Armando ya está en el cielo

Por: Mario Hernán Ramírez*

Fue la ilustre, respetada y querida colega Blanquita Moreno, la que encendió la antorcha de la infausta noticia del desaparecimiento físico de uno de los más connotados periodistas nacionales, licenciado Armando Cerrato Cortez (QDDG).

Nuestro recordado amigo aparece en el escenario del diarismo hondureño como una de las más sobresalientes figuras de la última mitad del siglo, ya que su actividad profesional se remonta precisamente a inicios de los años setenta de la pasada centuria, cuando recién salido de la docta Escuela de Periodismo de la Universidad Nacional Autónoma de nuestra querida Honduras, egresaron los primeros profesionales del periodismo académico del país, entre los que recordamos a Raúl Barnica López (QDDG), Raúl Moncada, Juan Ramón Durán, el profe Armando y otra pléyade de jóvenes aspirantes a una de las profesiones más apasionantes, pero difíciles de ejercer, por cuanto el periodismo significa, entre otras cosas vocación, abnegación, sacrificio, audacia, peligro, valentía y sobre todo ética y moral intelectual.

Esas condiciones se reflejaron claramente en la personalidad de Armando Cerrato, que ejerció un periodismo ejemplar y completo, ya que su labor comprendió no solo al reportero sagaz e intrépido, si no la del maestro admirado y respetado por quienes tuvieron la suerte de recibir sus sabias enseñanzas; Armando fue director y subdirector de algunos medios; se desempeñó como un eficiente corresponsal internacional de prensa y su talento influenció en medios que lo llevó a ocupar una de las columnas más importantes de este gran diario, misma que leíamos con avidez los martes de cada semana.

Armando, además de haber sido uno de los periodistas más capaces de los últimos tiempos, fue un hombre comprometido con la sociedad hondureña, de tal forma que el contenido de sus escritos en oportunidades era demoledor e incisivo, así como también justo e imparcial, cuando le tocó reconocer lo bueno y noble en las personas, la sociedad, gobierno y hasta de su propio gremio.

Armando Cerrato Cortez, pasa a la historia del periodismo hondureño como uno de los hombres más célebres en este difícil campo. Aquí, vale recordar los nombres de algunos de los primeros intelectuales que se atrevieron a empuñar sus plumas, su talento para hacer periodismo, como el sabio José Cecilio del Valle, Arnold Contreras Membreño, Adolfo Zúniga, Juan Ramón Molina, Paulino Valladares, Julián López Pineda, Alejandro Castro Díaz, Alfonso Guillén Zelaya y más acá en el tiempo Víctor Cáceres Lara, José R. Castro, Eliseo Pérez Cadalso, Medardo Mejía Paguada, Ventura Ramos Alvarado, Óscar Armando Flores Midence, Alejandro Valladares, Alejandro Castro Zelaya, Virgilio Zelaya Rubí, Salvador Turcios Parras, Felipe Elvir Rojas y uno que otro de sobresaliente figuración en el diarismo hondureño; en ese modelo indiscutible aparece ahora el nombre de Armando Cerrato, porque su legado es inconmensurablemente grande; sus escritos pueden ser transcritos en unos 25 volúmenes de 500 paginas cada uno, pues bástenos conocer que por la pluma de Armando pasaron las necrológicas de más de cien periodistas desaparecidos durante el último medio siglo, habiendo sido precisamente la también inolvidable colega Lolita Valenzuela la que recibió las palabras de despedida de Armando, a comienzos del pasado mes de septiembre, en el que también se nos fue otra de esas valiosas joyas del diarismo catracho, como fue la maestra y licenciada Covadonga Lastra Pinzón.

Allá por 1983, desempeñando nosotros la jefatura de relaciones públicas de la Secretaría de Cultura y Turismo, bajo la acertada conducción del intelectual Víctor Cáceres Lara, Armando Cerrato nos visitó para que le concediéramos una entrevista, la cual publicó a toda plana en el diario El Nuevo Dia, en la que ponderaba nuestra modesta participación autodidáctica dentro de la gran familia periodística del país, entrevista, que guardamos celosamente en el archivo como testimonio fiel del reconocimiento otorgado a mi humilde persona.

Armando se ufanaba de haber nacido en cuna humilde, en uno de los barrios históricos de mayor antigüedad en la Comayagüela de nuestros amores: Sipile que también arrodilló a colegas como Alfredo Hoffman Reyes, Antonio Mazariegos Velazco, Francisco Flores Paz, quien escribe y otros más.

En cierta oportunidad le preguntamos a nuestro recordado amigo y colega si tenía algún parentesco con el desaparecido coronel Armando Velásquez Cerrato, originario también del emblemático Sipile y nos dijo que no; asimismo le preguntamos si tenía algún vínculo con el abogado y escritor Armando Cerrato Valenzuela, otro macizo orgullo comayagüelense nacido en la 1ª. Avenida de la ciudad gemela y nos dijo que, tampoco.

Nuestro inolvidable amigo, para llegar hasta la cúspide que logró escalar, después de terminar sus estudios primarios, ingresó a un Instituto Vocacional de Artes y Oficios, trabajó en lo que aprendió ahí y enseguida se matriculó en la recién fundada Escuela de Periodismo anexa a la UNAH, de la que posteriormente fue catedrático y director.

Durante los últimos años Armando fue víctima de una cruel enfermedad que lo mantuvo inactivo, aunque su lema fue siempre “ánimo y acción”. Sin embargo, esa enfermedad lo llevó a perder una de sus extremidades inferiores y no solo eso sino completamente la vista, como le ocurrió a nuestro gran amigo y colega Napoleón Mairena Tercero y a este servidor, que pasamos a la condición de “no videntes”.

Pero Armando fue un campeón, porque solo los hombres de su temple logran alcanzar y mantener la fama y el prestigio que han ido acumulando a través del tiempo, por sus obras tangibles, ya que a pesar de sus dolencias siempre se mantuvo firme, lanza en ristre y como un verdadero soldado, defensor de la libertad de expresión y prensa, su liderazgo estuvo presente hasta el último día de su existencia.

Hoy que lamentamos su partida sin retorno, no podemos menos que unirnos en las plegarias y oraciones que sin duda le han prodigado familiares y amistades que lo amaron y reconocieron en él al ciudadano de cualidades irrepetibles.

Ricardo Alonzo Flores y Blanquita Moreno, de la plana mayor de LA TRIBUNA, le dedicaron sendos reconocimientos a este legítimo y auténtico ícono del periodismo hondureño, que por más de 50 años nos impartió cátedra de honestidad, probidad, honradez, ética profesional y muchas otras cualidades que deben ajustarse fielmente al ejercicio de un periodismo decoroso y ejemplar como el que Armando Cerrato Cortez nos legó.

Ahora hermano, descansa en paz en la Mansión Celestial, en El Reino de Dios, que “por ahí nos encontraremos” como solía decir el recordado cronista deportivo Diógenes Cruz García.

*Presidente vitalicio “Consejo Hondureño de la Cultura Juan Ramón Molina”

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