EL año pasado –decíamos ayer– fue “Annus horribilis”. Pero este que entra –según calculan las aves agoreras– no augura ser mejor. Las economías mundiales todavía siguen lidiando con las secuelas de la pandemia –y los rebrotes– que durante meses confinó la población entera de países alarmados por la gravedad de los contagios. Donde los gobiernos desafiaron los aislamientos –como el de AMLO, el de Bolsonaro y el de Trump– los contagios fueron mayores e igual los fallecimientos. A los pintorescos paisajes acabados les costó conseguir las pruebas para detectar el endemoniado virus y cuando los laboratorios desarrollaron las vacunas, sucedió igual. Quedaron –algunos por dormidos de no hacer los pedidos a tiempo– en la cola de la cola. Y cuando por fin hubo abastecimiento de vacunas, estas llegaron a cuentagotas hasta que San Juan bajó el dedo. No se había vuelto a la normalidad cuando los adoloridos mercados recibían otro golpe insospechado.
Así que no es del todo un invento la queja que la crisis –sumando al dudoso manejo de la misma– es heredada. A ello hay que sumar que los paquetes de financiamiento, de alivio y de rescate de la lenta burocracia internacional, fueron quiméricos. Los bancos internacionales de crédito reaccionaron a una grave crisis como si fuese un problema cualquiera. Y actuaron con la misma parsimonia acostumbrada. Respondieron sin celeridad, sin creatividad, y sin los recursos suficientes para hacerle frente a la calamidad. Como si aquello no fuera suficiente motivo de distorsión, la invasión rusa a Ucrania vino a jamaquear más lo inestable. La crisis energética, la escasez de esencialidades, el raquítico suministro de bienes y servicios, dispararon los precios de los artículos de consumo. Ello obligó a los bancos centrales al aumento de las tasas de interés tratando de reducir la inflación. Y no es secreto que el encarecimiento de dinero provoca la desaceleración de las economías. Para facilitarle al público el entendimiento de esa multiplicidad de acontecimientos catastróficos –un tiempo prolongado de inestabilidad e inseguridad– salieron con una nueva palabra. “Permacrisis”, es el término de moda incorporado a algunos diccionarios. Pese a las medidas paliativas y compensatorias de algunos gobiernos, a los gigantescos paquetes de estímulo que dieron algunas superpotencias, a las medidas de política fiscal –tendientes a crear algún tipo de equilibrio– la receta no funciona del todo y el remedio no cura al enfermo. Así que al día de hoy –de acuerdo al criterio del tata Fondo, sus tías las zanatas y las aves agoreras– el pronóstico económico para el 2023 no es prometedor. El término recesión –digamos, en los predios de la Casa Blanca– lo tocan con pinzas.
No se aventuran a admitir que podría repetirse el fenómeno de la estanflación –sufrida por los Estados Unidos en los 1970– ello es, la combinación tóxica de inflación con recesión. O se trata de un estado de negación, o que políticamente no les conviene azorar más a una opinión pública ya bastante lastimada y quisquillosa. La gerente del FMI alerta que “el 2023 será más duro que el año que dejamos atrás para gran parte de la economía mundial”. “Este año los principales motores del crecimiento económico global (Estados Unidos –aunque la economía norteamericana es la más resiliente y puede evitar la recesión– China y Europa) experimentarán un debilitamiento de la actividad al mismo tiempo”. Alisten los paraguas e impermeables que el cielo luce encapotado. Pero más importante sería saber ¿qué estrategia nacional tienen pensada para enfrentar ese torrencial vendaval que se anuncia? (No hay que ser tan fatalista tampoco. Así que, pensándolo bien –dice el Sisimite– ¿qué tan malo puede ser lo que viene si se le meten ganas? Si se sobrevivió lo peor no hay que bajar la guardia ni perder el ánimo –agrega Winston– peor de lo que ha sucedido solo el apocalipsis).