Solicitando ayuda en las calles

Guillermo Fiallos A.

Por las diferentes arterias viales de la desmejorada Tegucigalpa se nota, cada vez más, el aumento de gente con rótulos humildes y artesanales solicitando ayuda para subsistir.
Quizá, la única ventaja del incremento acelerado, día a día, de las caries en las calles y avenidas de la ciudad, es que obligan a los conductores a ir más despacio y pensar así, en esas decenas de personas que, en improvisados carteles, piden unas monedas o lempiras pues no tienen que comer.
Debido a las lluvias, las miles de caries asfálticas que pululan en la capital, se han agrandado y convertido en boquetes, que son el dolor de cabeza y fuente de enojo e ira de los conductores; sin embargo, ello ha permitido una mayor “visibilización” de esta pobre gente que, se puede decir, son el producto de cuatro desgracias diferentes.

El primer grupo, está constituido por esas personas que desde hace años piden ya sea por necesidad, o niños quienes son obligados a clamar por la buena voluntad de aquellos que se conducen en vehículos.
Un segundo conjunto, es el de los afectados por la pandemia, quienes todavía no encuentran fuentes de trabajo y andan deambulando, por calles y avenidas, para agenciarse unos centavos y comer algo durante el día.
El tercer elemento, lo forman los afectados por los huracanes Eta e Iota, para quienes todavía no se han disipado las nubes tormentosas que los dejaron en la pobreza.

Y, por último, un grupo que es relativamente nuevo en la ciudad y es de emigrantes, quienes utilizan el territorio nacional como un punto más en su travesía. En el cruce entre la colonia Miraflores y el bulevar Centroamérica, se pueden observar jóvenes demacrados -seguramente por el sufrimiento del trayecto-, quienes escriben que son venezolanos y que no tienen cómo subsistir.

Todos estos seres humanos son dignos de compasión y de que aportemos unos lempiras, para mitigar su dolor del cuerpo y su devastación en el alma. Dentro de todos ellos, generan una especial tristeza en quienes hemos sentido su angustia, aquellos que vienen de tierras lejanas y han dejado sus naciones por hambre, persecución o búsqueda de una vida mejor.

Cuando vemos los rostros de esos muchachos y adultos venezolanos, nicaragüenses y haitianos; no podemos dejar de pensar en los hondureños que emigran hacia el norte, sorteando una infinidad de peligros y peripecias para lograr llegar a su destino. Algunos no lo consiguen y su existencia ha quedado en el olvido de los silbidos del viento, o en la soledad discriminatoria de los indiferentes.

¡Cuánto sufrimiento en esta sufrida gente que emigra y que arriba a naciones desconocidas y culturas diferentes! Lo más doloroso de esta tragedia es que aquí en Honduras, a muchos de ellos, no se les ha tratado bien pues se les ha estafado apenas cruzan la frontera. Han sido víctimas desde autoridades que deben velar por los demás, hasta de civiles inescrupulosos y crueles.

¿Cómo es posible que hondureños dañen a extranjeros indefensos, cuando exigimos, a viva voz, que se respeten los derechos de nuestros compatriotas en suelos foráneos? Parece que algunos no tienen conciencia y su nivel de maldad y búsqueda ilícita de ganancias monetarias, les hace sumergirse en las partes más oscuras y turbias de su yo interior.

Y mientras las injusticias y los malos tratos continúan, las calles y bulevares de Tegucigalpa, siguen reflejando como un espejo, el calvario de aquellos para quienes la vida no ha sido complaciente con sus deseos.
Este es un llamado a todos los hondureños, para que si no le queremos hacer un bien a los emigrantes que deambulan por las calles y carreteras del país; tampoco, les hagamos un mal.

Ellos son personas que tienen la misma dignidad que nosotros y seres humanos que buscan comprensión y auxilio. Están en tránsito por aquí por necesidad, y no porque así lo deseen.
Recordemos: nadie está exento de ser algún día emigrante y enfrentarse al temor de circular por rumbos desconocidos.