FUE tanta y tan sentida la respuesta del colectivo de Winston y el Sisimite –como de tantos otros que lo recibieron, al editorial de Acción de Gracias, contentivo de un Podcast con audio de voz, fondo instrumental e imágenes– testimonio de la latente ansiedad de redimir preciados bienes irremplazables que tanta falta hacen. Ello es, que muchos añoran el valor de viejas costumbres, y que su olvido –por la frivolidad de los días, la superficialidad que respira la sociedad líquida de ahora, el deterioro de la fibra espiritual deshilachada por lo mundano, la veleidad de conductas, como ejemplo, la odiosidad propagada en redes sociales, la permuta de lo que debiese importar (como la lectura que cultiva, educa, forma) a cambio del disfrute insaciable de distracción– niegan la anhelada felicidad interna. El mensaje transmitido –más que un discurso, una oración– tuvo reverberación. Su intención fue compartir con muchos hondureños, frases de acompañamiento a un evento que se ha tomado prestado de una tradición ajena como cosa propia, cuando aquí ya hay hechos, historia y motivos de que asirnos para celebrar nuestro propio día de acción de gracias.
Sin embargo, es encomiable cualquiera que sea el pretexto de compartir en familia –sin usar, por instantes siquiera, los chunches adictivos de zombis robotizados– para platicar amenamente, con atención, viéndose las caras, no como desconocidos socializando en chats, pretendiendo conocerse, solo que sin uso de palabras sino mandando pichingos. Y sí, ya sabemos, algunos lectores dirán: demasiado necea con ese mismo tema. Que a eso hay que acostumbrarse, como parte del proceso evolutivo; tomarlo como un hecho, aceptarlo como lo que es, resignado el mundo a que no haya remedio. Pero la realidad de las cosas es que ese es el factor de descomposición más perverso que experimenta la actual generación. Y la insensibilidad –escondiéndose de lo que daña en vez de encararlo, pensando que con cerrar los ojos desaparecerá solito, o que sea responsabilidad de otros solucionarlo– cada vez nos empuja más, a estrepitosa velocidad al pronunciado declive. Algunas reacciones: “Leer su editorial cada mañana es motivo de inspiración para quienes buscamos enfrentar los retos que tiene nuestra amada Honduras”. “Pero en esta ocasión, el escuchar su voz con la entonación que enriquece el escrito y que uno solo puede imaginar, es un regalo precioso”. Un cumplido de una lectora amiga: “Como se siente escuchar su voz presidente, como tranquiliza escuchar su voz; tal vez sea esta hora de silencio en la mañana, o tal vez sea sequía de talento; tal vez sea la falta de mensajes de paz, la falta de voces de aliento, la falta de reconocimiento del valor que un corazón agradecido encierra, o la mezcla de todo, lo que hizo que su voz cayera en nuestro interior como agua a un sediento”. “Gracias por compartirlo, por el tiempo que se tomó para darnos este momentito de paz interior, por concedernos el doble deleite de leerlo y escucharlo, y por obligarnos a pausar el tiempo y, con corazón agradecido, recordar que todo cuanto somos es por gracia de Dios”.
Otra lectora: “En mis peores momentos la alabanza y gratitud a Dios me confortaron y me llenaron de esperanza”. Otra contribución: “Ahora el ver y escucharlo narrar su oración por este país y por todos nosotros, solamente le puedo decir que lloré mucho, mucho lloro, le escribo y estoy llorando, porque tocó lo más profundo de lo que estamos viviendo”. Una última: “Me ha impactado de manera positiva el podcast y el video”. “Nos hemos transportado 24 años atrás al escuchar su voz con una pieza tan vigente el día de hoy como lo fue ayer”. “Magistral discurso en ese entonces y recordarlo de viva voz suya hoy lo convierte en una innovación digna del más elevado reconocimiento; no solamente por el esfuerzo y diferenciación en un medio escrito, sino por la huella que está dejando y ese legado inmenso que debe servir para la construcción de una mejor Patria y mejores ciudadanos”. “Esa odiosidad de los pobres de sentimientos y de corazones duros tiene al país en lo más hondo de la pandemia de la indiferencia, insensibilidad, división, venganza y el odio”. (“Vivimos en forma rápida –el Sisimite escuchó decir al educador judío polaco– descuidada, superficial y chapucera”).