Por: Héctor A. Martínez*
La otra mañana, en un foro televisado, el presentador tenía como invitados a dos personajes de la política nacional discutiendo sobre la situación social en Chile y la oleada izquierdista que transita sobre la América Latina. Se trataba de un reconocido activista del Partido Nacional, ahora en la llanura, mientras el otro se mantiene en la palestra de Libertad y Refundación, en calidad, según él, de colaborador “ad honorem” del gobierno actual. “Soy anticapitalista” -confesó este último-, declarándose simpatizante solidario de la “political correctness” gringa y fiel creyente de la economía de carácter socialista. ¿Se trata de una postura oficial o simplemente de una confesión muy personal a la que nadie debe tomar muy en serio?
Si bien es cierto que esas expresiones son muy comunes entre algunos funcionarios del gobierno, la gente ignora si las mismas corresponden a un discurso obligatorio que todos deben manejar para mostrar unidad de pensamiento, o se trata nada más de un consentimiento temporal para mantener entretenidos a ciertos activistas enchambados que han leído un poco más que los politiqueros de oficio, haciéndoles creer que sus ideas son muy importantes para lograr los objetivos políticos. En realidad, los planes son otros. Sin embargo, el problema no es la presencia de un arco iris ideológico y amenazante que cruza las oficinas de casa presidencial, sino en descubrir cuál será el color que resplandecerá en la agenda gubernamental en los meses venideros. Cuando un funcionario de un gobierno arguye ser anticapitalista, sería una estupidez despreciar su anuncio personal, porque puede que se trate de una convicción indeleble tal como la que destellaban los marxistas del pasado, ensamblados de hierro puro. O se trata de un parapeto propagandístico y demagógico que encubre las verdaderas intenciones del gobierno actual. Quién para saberlo.
Lo peligroso de un discurso que propende a la reestructuración de una sociedad es que reine la insensatez ideológica y la ceguera radical entre los que toman las decisiones en el gobierno, mientras la parte más moderada vaya quedando relegada de los asuntos trascendentales que definen el futuro nacional. Porque, cuando impera lo primero, los resultados no pueden ser más catastróficos, sino veamos las dictaduras de Nicaragua y Venezuela. Chávez comenzó a modificar los patrones políticos tradicionales echando mano de un fuerte discurso antiimperialista y antioligárquico, entusiasmado con las ideas de Norberto Ceresole, Marta Harneker y Heinz Dieterich Stefan, haciendo un “totum revolutum” entre fascismo, marxismo maquillado e idealismo economicista. Bajo los consejos de los “expertos”, Chávez montó un aparato ideológico en su camino hacia la construcción del socialismo del siglo XXI que luego vulgarizó, haciendo a un lado el academicismo de Harneker y de Dieterich, mientras inclinaba las preferencias hacia el cesarismo militar de Ceresole. Muerto Chávez, Maduro montó su propio grupo oligárquico que se mantiene sólido como la roca, mientras el socialismo del siglo XXI se fue al otro lado de la barda, como dicen los beisbolistas. Otra prueba de la ignominia revolucionaria aquí entre los vecinos: ahí están Dora Téllez y Hugo Torres, exguerrilleros sandinistas, presos por decirle las verdades a Daniel Ortega. La “Comandante Dos” sigue en “El Chipote”, mientras Torres murió completamente aislado en prisión en febrero de este año.
Un país no se construye con ideologías ni consignas, sino con pragmatismo y madurez política. Un país se edifica encargándose de los problemas que impiden a los ciudadanos llevar una vida pletórica de oportunidades; localizar las causas y entrarle de lleno al asunto. Pero cuando llega el momento de concentrar y mantener el poder hasta el infinito, la verdad y las promesas de una vida mejor se tiran al retrete, mientras las ideologías salen sobrando. Ya no sirven de mucho. En la pirámide del poder y en el reparto de las utilidades, no hay almuerzos suficientes para todos. Al final de cuentas se trata de la formación de nuevas oligarquías en las que algunos salen sobrando, no importando su trayectoria en la defensa de la enseña del partido. Ahí mueren los entusiastas “pensadores” del gobierno.
(Sociólogo)