Por: Gustavo Adolfo Milla Bermúdez*
Señores gobernantes: a los tres les hago estas preguntas: Xiomara, “Mel” y Redondo, si se han dado cuenta que hemos llegado a una etapa de la civilización en la que necesitamos que los objetivos de la política nacional cambien. La política nacional no puede seguir siendo lo que hace la oligarquía y los caciques conservadores, y menos lo que hace la Presidenta con su partido “socialista demócrata”, convertida en el objetivo único de apoderarse simplemente del presupuesto para regocijo y beneficio de una minoría sin conciencia.
Nosotros tenemos hombres explotados de todos los partidos, hay que cambiar esa dinámica absurda que atropella la dignidad humana. Hay que cambiarle el rumbo a esa política nefasta. Ella no puede ser las frases, ni los credos metafísicos, ni los vanos discursos de odio que son estériles para la justicia, pero eficaces para la inequidad. La política no es eso. Tenemos que luchar todos por cambiarle el objetivo, porque la política es cosa muy distinta. Es la más alta misión del hombre sobre la tierra, porque consiste en idealizar la realidad y realzar el idealismo. Es algo muy hondo, porque es el empeño altruista de los hombres por contribuir el mejoramiento colectivo, abandonando el egoísmo de las conveniencias y las propias ventajas.
La política, en esta etapa revolucionaria y evolutiva que vive el mundo, no consiste ya en la pugna por viejas tesis religiosas o políticas en un país donde todos luchamos por el futuro de nuestra patria. No consiste en los viejos odios metafísicos, ni en los hombres demagogos y trogloditas estrafalarios, ni mucho menos en esos que le llaman el “socialismo del siglo XXI”. La política hoy -a esos que quieren instalar una dictadura, les gritamos que no traten de querernos imponer lo que viven los pueblos de Venezuela, Nicaragua y la Cuba comunista. La vida de nuestro hogar, nuestra habitación, nuestro pan lo comemos en paz y oramos a nuestro Dios Jehová con nuestros hijos y demás familia. Y aún más: vivimos en democracia y libertad, es nuestra idiosincrasia.
La política de hoy no consiste solo en saber quién tiene el mejor programa para preparar técnicamente a nuestros compatriotas, sino también quien tiene capacidad vital para que esos programas no sean simples palabras, pues de palabras no queremos más, sino realidad ejecutante. Queremos la vitalidad humana, que sea capaz de llevar a la práctica programas que enarbolen a la patria. Queremos saber cuáles son los hombres intelectuales que conozcan de administración pública. Queremos hombres que puedan guiar esa nueva orientación. Hay que hacerla con temperamentos enérgicos, con posibilidades no nefastas, con hombres organizadores y capaces. Esa política no puede hacerse con políticos sátrapas y apátridas que tienen sobre el país un criterio diferente y querer esclavizar al pueblo con su ideología del materialismo dialéctico del “socialismo demócrata”, utópico y nefasto.
La revolución es precisamente la desaparición del desorden, de la corrupción y la impunidad. ¿Para qué andan haciendo tanta algarata por tener la Cicih, pretendiendo engañar a las Naciones Unidas? No es la forma, es su contenido, es para quien la entiende en su sentido constructivo. ¿Es nada menos beneficio para el país? Así entendemos con diferentes conceptos y distintos hombres, pero sobre todo con nociones distintas sobre los derechos y deberes del trabajo humano. Que la lealtad a la patria y la honradez sea el paraíso de los que dicen que nos gobiernan.
El pueblo se pregunta: ¿Cómo podemos hacer que el cáncer de la corrupción desaparezca? Este país ha sido saqueado por dictadores de derecha e izquierda. Qué desgracia ha llegado y ha parido esta clase de alimañas, peor que el coronavirus y la viruela del mono.
*Lic. en Economía Política
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