DESDE tiempos inmemoriales las tribus humanas aprendieron a manipular el fuego, y percibieron que con aquello podían alejar las fieras, calentar sus cuerpos en las noches frías, cocinar los alimentos y agruparse en los atardeceres a transmitir, oralmente, sus experiencias diarias a las nuevas generaciones. Hacían las pequeñas fogatas en terrenos baldíos y en el borde de las cuevas que habitaban. De hecho la palabra hogar es una derivación latina de “focaris”, fenómeno relacionado con el fuego controlado en lugares habitables.
Aquella costumbre milenaria se conservó incluso en épocas recientes, pues en las casas de las ciudades y de los campos se habían construido patios y corredores en donde poder reunir a la familia y a los amigos en torno de un fogón de barro para hornear el pan; o en torno de una fogata improvisada con leños y ocotes. Las personas de distintas edades, solían agruparse alrededor del fogón, a relatar leyendas y tradiciones populares, a veces con tono exagerado, con el objeto principal de “hacer más llevadera la vida” y, al mismo tiempo, cohesionar los lazos familiares y comunitarios.
Los niños eran los más atentos y receptivos con los relatos de los adultos y especialmente de los ancianos. Ahí aprendían las cosas elementales que podrían ser utilizadas en las escuelas, en sus relaciones interpersonales e incluso en la cruda realidad cotidiana. Las civilizaciones emergentes que aparecieron unos diez mil años aproximados hacia atrás, jamás abandonaron la costumbre antropológica de reunirse al caer el crepúsculo en torno de la fogata familiar, por las razones y motivos antes expuestos. Pero incluso en las sociedades modernas más sofisticadas, aquellas reuniones fueron trasladadas a una sala acogedora con el fin de conversar o de leer en voz alta las novelas por entregas, los poemas más conocidos y las páginas editoriales de los periódicos. Esta costumbre de leer en voz alta dentro del hogar, pareciera haberse perdido por siempre. Es más, habría que indagar si acaso en las escuelas y colegios todavía logran leer en voz alta, en el remoto caso que los profesores y alumnos hayan heredado las prácticas constructivas del pasado académico y autodidáctico.
El fuego natural siempre existió, producido por los rayos y por las erupciones volcánicas. Pero hubo un momento prehistórico, hace veintenas de miles de años, en que los hombres y mujeres “descubrieron el fuego”. Es decir, le perdieron el miedo al fuego y lograron manipularlo con propósitos productivos y de sobrevivencia. En determinado momento se afirmó, que el descubrimiento del fuego fue tan importante como la invención de la rueda y la amalgama de los metales. Ahora se podría reforzar ese predicamento en que el manejo originario del fuego es equivalente a la generación y manipulación actual de las redes de energía eléctrica, la cual resulta vital en las sociedades contemporáneas. Sin energía eléctrica se paraliza todo y se le infieren enormes daños a las economías de los países de que se trate. Por tal razón el uso simultáneo de la energía eléctrica y del agua potable se ha convertido en una especie de derecho humano que está por escribirse y legislarse. Sin luz y sin agua potable, sociedades modernas podrían colapsar en forma real y concreta.
Cuando hablamos de la fogata lo traducimos como sinónimo de hogar. No se trata de ninguna manera de los incendios forestales que tanto daño provocan en los países tropicales o próximos al trópico. Lo decimos con la fuerza psicológica positiva que simboliza una pequeña lumbre en la lejanía de un pueblo hundido en medio de las montañas indomables. O un bombillo eléctrico en una calle desolada. Ambos fenómenos sugieren posibilidades de esperanza, civilización y desarrollo. No han pasado cinco décadas cuando los muchachos de ambos sexos se reunían, todavía, debajo de los focos del alumbrado público a estudiar en épocas de exámenes. Porque el fogón y el bombillo, significan también un símbolo comunitario de fraternidad humana.