Por: Fernando Berríos*
Es imperdonable lo poco que hemos avanzado en materia de prevención del riesgo ante fenómenos naturales, sobre todo, después de haber vivido amargas experiencias con fenómenos como el huracán Fifí (1974), el Mitch (1998), Eta e Iota (2020), cuya fuerza destructiva nos “partió” en mil pedazos.
Estos desastres son el fruto de lo que hemos cosechado, porque aquí todos somos corresponsables de tanta destrucción que cada año nos dejan estos eventos.
Los gobiernos poco o nada han hecho por mejorar las capacidades del país para enfrentar las temporadas ciclónicas. En lugar de mejorar estas capacidades, los gobiernos (en sus afanes políticos), lo primero que hacen es despedir personal capacitado en gestión del riesgo que le cuesta mucho dinero al pueblo hondureño. Este personal, que es valioso para la seguridad nacional, de la noche a la mañana es enviado a la calle, menospreciando así todo ese conocimiento que han adquirido dentro y fuera del país.
Tras el paso del huracán Mitch, la administración del presidente Carlos Flores priorizó que una buena parte de la asistencia internacional de Estados Unidos, Japón, Taiwán y la Unión Europea, sirviera para aumentar las capacidades humanas, técnicas y científicas del país para detectar a tiempo las condiciones meteorológicas adversas que pusieran en riesgo a la población.
Se crearon centros información geológica con monitoreo satelital, se instalaron estaciones para medir el nivel de los ríos y se capacitó a centenares de personas para el manejo de toda una gama de instrumentos geológicos de última generación.
De toda esa asistencia especializada poco o nada queda. Las estaciones de medición fueron destruidas o robadas y los centros de información geológica desaparecieron. Los gobiernos posteriores no consideraron importante seguir fortaleciendo estas capacidades. En la mente subdesarrollada de los políticos, este tipo de programas no generan votos y por tanto deben desaparecer.
Nos hemos quedado dando predicciones del clima y nuestros expertos, con todo el respeto que se merecen, pese a su experiencia no van más allá de indicarnos si habrá días soleados o lluviosos. Si bien estos pronósticos del tiempo son importantes, están muy distantes de lo que significa contar con un centro especializado de monitoreo orientado a salvar vidas.
Eso significa gestión del riesgo: hacer uso de todas las herramientas técnicas, científicas, humanas y logísticas para poner vidas a salvo.
Hoy tenemos días agitados por las amenazas de nuevos fenómenos como Julia y los hondureños ni siquiera sabemos qué nivel tienen los principales ríos del país. Tampoco sabemos, con base científica, cuál es el nivel de saturación de agua en los suelos (por zonas del país) y tampoco.
Y si vamos más allá, tampoco nadie le explica a la gente qué significa una precipitación de 10, 20 ó 30 milímetros, qué peligro representa y qué debemos esperar de la misma. Es tan poca la información que recibe la población, que se habla de 1,238 albergues disponibles pero muy pocos, relativamente pocos ciudadanos, saben a dónde deben ir en caso de inundación.
Previo a la amenaza, estos albergues quizás existen en papel, porque en la práctica, ningún medio de comunicación los ha visto, provistos con antelación de colchonetas, agua, alimentos, frazadas, medicinas, ropa, entre otros.
Si existiera la información de los niveles de los ríos versus la cantidad de lluvia que descargará un fenómeno, sería más fácil tomar decisiones técnicas para ordenar una evacuación obligatoria. A escasos días del impacto de un huracán, todavía seguimos dudando si el mismo afectará o no a determinadas comunidades y nos seguimos preguntando si los bordos del Valle de Sula resistirán o no la fuerza embravecida de las corrientes de los ríos.
Es una lástima que sepamos que somos un país vulnerable a las lluvias y cada invierno estemos en vilo, haciendo exactamente lo mismo que hicieron los anteriores. De manera que el círculo vicioso se repite: vacaciones, feriados, lluvia, inundación, destrucción y muerte, comunidades anegadas, carreteras y puentes destruidos, corrupción en las ayudas, drama en los albergues. La misma historia todos los años.
La “solidaridad” comenzará a fluir a través de las redes sociales con frases gastadas como #PrayforHonduras o #SoloElPuebloSalvaElPueblo pero en realidad poco o nada harán los internautas por mitigar la tragedia humana y el dolor de miles de familias.
De las altas esferas surgirán con más ímpetu propuestas de largo plazo como la construcción de represas, que si bien son buenas, ya ni esperanza generan porque nunca inician, quedándose únicamente en discurso político de falsas promesas.
Hoy la población necesita autoridades que preparen a la sociedad para la gestión del riesgo, que convoque a todas las fuerzas vivas, políticas y económicas con visión de país para aportar a una causa común. Más que una cátedra morazánica, lo que necesitamos es una clase de gestión del riesgo que nos ayude a entender, desde niños, que la responsabilidad de prevenir es de todos y todas. Necesitamos funcionarios más comprometidos, convencidos que ayudar es mucho más que ir a posar para las fotos, sin miedo a enlodar sus lujosas botas.
Mientras eso ocurre, no nos queda más que decir: Estamos en vilo… ¡otra vez!
*Periodista
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