CAMINOS RUINOSOS

LA hermosura de la campiña hondureña se pone en entredicho cada vez que las lluvias continuas saturan los suelos, deslavan los cerros, se hunden las casas, se pierden las cosechas de granos y se resquebrajan muchos tramos vitales de las carreteras y de los caminos de herradura, por donde circulan, o debieran circular, los productos agrícolas y otras mercancías que le inyectan sustento al todavía pequeño aparato productivo nacional. Porque incluso se obstruyen las exportaciones, principalmente las del café.

Con una medición más o menos reciente de las pérdidas desencadenadas por la pandemia en comparación con los desastres ocasionados por los huracanes “Iota” y “Eta”, se ha llegado a la conclusión preliminar que fueron más grandes las pérdidas económicas ligadas a las consecuencias de los dos huracanes, en relación proporcional con la pandemia. Y eso que los huracanes y sus respectivas tormentas tropicales sólo duraron alrededor de veinte días. En este punto se vuelve imperativo volver a los análisis respecto de las acciones que se deben adoptar en torno al tema de las represas en por lo menos dos afluentes del río Ulúa, el cual desencadena desastres urbanísticos, demográficos y económicos en todo el valle de Sula, acompañado por el río Chamelecón. Esto suele ocurrir casi todos los años, en los finales del verano y los comienzos del otoño, convirtiéndose en tragedia total colectiva cuando azota cualquier huracán.

En el curso de las semanas anteriores hemos detectado que los lugares más afectados por las lluvias, hundimientos y deslaves, están en los departamentos de Santa Bárbara, Intibucá, Copán y parte de Ocotepeque. Sin olvidar que en ciertos puntos de la capital hondureña se registraron hundimientos urbanísticos con secuelas de damnificados, desencadenando una especie de problemática humanitaria.

Los videos de las rupturas de carreteras y caminos han inundado las redes sociales, sobre todo en lo relacionado con la región occidental del país. Hay lugares que se han vuelto totalmente intransitables. Los vehículos y los caminantes deben buscar vías alternas a fin de llegar a sus destinos. Sin embargo, cabe destacar que las posibilidades de encontrar otras rutas de tránsito son casi imposibles, lo cual hace que la circulación económica se estanque o se pierda definitivamente.

Caminos ruinosos han existido desde la más remota antigüedad. Hasta se han escrito poemas dedicados a estos temas. El problema es que en plena modernidad en Honduras, por falta de visión y de conciencia global, estamos lejos de resolver el desafío pendiente del reordenamiento territorial y el de la infraestructura física, a pesar que hemos contado con gente estudiosa que ha ahondado mediante sugerencias oportunas y puntuales. Ambos asuntos deben ser resueltos, más temprano que tarde, con criterios científicos. Nunca con verborreas vacías.

Si en Honduras hubiesen carreteras pavimentadas sólidas, y sus respectivos caminos alternos transitables, más una electrificación total, asequible al bolsillo de los pequeños productores y de la clase media, otra sería la historia reciente de nuestro país. Pero a veces pareciera que la dirección que seguimos es al revés: Volver más cara la energía eléctrica y abandonar los proyectos de infraestructura física. Pues en caso de elevarse las tarifas eléctricas (de por sí una de las más caras de América Latina), el resultado lógico, como si se tratara de una fuerza gravitatoria, es que desaparecerían miles de pequeños y medianos empresarios, generando más miseria y desempleo de los que ya existen y nos abruman por doquier.

Tal es la destrucción actual de las carreteras y caminos en Honduras, que pareciera que vivimos en los primeros años de la “Edad Media” occidental. O antes de que aparecieran las civilizaciones orientales y prehispánicas, las cuales sabían canalizar los ríos y construir caminos empedrados más o menos permanentes, con unos niveles de inteligencia que resultan envidiables incluso en los actuales momentos.