultura grecolatina, descreía de la afirmación aristotélica respecto de la racionalidad social o natural del “Hombre”. En mi caso personal todavía sostengo entre las manos el tímido farol de la esperanza clásica.
Empero, a veces las dudas profundas se interponen en el camino. En los últimos meses he percibido una especie de terquedad (elevada al exponente “N”) en el tema de las guerras regionales y en los hipotéticos reacomodos geopolíticos. En vez de aminorar las tensiones belicistas, parecieran maximizarse, desencadenando sufrimientos físicos y morales en poblaciones enteras ajenas a tales conflictos. Penalidades que se agrandan en las épocas invernales, por aquello de la falta de calefacción y del suministro de alimentos básicos que pueden empujar hacia desastres humanitarios. No solo en Europa, sino también en países de África del Norte que han comenzado a experimentar el hambre, sucesos que repercuten en otras subregiones en donde las tasas inflacionarias enloquecen los precios de la canasta básica familiar. Esto es, en varios países de América Latina.
Me cuesta comprender el trasfondo del guerrerismo creciente que se observa en el panorama global. Me pregunto a mí mismo si acaso los dirigentes de las potencias y países en conflicto, nada desean saber del sufrimiento de los pueblos. O quizás se niegan a medir las graves consecuencias de sus actos. En todo caso, me duele decirlo, podría sugerirse una ausencia de racionalidad pensante y de sensibilidad humana, en las provocaciones militares de distintos bandos; o en la utilización imprudente de las armas modernas; o en el manejo incorrecto de las contradicciones primarias y secundarias. O quizás en “las malas prácticas”, como antes sugerían los círculos marxistas.
Existen dos variables que deben indexarse a mis percepciones (acertadas o equivocadas) de los problemas esbozados en el párrafo anterior. La primera es que Estados Unidos es una superpotencia percibida como en situación de declive, o decaimiento, por sus diversos adversarios, en distintos puntos del planeta. Es una potencia que incluso ha descuidado su liderazgo inmediato en América Latina. No digamos el caso de la vieja Europa Occidental, cuyas fortalezas luminosas y debilidades energéticas dejaremos para otro análisis. La segunda variable es el enorme negocio de armas modernas o sofisticadas. Los negociantes de armas, que actúan en forma abierta o clandestina, según sea cada caso, necesitan las guerras como un camello necesita un pozo de agua escondido en la vastedad del desierto. En ausencia de las guerras sus negocios se vienen a pique. O se ralentizan. No les importan, a los productores y traficantes de armas, las tragedias descarnadas de la humanidad. Mucho menos el principio revolucionario de fraternidad universal entre los hombres, mujeres, niños y ancianos que padecen las horrorosas guerras civiles y las invasiones externas, sin comprender las verdaderas causas de sus desgarramientos físicos y espirituales. Y es que los productores y revendedores de armas provocan desorden, desde el fondo de un ordenamiento oculto.
Pienso que el mundo necesita, con urgencia, negociadores hábiles como Henry Kissinger y Chou Enlai. El primero ya es un anciano que frisa los cien años de edad; y el segundo falleció en 1976, enfermo y ninguneado por algunos de sus “camaradas” más cercanos, que tal vez en el fondo lo envidiaban. Necesitamos, además, líderes mundiales y regionales mayormente equilibrados de la cabeza, como del talante, y del talento, de Mahatma Gandhi, Konrad Adenauer, John F. Kennedy, Joseph Broz Tito, Golda Meir, Juan Pablo Segundo, Anwar el-Sadat y Nelson Mandela, para solo mencionar unos pocos personajes insignes, quienes supieron liderar y negociar en circunstancias altamente complejas, sin rencores ni revanchismos de ningún tipo. (Los méritos de John F. Kennedy los reconoció el mismo Fidel Castro, abiertamente, en 1998).
Bajo las actuales circunstancias pienso que hay una lucha escondida entre la racionalidad de varios seres humanos pensantes, y las tensiones crecientes de aquellos hombres poderosos, con muchos seguidores, interesados en figurar y convulsionar el planeta, perdiendo de vista que ellos también se colocan en gravísimo peligro.