Recuerdos y más recuerdos sobre las ciudades gemelas

Por: Mario Hernán Ramírez*

Aquí recordamos los automóviles de la época cuando Tegucigalpa comenzó a llenarse de estas máquinas, por lo que hubo que comenzar por organizar la Policía de Tránsito, cuyos agentes se colocaban en las esquinas de la ciudad protegidos del sol y de la lluvia con unos paraguas de gran tamaño que obsequiaba la empresa Coca Cola, así prestaban ellos este servicio a la comunidad. La General Motors Co., enviaba desde Inglaterra y Estados Unidos los lujosos Cadillac, pero también distribuían los Buick, Pontiac, Chevrolet y los camiones GMC; por su parte, la HIASA-Honduras Importadora de Automóviles S.A., traía los no menos lujosos Lincoln, Mercury, Ford y sus famosos camiones y autobuses de la misma marca; asimismo por las calles de Tegucigalpa se deslizaban lujosamente los Packard que distribuía la Empresa Álvarez; las camionetas Willys y los Jeep de los hacendados eran comercializados por la firma Walters Brother´s; en ese tiempo también aparecieron unos carros en forma de avión conocidos con el nombre de Studybecker, de igual forma rodaban por las calles de autos de la marca Chrysler, Mustang y otras con membretes europeas y norteamericanas.

No fue sino después de la II Guerra Mundial cuando Estados Unidos principal fabricante de automóviles para el mundo le concedió patentes y privilegios al gobierno japonés en desagravio por el desastre de Hiroshima y Nagasaki, por lo que los japoneses con esa inteligencia excepcional de que han sido dotados comenzaron la fabricación de modernos automóviles e inundando al mundo de Toyota y Mitsubishi. Alemania por su parte lanzó los famosos Volkswagen y el Mercedes Benz.

En Tegucigalpa y por supuesto Comayagüela nuestra dulce, heroica y señorial, cuna de los grandes poetas que ha parido Honduras, también circulaba el automóvil marca olds móvil, pero era el período en el que aún se observaban las carretas haladas por dos bueyes, las que además de leña cargaban arena y hasta los chunches de las casas de la gente pobre de un lugar a otro. Los campesinos montaban burros, machos y otras bestias de carga en las que vendían leche proveniente de las haciendas de los alrededores de la ciudad; en fin, era muy lindo ver desfilar a nuestras “inditas” descalzas con fustanes largos, llegar a la ciudad desde las aldeas La Cuesta, Soroguara y otras cercanas vendiendo cuajada fresca y mantequilla rala en guacalitos de jícaro a diez centavos la porción.

En los bajos del Puente Carías funcionaba el rastro municipal o matadero, hoy Procesadora de Carnes, lugar hasta el que desde las cuatro de la madrugada que comenzaba el destace hacían fila los bolitos de aquella época para beber sangre de las reses que sacrificaban, porque decían que aquello les devolvía fuerza y vigor para continuar la parranda. Ese edificio donde posteriormente sirvió de colegio y después desapareció misteriosamente. Muy cerca del lugar mencionado se encontraba el parque Colón con una enorme estatua en lujoso pedestal del audaz navegante descubridor de América y el parque rodeado de árboles de eucalipto, el que poco a poco fue invadido, primero por los borrachitos y enseguida por los vendedores ambulantes; a medida la ciudad crecía se llenó de achines con ventas de toda clase, hasta llenar la zona de mercados con el San Isidro que es el más emblemático porque su construcción data de mil ochocientos y algo, mismo que ha sido víctima del fuego en tres o cuatro oportunidades durante su existencia, el Lagos Galindo, Las Américas, Álvarez y otros que hicieron del comercio informal su principal fuente de trabajo, hasta tomarse de lleno la primera calle de Comayagüela que del puente Mallol conduce al Cementerio General, cubriendo también algunas avenidas, especialmente la 5ta. y la 6ta., arterias viales que hoy son hervidero de gente vendiendo y comprando todo lo que se ofrece.

Esa es la Comayagüela de los alegres años “XX” de que nos habla el licenciado y escritor profesor Santos Juárez Fiallos, al que le agregamos nosotros los treinta, cuarenta y cincuenta que comprenden nuestra infancia, adolescencia y juventud.

Aquí hacemos énfasis en que personajes de la categoría de Guadalupe Ferrari de Hartling, dicho sea de paso, esposa del autor de la música de nuestro Himno Nacional; Marco Antonio Rosa el “Tío Margarito”, Daniel Laínez y más acá en el tiempo Raúl Lanza Valeriano, Eliseo Pérez Cadalso, Víctor Cáceres Lara, José Reina Valenzuela, Óscar A. Flores, Antonio Ochoa Alcántara, Armando Cerrato Valenzuela, Alonso Brito y honorables mujeres como Elvia Castañeda de Machado, Irma Leticia Silva de Oyuela, Carmen Fiallos Tábora, Aída y Cristina Castañeda; Adylia Zavala, Carolina Alduvín, Ivonne Tábora, Blanca Moreno, Elsa Ramírez y otras de ejemplar talento han enriquecido con sus obras el folclore, la tradición, la cultura, las artes y la literatura en términos generales de nuestro país.