Por: Segisfredo Infante
Suena como a León Tolstoi. Pero, más bien, amén de las conexiones verbales, se trata de un conflicto de trágica actualidad, respecto del cual desearíamos despejar las incógnitas escondidas, en tanto que las apariencias son externas y se hallan a la vista de los observadores internacionales, de ambos hemisferios terráqueos. Erich Fromm y otros autores han reflexionado y escrito sobre la autodestructividad humana, injustificable, para nosotros, desde el punto de vista estrictamente racional; pero también desde otros puntos de vista, como el ángulo humanístico y la esfera económica, en donde el hambre es como un fantasma paradójico que dibuja señales peligrosas en el horizonte, tanto a los pueblos ricos como a los pobres, en los temas y subtemas de seguridad agroalimentaria y del alza desmedida de los precios de productos vitales, ya sea por la escasez de los mismos o por rupturas de las cadenas de suministros, por causa de la guerra sobre el territorio ucraniano y los bloqueos comerciales y financieros más o menos recientes.
Sobre los bloqueos conviene aclarar que una cosa es un bloqueo económico contra un país determinado, y otra cosa muy distinta es un autobloqueo deliberado, que se gestiona con el propósito escondido de crear caos y miseria hacia lo interno de una sociedad, o crear conflictos artificiales, para fines ulteriores tal vez de tipo autocrático, y así de este modo alimentar las megalomanías de ciertos personajes, que confunden sus perspectivas mezquinas con los sagrados intereses vitales de las clases medias y de los pobres en general. Esto se ha observado en variados momentos de la “Historia” universal y regional. Pero sobre todo en el siglo veinte, en que algunos líderes hipotéticos buscaron autoaislar a sus respectivos países con políticas económicas y militares que conducían hacia la escasez, las hambrunas asoladoras y la muerte.
En el esquema de la guerra escenificada en el curso del presente año sobre territorio ucraniano con ataques despiadados y confusos, en que ambos bandos parecieran olvidar los principios humanitarios elementales, con desventajas notorias para el pueblo que ha sido víctima directa de los ataques, y con atascamientos bélicos y derrotas tácticas de los invasores, el espectador de los acontecimientos formula para sí mismo y sus probables lectores, unas preguntas que por de pronto carecen de respuestas consistentes, en ligamen con las motivaciones escondidas y el orden oculto de la guerra.
Cuando esperábamos que se entablarían pláticas y negociaciones tendientes a reducir el belicismo sangriento, ha ocurrido todo lo contrario. Varios discursos de los dirigentes de las principales potencias que atizan esta guerra regional con repercusiones económicas globales, en vez de bajar la tensión con un tono moderado del lenguaje, han alzado la verborrea pistolera con aquello de “yo soy más macho que el otro”, sin importar el pánico y sufrimiento de los pueblos. Hasta ha habido insinuaciones recientes de desencadenar fuerzas atómicas. Volodímir Zelenski, el agredido, quien al comienzo despertaba mis simpatías personales, poco después hizo un llamado directo e indirecto a cubrir los cielos ucranianos con presencia ambigua de potencias occidentales, lo cual me lució como el lenguaje de un inconsciente, a quien nada le importaba atizar una guerra termonuclear. Este hombre razonaba, en aquellos días, más o menos así: Si no sobrevive el pueblo ucraniano, entonces que tampoco sobreviva nadie. Por suerte la “OTAN” evitó caer en aquella trampa sin retorno. Sin embargo, las claras insinuaciones de recurrir al poderío nuclear han sido exteriorizadas, a nivel mundial, por Vladímir Putin, quien teme una presencia más directa de Estados Unidos, con un presidente respetable que a veces pareciera no saber nada acerca de la historia catastrófica de las guerras, sobre todo las del siglo veinte que acontecieron hace pocas décadas. Creo que una de las excepciones de la regla es el presidente Francés Emmanuel Macron, con un discurso histórico, incisivo pero también conciliador. (Por mi parte lo dije desde el comienzo en otro artículo: los casos de Afganistán y Ucrania son completamente diferentes).
La impresión que tengo en este momento transitorio es que, utilizando una frase análoga de la filósofa y politóloga Hannah Arendt, el zorro puede caer en la trampa que ha fabricado el mismo zorro (de cualquier bando y color) por creerse más listo y valiente que los demás zorros del entorno internacional. La verdad es que algunos de los actuales dirigentes del mundo carecen de piedad hacia todo prójimo, pues han colocado el deseo de la guerra y el instinto de la soberbia por encima del concepto del amor y de la fraternidad humana, la cual hemos venido subrayando desde los tiempos de la “Revolución francesa”, con buenos y pésimos resultados. Si acaso el amor y la razón penetraran los cerebros de los “líderes” de esta contienda, el gran problema se resolvería por la vía del diálogo y la posible “paz perpetua” kantiana.