Juan Ramón Martínez
El nuevo presidente de Brasil, es un líder muy calificado, un hombre inteligente y un político pragmático. Habiendo derrotado a Bolsonaro, mediante una coalición de partidos de centroderecha, se prepara a gobernar con una agenda equilibrada, convocando para que le acompañen, líderes que hicieron posible la jornada electoral que le dio la oportunidad de dirigir por tres veces la presidencia del país más grande de América Latina y una de las diez más fuertes del mundo. Contrario a otros políticos populistas, etiquetados de repente en forma apresurada como de izquierda, valga decir López Obrador, Petro, Fernández y Arce, Lula es un hombre que sabe que la legitimidad electoral es básica pero insuficiente por ella misma, para que el poder democratice se crea y se constituye como tal, mediante la satisfacción de la población frente a servicios oportunos. Por eso, su discurso no suena igual que el lento presidente mexicano, el incombustible Petro y Fernández que más que político, parece un actor de cine mexicano de los cincuenta del siglo pasado, que se ha quedado varado en Buenos Aires.
Lula, sabe que tiene que gobernar un país dividido; que necesita ganarse diariamente el sentimiento popular.
Que nada es de hierro o cuestión de fe, sino que un largo camino en el que, teniendo atrás el fantasma de Bolsonaro que aun ahora cuando ha asumido el mando no le ha reconocido su inocultable triunfo electoral y que, más bien, hará todo lo posible por deslegitimar su liderazgo, tiene que hacer gobernabilidad, mandando para todos. Lo mejor es que Lula, lo sabe. De allí su discurso, la integración de su gabinete y sus posturas internacionales. Mientras López Obrador y Petro, meten la pata dando declaraciones y emitiendo juicios imperiales, sobre cuestiones jurídicas de lo ocurrido en el Perú, Lula ha actuado en forma mesurada, cuidando sus palabras y pisando en tierra firma, consciente que tiene que evitar riesgos y peligros innecesarios.
Tendrá a cerca de la mitad del electorado en contra. El poder legislativo dominado por el anterior gobernante y la comunidad internacional, dividida que sospecha de los excesos, la violencia nacionalista de los “populismos” empobrecedores de América Latina. Lula parece un populista; pero tiene la diferencia con sus aparentes pares -López Obrador, Petro, Fernández y Arce- que, durante su gobierno, redujo la pobreza, aumentó la clase media que, ahora descuidada por Bolsonaro, reclama su atención. Político realista, sabe que tiene que recobrar el terreno internacional perdido por el tema del cambio climático y el negacionismo subsiguiente de Bolsonaro, y debe reconstruir los mecanismos para controlar la violencia y darle de nuevo a los pobres, una nueva oportunidad. Tiene a su favor, el que es posiblemente su mejor activo: una enorme capacidad de negociación, fruto de su carrera sindical, las experiencias en los dos gobiernos que ejerció; y su tolerancia ante quienes lo encarcelaron. Por ello, ha blindado la alianza con los partidos de centro derecha que le permitieron ganar la segunda vuelta; y con un gabinete con figuras representativas, le ha enviado un claro mensaje a los mercados que, sin duda han reaccionado positivamente.
Quienes crean que Lula, no ha cambiado, se equivocan. Es otro. Los meses en la cárcel le han hecho madurar y evitar el riesgo de la venganza y la intolerancia. Por ello, su discurso es moderado, de centro derecha, con énfasis en la esperanza. Y, en ningún momento, ha amenazado a quienes lo llevaron a la cárcel o a los que estuvieron a punto de impedirle este tercero y último ejercicio de servicio a su país.
Estamos ante un nuevo Lula. Un político que le responde a las realidades. Que no las deforma con ideologías sancochadas. Y que, además, no confunde sus deseos con las opiniones ajenas. Tampoco cae en la intolerancia. O tampoco en el familismo, mal endémico que incrementa los obstáculos para el fortalecimiento de la democracia. Lula no es una figura autoritaria; ni menos caudillo de sombrero de ala ancha. Es un político cerebral, equilibrado e inteligente que, sabe de sus limitaciones; y que tiene la suerte de ser, el último en la cadena de decisiones por lo que en consecuencia, al final, será responsable por su gobierno. No tiene la desgracia de tener un caudillo a sus espaldas, dándole órdenes. Como otros. Él decidirá. Y nadie más.