ESTAS agudas crisis económicas, la desesperación de gente que no recibe respuesta inmediata a su angustiosa mala situación, están botando gobiernos en todas partes del mundo. Decíamos que los afligidos votantes oscilan de un extremo al otro; aunque curioso. El péndulo pasa de paso, sin detenerse en opciones centristas y moderadas. Posiblemente por hartazgo a la mesura cuando la impaciencia demanda soluciones más radicales. Así que –sopesando los riesgos del extremismo– no deja de ser una suerte –en pocos y contados países– contar con las versiones moderadas. Lo que sucede es que, de momento, el extremismo –salvo contadas excepciones– está en boga. Se ha convertido en desagüe de la desesperación. Digamos, si gobiernos de ultra derecha fracasan, la gente agarra hacia la extrema izquierda y viceversa. El fundamentalismo de populistas pareciera cautivar la urgente ansiedad de las frustraciones. (Ello es donde los votantes tienen salida democrática a su desilusión, no donde los que se encumbran eternizan. Las autocracias, como moderna versión de las monarquías imperiales, se las ingenian –aunque el país esté en la ruina– para perpetuarse. Aparte de algunos pueblos de habla hispana, los rusos, los chinos, los norcoreanos, entre otros, no sueltan el poder).
Vean los casos latinoamericanos, como muestra de lo que estamos diciendo. Incluso lo sorprendente, hasta increíble, que casi da al traste –cuando la toma de Capitolio pretextando un fraude electoral inexistente– con el sistema democrático por excelencia. Ni más ni menos que allá donde la icónica señora aquella todavía empuña –como símbolo de bienvenida a inmigrantes– la incandescente antorcha de la libertad. Y en el viejo continente no solo los italianos no encuentran chunche que les acomode. Recién probaron el radicalismo siniestro de las cinco estrellas, para desencantarse en menos de un año y ahora probar con el ultraderechista Hermanos de Italia. Pero la tentación de rápido deshacerse de los gobiernos es contagiosa. El Brexit del Reino Unido –ahora en un contexto más complicado ya que la salida de la mancomunidad no produjo a los ingleses los beneficios esperados– ha cobrado la cabeza de varios primeros ministros. Acaban de quitar a uno y el reemplazo no duró ni los 100 días. El caos no se resuelve, se profundiza. Si las elecciones fueran hoy el Partido Laborista aventaja a los Tories por un margen de 30 puntos de diferencia. Pero los conservadores, lastimados en su imagen y en su caudal electoral, no piensan soltar el poder. La democracia parlamentaria permite la escogencia de un nuevo lider entre los conservadores, y si obtiene la mayoría en la Cámara de los Comunes, tiene el derecho constitucional de servir como primer ministro hasta que se lleven a cabo las próximas elecciones generales.
La oposición política sabe que gana las elecciones que los conservadores van a hacer todo cuanto esté a su alcance por no convocar ahora. La incógnita es quién de ellos logra la sucesión, sin someter al partido, herido en su reputación, a mayor daño de división. Esta última primer ministro, rompe un récord, ha sido la que menos tiempo ha durado en el 10 Downing Street. Cayó presionada por los varones del partido cuando su polémico programa económico –pese a haber reculado al anular varias medidas anunciadas– y el trauma derivado de renuncias en el gabinete, causó desconcierto en los mercados financieros y el hundimiento de la libra esterlina a niveles no vistos en 37 años frente al dólar. Lo grave es que la estabilidad política que gozó el Reino Unido durante muchas décadas, ahora pareciera ser cosa del pasado. (Así que –si uno no resulta hay que probar con el otro– no hay que dejarse vencer por la desesperanza. “Después de todo –recuerda el Sisimite lo que decía Scarlett O´Hara en “Lo que el Viento se Llevó”– mañana será otro día”).