¿A DÓNDE VAMOS?

HOY sí, un receso de la poesía. Decíamos ayer que el 2022 fue “Annus horribilis”. Se llevó a una Reina, a un Rey y a un Papa (QDDG). El término en latín, traducido al español, año horrible, fue acuñado por la reina Isabel II, en su mensaje de fin de año de 1992, para englobar la ristra de trágicos acontecimientos acaecidos –escándalos familiares y el incendio del castillo de Windsor– que golpearon la monarquía. La reina murió a sus 92 años de edad, concluyendo 70 años de reinado, el más largo período en la historia del Reino Unido. Después de varios días de convalecencia –mientras se jugaban los partidos del mundial de fútbol en Catar– de vigilias de los fanáticos en las afueras del hospital pidiendo por su salud, de varias semanas de agonía –entre episodios de recuperación y recaídas– muere, ya en los estertores del mes de diciembre, el astro del fútbol brasileño –aunque de fama sin fronteras– Edson Arantes do Nascimento, más conocido por sus épicas proezas como el Rey Pelé. Y cuando el mundo jubiloso despedía el 2022, repentinamente, en las últimas horas del 31, a sus 95 años de edad, se apaga la vela que lentamente se había ido extinguiendo, de Joseph Ratzinger, el papa emérito Benedicto XVI.

En lo particular, tuvimos que despedir a viejos colaboradores del periódico, como a entrañables amigos. Con ojos anegados y con el más inmenso de los pesares fuimos a dar el postrero adiós al eterno defensor de los derechos humanos, primero, y más adelante, a nuestro queridísimo médico de cabecera, cuya vida, a no dudarlo, fue cántaro de atesorados valores intangibles que modelan el carácter y acrisolan la templanza de hombres singulares. Ya en los umbrales de un nuevo año, retomamos la inquietud de varios afiliados al colectivo de Winston y el Sisimite que preguntan ¿a dónde vamos? Pues bien, ni el rumbo de un país ni el destino de los pueblos se definen como un juego de azar. No basta el pertrecho de buenos deseos –los parabienes intercambiados por mensajitos, acompañados de los abrazos o enviados con los regalos en tarjetas de Navidad– si paralelo a los anhelos que se tienen no existe voluntad de cambiar. No es necesario una bola de cristal para adivinar la suerte que nos depara el porvenir, ni hacia donde nos conduce la ruta que hemos tomado. “Si seguimos haciendo lo mismo, no vamos a pasar de lo mismo”. No hay tal prosperidad solo con desearla. El país está lejos, años luz de distancia, de alcanzar esa ansiada prosperidad, de la que en mucho depende la ventura individual y colectiva. ¿Qué se hace por detener ese odio propagado por redes sociales que mantiene empleitada a la familia hondureña, cuando uno y otro bando ve todo lo demás –a los que no son accionistas del club– como enemigos, no socios necesarios al desarrollo compartido y la conquista del bienestar común?

¿Qué medidas hay en cartera para desmembrar el disfuncional sistema económico y rehabilitar el aparato productivo destartalado por el colapso de los mercados y las crisis recurrentes? ¿Qué políticas han pensado implementar para hacer el país competitivo, atractivo a la inversión? ¿Qué plan se pondrá en marcha para generar empleo masivo –lo que conlleva la recuperación del sector industrial desplomado y del empresarial gravemente lastimado– y así detener esa hemorragia migratoria de compatriotas que huyen desesperados, habiendo rematado sus bienes, gastado los ahorros de toda una vida, a buscar afuera lo que en su propia tierra no tienen posibilidad de encontrar? ¿Qué revisión profunda han ideado de ese sistema educativo de tan mala calidad; poner al día los obsoletos currículos académicos; modificar la ruinosa metodología docente y de instrucción para que haya maestros que puedan enseñar y estudiantes que deseen aprender, siquiera para aspirar a los niveles competitivos que nos permitan salvar la condena tercermundista? ¿Qué hacer con esa adictiva manía al frívolo e insaciable entretenimiento, en vez de dedicar atención, tiempo y esfuerzo a lo que de veras importa? (En otras palabras –interviene el Sisimite– ¿qué conductas, actitudes, comportamientos, procederes van a cambiarse? El atraso –asiente Winston– nada tiene que ver con lo material; es un estado psicológico y mental).