Por: Carolina Alduvín
No es la primera vez que este cotizado galardón en la rama de Medicina o Fisiología lo recibe un biólogo, entre 1933 y 2012, se otorgó a más de veinte individuos o equipos por estudios en genética. Hoy lo gana el paleo genetista sueco Svante Pääbo, director del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva en Leipzig, Alemania, por sus estudios en genomas de neandertales, ancestros de los humanos modernos. También en otros ancestros previamente desconocidos, los denisovanos, a partir de un pequeño hueso de dedo de niño. Encontró evidencia de que hubo intercambio de genes entre ambos grupos homínidos ya extintos y de ellos al Homo sapiens, hace cerca de 70 mil años. Tal flujo genético es fisiológicamente relevante para los humanos de hoy, al haber afectado la forma en que nuestro sistema inmune reacciona a las infecciones.
A finales de 1987, el biólogo James Watson, Premio Nobel 1962 por haber descubierto la estructura y mecanismo de replicación del ADN, propuso al mundo el gran Proyecto del Genoma Humano, en vista de los rápidos avances en los métodos para secuenciar la molécula maestra de la vida, hazaña completada a principios de este siglo, acompañada de la generación masiva de bases de datos genómicos para casi la totalidad de especies que habitan el planeta, herramienta que ha allanado el camino a quienes trazan las líneas evolutivas en todos los grupos de organismos. Especialmente para quienes siguen en busca del denominado eslabón perdido.
El ADN extraído de ambos grupos de ancestros, sirvió para trazar el panorama sobre la forma en que estas poblaciones ancestrales se mezclaron y así decodificar todas las interconexiones entre las ramas de los humanos modernos, neandertales y una línea de denisovanos, siendo lo más sorprendente que: portamos una gran cantidad de material hereditario Neandertal. Permitió reconstruir la historia en una cueva de las montañas Altai del sur de Siberia, donde se encontró en 2010 a la primera denisovana, a quien llamaremos Denise y vivió entre 32 y 50 mil años atrás, tenía piel oscura, ojos y cabello café. Su genoma contenía algunas secuencias de ADN neandertal, un claro signo de mezcla de genomas.
Otros cuantos denisovanos emergieron de una colección de dos mil y tantos fragmentos óseos encontrados en la cueva. Existe evidencia de denisovanos en esa sola cueva, pero la abundancia de huesos indica que los neandertales vagabundearon por Eurasia occidental. Los genomas de humanos modernos reemplazaron a los de ambas subespecies hace unos 40 mil años, con algún remanente de ADN Neandertal en algunos genomas europeos y ADN denisovano en las islas del norte de la Melanesia y de Papua Nueva Guinea. Los genomas de los aborígenes australianos, portan secuencias tanto de neandertales como de denisovanos.
La comparación de genes y genomas llena los vacíos que dejan otros tipos de evidencia más tradicional. Así se puede estimar en retrospectiva las diferencias entre secuencias de ADN, utilizando como reloj molecular la velocidad a la que ocurren mutaciones, lo que revela que ambos grupos divergieron de su ancestro común hace unos 390 mil años. El ADN mitocondrial de Denise es neandertal, por tanto, heredado de la madre. El grosor del fragmento óseo indica que tenía al menos 13 años cuando falleció. Encontró que 38.6% de los fragmentos de ADN son de neandertal y 42.3% de un denisovano. La explicación más consistente con las secuencias compartidas, cercanas al 50% es que la madre fue neandertal y el padre denisovano.
El genoma de la adolescente también porta al menos 5 secuencias grandes, idénticas en ambos cromosomas de un par que son completamente neandertales. O sea, el padre mismo portaba algo de ADN neandertal también, lo que sugiere que el ADN neandertal entró al linaje varias veces, hace unas 300 a 600 generaciones. En pocas palabras, hubo muchos entrecruces entonces. Y esos individuos, entre quienes los antropólogos hacen tantas divergencias y clasificaciones, lucían y olían lo suficientemente parecidos como para engendrar descendencia fértil; o sea, pertenecieron a la misma especie. Los neandertales pueden haber sobrevivido hasta tiempos más recientes que los denisovanos, pero entre ellos no hubo mayores diferencias que las que hoy percibimos entre las denominadas razas, que nunca han tenido base en la biología humana. La ruta detectada por Pääbo, recrea nuestra evolución y diluye la noción del “otro”.