Alianzas y partidos políticos

Por: Rafael Jerez Moreno

Tener una silla en la mesa de negociación es sinónimo de vigencia política. ¿Quiénes tienen la posibilidad de estar en las sillas? Las cuotas de poder vienen determinadas por diferentes factores. Cuando el Partido Libertad y Refundación (Libre) y el Partido Salvador de Honduras (PSH) suscribieron la alianza que condujo a que Salvador Nasralla se integrara a la fórmula presidencial de Xiomara Castro, el momentum creció, pero ya había un descontento hacia el Partido Nacional y Juan Orlando Hernández que movilizó miles de personas a respaldar a esa fórmula presidencial. ¿El gran ganador? El Partido Libre.

Desde que la fórmula presidencial se integró bajo la idea de una alianza por medio del Partido Libre, a nivel institucional, el PSH quedó relegado, aun y cuando tenía candidaturas en los niveles legislativos y municipales. Las circunstancias que rodearon la instalación de la junta directiva del Congreso Nacional y las primeras decisiones que tomó Xiomara Castro al integrar la estructura orgánica del Poder Ejecutivo marcarían la pauta de cómo se desenvolvería el debilitamiento de la relación que quedaba con el PSH. Una relación de disparidad. Por una parte, la naturaleza del cargo que asumió Salvador Nasralla le limitaría políticamente, tal y como ocurrió con el designado presidencial anterior. Por otro, el no tener una visión de partido político afianzada impediría que las reconocidas figuras que representarían al PSH en el Poder Legislativo consolidaran progresivamente una agenda parlamentaria que les distinguiera del resto de partidos políticos.

A partir de la integración orgánica del Poder Ejecutivo, la familiarización del poder trajo consigo la sobreposición de la agenda partidaria de Libre en la administración pública. Al Partido Libre no se le puede culpar de actuar como uno de los partidos mayoritarios, porque su accionar sencillamente es un reflejo de la cultura política hegemónica. Lo que quizás sus liderazgos no han avizorado son las consecuencias que eso traerá en un futuro, porque en Honduras ya no se pueden ganar elecciones por sí solos, ni tampoco gobernar así. Desde las elecciones generales de 2017 los partidos políticos iniciaron la competencia electoral con base en alianzas políticas. Eso no se detendrá ahora que un partido que era opositor asumiera el poder. Todo lo contrario, organizaciones tradicionales como el Partido Nacional y el Partido Liberal, han perdido terreno pero no fuerza, sus resultados en los niveles legislativos y municipales lo confirman. También, estas dos son instituciones que han demostrado no tener problemas en alcanzar acuerdos que faciliten su supervivencia y hegemonía.

El descontento de muchos ciudadanos con el actual gobierno se deriva de una responsabilidad compartida del legado que dejó el Partido Nacional, algunas decisiones que han tomado en los casi diez meses que acumula la administración de Castro y otros elementos que no necesariamente están bajo el control de las autoridades nacionales. Ello implica que el gobierno necesita aliados que trasciendan sus fronteras partidarias, porque con el actual esquema, sus logros serán propios, pero sus fracasos también. El PSH debe aprender a ver el bosque y no solo un árbol. El Partido Libre ha dejado suficientemente claro que no quiere su participación en la toma de decisiones para gobernar. Además de ser una ruptura de la alianza que llevó al actual gobierno a ser una realidad, también es una oportunidad para el PSH de construir un proyecto político propio con miras a futuros procesos electorales en los que muchos ciudadanos buscarán alternativas, no solo al oficialismo que representó el Partido Nacional y el Partido Liberal, también al actual, que aunque muchos no lo han querido asumir, también ya dejó de ser oposición.

Twitter: @RafaJerezHn