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Nery Alexis Gaitán
Angustias, preocupaciones, prisas, sufrimientos de todo tipo embargan a las personas en su cotidianidad. Cada día se enfrentan a una vida llena de insatisfacciones que los sumergen en la amargura y el desencanto. El panorama diario no es nada halagador; y por doquier aparecen todo tipo de problemas.
Las autoridades que gobiernan, en vez de solucionar los graves problemas sociales, más bien los agravan. Su accionar deshonesto ha hecho de la corrupción su sistema de vida.
Las personas sufren constantemente por todo. Tienen un trabajo que no les satisface y en el cual se sienten desdichadas; entablan indebidas relaciones amorosas; eternos conflictos familiares no les dan un momento de paz. La mayoría de sus actos tienden al conflicto, al enojo, al odio.
Por otra parte han cimentado el bienestar de su vida solo en los bienes terrenales. La búsqueda de las complacencias que otorga el dinero, es decir, el goce efímero de las veleidades del mundo, es su único interés, su finalidad en la existencia. De ahí el origen del tormento que agobia a esta humanidad. Los bienes del espíritu, rechazados en la vida moderna, ya no son una prioridad, tal como debería ser.
Volver a retomar los valores eternos que dignifican la vida es una urgencia. No todo se ha perdido; en los corazones de hombres y mujeres de bien la esperanza está radiando por la edificación de un mundo donde impere la hermandad. Estas reflexiones nos enseñan que todavía es posible modificar nuestra conducta y fundirnos con la divinidad, que es el mayor tesoro.
Constantemente las personas reniegan por la calidad de vida que tienen. Los lamentos son su oración cotidiana; las frustraciones su menú constante. Ante toda circunstancia afloran sus rencores, orgullos, vanidades; la ira los manipula como si fuesen títeres.
Andan tan enamorados de sí mismos, con un amor propio desmedido, que se han convertido en verdaderos portentos de soberbia y ambición. Solo viven para satisfacer sus pasiones, sus deseos egoístas; solo les importa obtener bienes para vivir holgadamente, aunque causen daño y dolor a los demás.
Trabajar sobre nosotros mismos, para eliminar una conducta impropia, es una necesidad apremiante. Es la única forma de modificar radicalmente la calidad humana y, por ende, la vida que enfrentamos día a día. Así eliminaremos el sufrimiento y haremos posible la felicidad.
Pareciera ser que la conflagración en todos los aspectos de la vida es la norma en la actualidad. El planeta Tierra está viviendo procesos relacionados con la mecánica celeste y ha entrado en una nueva era. Es obvio que el planeta es un ser viviente, y como tal, responde a las leyes de la vida, que están determinadas por una mano superior que gobierna todo lo que es y existe.
En estos momentos los procesos planetarios han desembocado en una ola de inestabilidad provocando desastres como tsunamis, terremotos, inundaciones, sequías, entre otros males; parece que la naturaleza se ha rebelado y, al estar herida, es su forma de responder a la destrucción inmisericorde que el hombre, en su ambición, le ha ocasionado. La vida apacible, en armonía con la naturaleza, ya no es posible. Estamos viviendo en un planeta caótico, altamente contaminado por la mano de los inconscientes y malvados.
Las sociedades que el hombre ha creado, para establecer una convivencia en paz y armonía, han fracasado rotundamente. En vez de construir el bienestar y la felicidad, el hombre se ha dedicado a la guerra y la maldad en todas sus formas; la historia de la humanidad es la historia de la guerra. Aunque se ha avanzado prodigiosamente en tecnología y la modernidad ha traído comodidades en el vivir cotidiano, lo cierto es que el hombre sigue siendo el mismo salvaje que existió en el amanecer de la historia humana.