FUIMOS postergando el tema alusivo a ciertos sectores infelices –obviamente que haciendo salvedad de las honrosas excepciones– para complacer al colectivo de Winston y el Sisimite con escritos más del alma, del espíritu y de la vida, en época como la actual que, más que cualquier otra cosa, la sociedad, asediada por las crisis recurrentes y las carencias, requiere de bálsamos espirituales y de terapia. Sin embargo, no hay que soltar la rienda de esos males que le frustran a Honduras la posibilidad de salir del oscuro hoyo en que cayó. Decíamos ayer. Esa y no otra –que voces prestadas no las propias cuiden de sus intereses– ha sido la mentalidad de muchos que esperan que otros digan por ellos lo que no se atreven a decir. Y por supuesto, en esta columna de opinión con frecuencia, eso se hace. Y de ejemplo dimos la infinidad de veces que hemos defendido la causa de la iniciativa privada y del sinnúmero de trabas a la producción nacional que conspiran contra las oportunidades de trabajo y la generación de empleo; todo lo cual induce al éxodo masivo de compatriotas; la necesidad de alicientes para levantar empresas colapsadas atribuible al desplome de los mercados en la pandemia; la falta de apoyo a lo hecho en casa; mientras los directamente interesados guardan silencio.
Pese a la mezquindad en la pauta de empresarios cuenta centavos –como de transnacionales miopes que solo vienen a explotar el mercado local sin ningún aprecio al país anfitrión y sin intención alguna de aproximarse a las necesidades de su gente– el periódico da la cara abogando por la causa ajena, sin dobleces ni titubeos. Es un error de su parte menospreciar la contribución de los medios convencionales de comunicación –cuando las redes lo que propagan son chabacanada, ataques, odiosidad, división y conflicto– al éxito de sus negocios. ¿Cuántos de ellos reniegan de su mala imagen –como si el favor de una buena fuese regalo venido del cielo– o de la percepción, a veces injusta –precisamente por ese comportamiento poco generoso– que tiene el imaginario colectivo respecto al empresariado nacional? Pero más aún, el invaluable papel que juegan, como insustituible contrapeso al poder, que vela por las libertades públicas dentro del sistema democrático que ellos –a quienes tanto aflige el clima de negocios y de inversión– debiesen ser los primeros en agradecer. No hay que pecar en tentación de echar a todos en la misma canasta. Hay dos tipos de empresarios. Están –entre ellos buenos amigos– emprendedores visionarios que cuidan no solo el negocio de comprar, vender, fabricar, o prestar un servicio, sino de su imagen institucional. Y están los miserables. Días atrás, atinente al editorial, conversamos con uno de los propietarios de un gran almacén, con tiendas en San Pedro Sula y Tegucigalpa, sobre estos mismos conceptos. Su preocupación –la misma que a muchos de ellos preocupa– la incertidumbre y su efecto a la marcha de sus negocios.
Entre los tópicos tratados surgió lo del presupuesto de publicidad. El mensaje que puso –omitiendo nombres y apellidos– fue el siguiente: “Presidente: encantado saludarlo, hablaré con el director de Mercadeo y Publicidad para ver qué está pasando ya que no estoy enterado y así poder apoyar”. “También voy a enviar copia a mi hermano (se omite el nombre) que está en Junta Directiva viendo estos temas”. Al rato, recibimos de la gerencia del periódico, el dato de lo que pretendían invertir: “$600 mensuales” –un negocio que mercadea miles de millones– y dando gracias porque hasta allí ajustaban. Respondimos: “Agradecidos por su desprendimiento, eso es lo que ustedes gastan en una cena o en el trago en Miami o en Panamá, mejor no publiquen nada, el periódico no es pordiosero. Y dimos instrucciones a la gerencia no enviar el contrato. (Para que vean las vueltas que da la vida. En cierta ocasión –recordamos– solicitaron interceder por uno de los familiares de quien temían podía ir a parar a la cárcel). Como anillo al dedo –a esta clase de gente– cae la vieja frase, supuestamente acuñada por Lenin, que “cuando se licitara la compra de la soga para colgar a los capitalistas, ellos se iban a pelear por venderla”. (El cuento debe tener un final feliz, así que Winston tiene la última palabra: “Hay que tomar esos procederes con piadosa condescendencia, ya que pese a lo pequeño y sus pequeñeces, lo grande es Honduras”).