Por: Rafael Delgado Elvir*
Así como en la primera mitad del año la sequía pone al país en emergencia ante la falta de agua y los incendios forestales, estos meses que estamos viviendo, sumergen al país bajo el agua y el lodo. Ambas situaciones, que se repiten año con año, producen cuantiosas pérdidas para el país, constituyendo retrocesos recurrentes para las familias hondureñas y para la producción nacional. Es necesario constatar además que con el paso de estos fenómenos naturales de antemano se sabe con mucha certeza quienes son los que más sufrirán. Es decir, no se requiere de complicadas simulaciones para identificar quiénes padecerán más. En el caso de las lluvias y huracanes, son los mismos de siempre, es decir los más vulnerables y pobres que viven en las zonas bajas, cerca de los ríos, quebradas y en asentamientos improvisados. Año tras año los mismos hondureños ven destruido sus pertenencias, arruinados sus cultivos, fracasados sus emprendimientos, fallecidos o enfermos sus familiares. En efecto, las lluvias y sus consecuencias recuerdan nuevamente los puntos pendientes de la agenda de este país que tercamente olvida lo fundamental.
Las propuestas y las ideas circulan desde hace años en algunos ámbitos. Pero el vigor con que se manifiestan en plena crisis paulatinamente va decayendo para desaparecer hasta que llegue la siguiente temporada de huracanes. Llegado ese momento nuevamente se gritará hacia los cuatros rumbos la necesidad de esta y la otra cosa. También muy poco trasciende más allá de la discusión, muchas veces esta descoordinada y alejada de los círculos políticos y económicos que finalmente son los que deciden. No hay que olvidar también esa mezcla de ignorancia, descuido y desenfoque que agobia a las principales protagonistas quienes, pasada la emergencia y sus manifestaciones más graves, se ocupan de otras cosas sin trascendencia.
La solución a las inundaciones no se agota en una sola acción, ni tampoco en el protagonismo del sector público. Por ejemplo, por allí circula la idea que deben fortalecerse los bordos y dragarse los cauces de los ríos para evitar desbordamientos. Otros promueven la idea que se construya una represa en el Tablón que vendría a controlar la corriente del río Chamelecón. Indudablemente que mucha razón hay en ambas propuestas que al final son obras físicas que bien ejecutadas y sabiéndolas gestionar controlarán las corrientes de agua evitando en alguna medida lo que en estos últimos años hemos visto. Sin embargo, es necesario insistir en que cualquier solución duradera a las inundaciones pasa necesariamente por cambiar la manera en que se produce, se construye, se consume, incluyendo además acciones desde diferentes ámbitos.
En la medida en que los habitantes, las empresas, los gobiernos locales tanto en el valle como arriba en las cuencas cambien la manera explotar y vivir de los recursos naturales, de esa forma se verán los resultados esperados. Ya no se puede seguir deforestando las cuencas de los ríos allá en las montañas y corresponde entonces a que cada comunidad del país, a sus gobiernos locales, a sus escuelas formen a sus habitantes en el significado del bosque y que cuiden esta riqueza forestal para el bien de ellos mismos.
Tampoco se puede seguir con esas prácticas agrícolas fatales, tanto de los pequeños como de los grandes productores, acelerando el empobrecimiento y erosión de las tierras que finalmente contribuye a que el agua fluya en mayores cantidades y mayor rapidez hacia los ríos. El alineamiento por parte de los productores a las mejores prácticas agrícolas es una tarea que debe ser promovida desde todas las organizaciones de los productores, algunas de ellas con suficiente liderazgo para emprender un cambio desde el origen del problema. Es urgente establecer tanto las zonas rurales como urbanas donde ya no se puede construir ni en las que se puede habitar. La suma de todas estas y otras acciones coordinadas, sobre las espaldas de varios actores, que logren cambiar comportamientos nocivos que se articulan en el sistema económico, más la obra física necesaria, es la que logrará mitigar sustancialmente y de manera duradera los efectos de los fenómenos naturales que tanto daño han causado.
*Economista. Catedrático universitario