CONTRACORRIENTE: Imperativos éticos e ideología

Por: Juan Ramón Martínez

De cara al inevitable final, siento la necesidad de explicarme. No para justificarme, sino que para entenderme. Desde el principio, muy joven, me comprometí con la inevitabilidad y necesidad del cambio. Pero no del mecánico; y menos, del ideologizado y autoritario. Formado en la doctrina católica, tuve desde el principio dos ideas claras: la búsqueda del bien para el mayor número y la libertad para determinar el rumbo, discrepando de las recetas y enfrentando las trampas de las ideologías. Y aplicando, un concepto de la justicia. En 1955, ocurrieron dos hechos fundamentales y una circunstancia singular. Esta tuvo que ver con el hecho que no pude entrar al colegio, por problemas económicos de mi padre, un olanchano que había emigrado a la costa norte; y era, entonces, un peón bananero.

Por ello, dejé Olanchito y residí y trabajé, en el campo bananero La Jigua, ayudando a la familia en tareas agrícolas; o en contratos que papá conseguía y, que, tenía que ejecutar en casa. Adicionalmente, cada viernes, por decisión de doña Mencha, compraba en la estación del tren la revista Bohemia, que “se leía el mismo día que en La Habana”. Allí supe de Paul Sartre, de Albert Camus, Mauriac, Marx, Lenin, Picasso, Quintana, Quevedo, Roa, Mañach, Carpentier, Lezama, Paz, Gallegos, Borges, Spinoza, y Martí. Además, como mis papas -militantes de dos partidos diferentes- eran obligados suscriptores, pude leer “El pueblo” y “La época”, entusiasmándome más con Villeda Morales y Óscar Flores, que con Fernando Zepeda Durón, Carlos Izaguirre o Claudio Barrera. En esa temprana edad, cuando tenía 14 años, opté por Camus frente a Sartre; y entre el dilema de Moscú y Washington, imaginé como descubriría tiempo después, una tercera vía con Juan José Arévalo -en su socialismo espiritual- y posteriormente con Mounier, Maritain, el social cristianismo.

No tenía todas las respuestas, cuando un año después, entré a estudiar magisterio en el Francisco J. Mejía. Contaba eso sí, opciones claras: entre el bien y el mal, optaba por el primero. Entre la libertad y la servidumbre, opté por el ejercicio de mi criterio, asumiendo los riesgos inevitables. Y entre el capitalismo y el comunismo, me definí por la libertad, la democracia y el derecho. Tenía entonces 16 años; pero sabía lo que quería ser. Y lo que tenía que evitar. Por ello, el Partido Liberal, fue mi opción natural. Lo que, a mi padre fiel “cariísta”, siempre le pareció que había sido el mayor error de mi vida. Cuando fundamos en 1968 la Democracia Cristiana, entendí que no había retorno. Y que la lucha por la modernización de Honduras, se encaminaba por la ruta del cambio a manos de los más pobres y postergados. Rechazando a los ganaderos, sin ninguna vacilación teórica.

Ahora, en estos días de vacaciones, he vuelto a Camus y releído otra vez, sus tesis, y -reconociendo mejor, desde mi madurez-, sus dudas y ansiedades. Para ello incluso, he vuelto a releer no solo “La peste”, sino que, además, su novela “El primer hombre” y varias de sus colecciones de artículos en “Combat”. En el silencio de la tarde, (una gata furtiva que cría sus hijos en un rincón de la casa; y un niño que llora para no imaginarse solo como está), me he sentido muy próximo a Camus y compartido sus dilemas frente al paso de la resistencia francesa a la revolución de Francia, como postulaba; y sus dudas sobre “el castigo a los traidores que habían colaborado con la republica de Vicky”. Volví a mis apuntes de Tony Judt, en su libro “Cuando los hechos cambian”, en que, a posteriori, se juzga a los intelectuales franceses que, frente al crimen de los soviéticos, muchos -Camus es una bella excepción- trataron de justificar. Incluso después de las condenas de Kruschov. Y, de bruces he terminado enfrentado al mismo dilema de Camus: la refundación y el “castigo” de los que no creen en los nuevos “socialistas ganaderos”, que la impulsan. Despedir a los burócratas que no creen en los Zelaya, es injusto. Y mucho más, no compartir el evangelio rural de la refundación, con los que no han tenido la suerte de recibir desde arriba, el anuncio que Manuel Zelaya es el nuevo revolucionario de Honduras. A Camus, ahora, lo siento más esclarecedor, que en 1955.

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