“COMO ANILLO AL DEDO”

MORALEJA del editorial de ayer. Cae como anillo al dedo –a esta clase de gente– la vieja frase, supuestamente acuñada por Lenin, que “cuando se licitara la compra de la soga para colgar capitalistas, ellos se iban a pelear por venderla”. Un empresario amigo, fundador del “colectivo de Winston y el Sisimite” escribe: “Fuerte el editorial de hoy; se terminó el renacimiento literario, del arte y la poesía”. Pues no, también ese destella literatura. Si nos remontamos al año 1862 cuando Víctor Hugo publicó su novela histórica “Los Miserables”, enmarcada en la restauración de la monarquía francesa en la primera mitad del siglo XIX, el autor explora los recónditos enigmas “del bien, el mal, la justicia y la fe”. Así que, como en todo sector de la sociedad, hay buenos, justos y creyentes, también hay malos. En la última categoría caen los referidos empresarios “cuenta centavos”; en gran parte responsables de la mala imagen que sufre el gremio. Esa percepción –a veces injusta– que se ha forjado dentro del imaginario colectivo, es atribuible al miserable proceder en la conducción de sus relaciones y de sus negocios.

Nos detenemos aquí para hacer la salvedad de las honrosas excepciones. Hay dos tipos de empresarios. Están –entre ellos, buenos amigos– emprendedores visionarios que cuidan no solo el negocio de comprar, vender, fabricar, o prestar un servicio, sino de su imagen institucional. Los hay altruistas y de sensibilidad social. Y están los miserables. Los mezquinos “cuenta centavos” de la misma cofradía de transnacionales miopes que solo vienen a explotar el mercado local sin ningún aprecio al país anfitrión y sin intención alguna de aproximarse a las necesidades de su gente. Pero, además, incapaces de defender sus propios intereses, queriendo que voces ajenas los defiendan. Aquí en esta columna de opinión –por principio de convicción– repetidamente hemos abogado por la causa de la iniciativa privada y del sinnúmero de trabas a la producción nacional que conspiran contra las oportunidades de trabajo y la generación de empleo; todo lo cual induce al éxodo masivo de compatriotas; la necesidad de alicientes para levantar empresas colapsadas atribuible al desplome de los mercados en la pandemia; la falta de apoyo a lo elaborado en Honduras; mientras los directamente interesados guardan silencio. Pero más aún. Mientras algunos voceros empresariales no dijeron ni pío, huraños a los foros de opinión, aquí explicamos — en varios editoriales, y en un zoom con el nuevo director del FMI– que, si bien hay uso indebido y abuso de las franquicias, el verdadero problema es el enmarañado arancel. Que tasa injustamente maquinaria, materias primas e insumos que se importan para la manufactura de marcas nacionales, mientras exime del impuesto de introducción el producto terminado con el que empresas de afuera explotan el mercado local. Eso equivale a castigar lo hecho en casa, en detrimento de empresas y de trabajadores hondureños, premiando el lucro de empresas del exterior y subsidiando a sus trabajadores.

Las dispensas –no son regalo ni sacrificio fiscal– son el instrumento utilizado para quitar lo mal puesto. ¿Quieren eliminarlas? Pues examinen y arreglen primero el pecado original de la criatura; el berenjenal de ese arbitrario y contradictorio arancel. Y piensen qué hacer con el TLC que introdujo mayor estropicio al mercado. Allí sí hay sacrificio fiscal porque el país importa libre, al amparo de listados privilegiados, onerosos artículos innecesarios, con que alimentar el apetito de un consumo dispendioso. Lo anterior se dice con toda la solvencia moral del mundo. Bastan, dentro de otras muchas, estas pocas referencias: ¿Qué hubiese sido de la industria maquiladora y de los miles de trabajadores que emplea si durante nuestra gestión no se obtiene la ampliación de los beneficios de la Cuenca del Caribe garantizando el libre ingreso de lo que venden al gran mercado norteamericano? ¿Qué hubiese sucedido con la economía de aquel entonces si no conseguimos el perdón de la deuda, que liberó el país de pagar a los bancos internacionales, solo en intereses, una cuarta parte de los ingresos fiscales? ¿De dónde hubiesen sacado recursos frescos todas las administraciones que sucedieron si el país no hubiese quedado, fruto de la condonación, en capacidad de volver a adquirir préstamos concesionales? ¿A qué nivel impensable no hubiese devaluado el lempira –y qué deterioro mayor no hubiesen sufrido los mercados sin el circulante y el ingreso a ciento de miles de hogares– si no obtenemos el TPS y la moratoria a deportaciones que incrementaron exponencialmente el monto de las remesas familiares? (Pues, después de leer esto, respinga Winston, esa estirpe de los “cuenta centavos” no solo es ruin sino mal agradecida”).