Juan Ramón Martínez
I
El 16 de septiembre de 1830, Francisco Morazán, recibió en una impresionante ceremonia, de parte de José Francisco Barrundia, la presidencia de la República de Centroamérica, electo por el pueblo para el período 1830—1834. La ceremonia se efectuó en el Palacio Legislativo, contándose con la presencia de los diputados y los más destacados miembros de la sociedad. Barrundia, presidente interino de la República, le entrego los símbolos del cargo. El presidente del Congreso E. Lorenzana, pronunció un interesante discurso, inmediatamente que Barrundia le entregara el Bastón de Mando al nuevo gobernante Francisco Morazán. En su discurso Morazán, señaló los grandes temas de su plan de gobierno y aprovechó para pasar revista a los últimos acontecimientos ocurridos, señalando entre otros, la necesidad de restablecer relaciones con la Santa Sede, “ya que él se consideraba firme católico”. Hablo, además, con mucha admiración de la Unión Americana, manifestando que “ella hará aparecer el Nuevo Mundo con todo el poder que es susceptible por su ventajosa situación geográfica en inmensas riquezas, por la justicia de los gobiernos y por la identidad de sus sistemas, por su crecido número de habitantes, y sobre todo por el interés común que los une”. A nombre de la Asamblea, habló Alejandro Marure que expresó que: “La Asamblea Legislativa de este estado felicita a usted por su elevación a la silla del Poder Supremo Nacional. Siente el más vivo placer de contemplar al hijo de la victoria, sosteniendo con la autoridad legítima y constitucional, los derechos y la libertad de un pueblo que conquistó usted con triunfos singulares. Este Estado es reconocido a tanto beneficio: su representación hoy nos honra confiándonos la comisión de hacerlo así presente a usted” (Víctor Cáceres Lara, 312, 313).
II
“El 15 de septiembre de1842 fue un día de duelo para Centroamérica. En tal fecha, a los 21 años de haberse logrado la emancipación política de Centroamérica, turbas enfurecidas, inyectadas de odio dirigidas en la sombra por los eternos enemigos del progreso humano, hicieron pasar por las armas, en San José de Costa Rica, a los generales Francisco Morazán y Vicente Villaseñor. El día 14 del mismo mes de septiembre, después de haber luchado con un puñado de hombres en San José contra más de cinco mil insurrectos capitaneados por el portugués Antonio Pinto, Francisco Morazán, Vicente Villaseñor y José Miguel Saravia cayeron prisioneros en manos de sus enemigos por infamante y cobarde entrega que de ellos hizo el comandante Pedro Mayorga en la ciudad de Cartago. En la madrugada del 15 de septiembre, después de que Saravia se había envenenado, Morazán y Villaseñor fueron trasladados a San José donde las turbas gritaban contra ellos y las opiniones se manifestaban, la mayoría sedientas de sangre, y las otras, partidarias que a los ilustres prisioneros se les siguiera un juicio formal. Don Mariano Montealegre y el doctor José María Castro figuraron entre los segundos; don Lucas Blanco y don Vicente Herrera tuvieron el triste honor de aparecer entre los primeros. Estos últimos exigieron muerte inmediata, en forma sumaria, sin tomar en cuenta que Morazán era el jefe del Estado y que, para juzgarlo, de conformidad con la Constitución vigente, procedía primero que la Asamblea lo declarara con lugar a formación de causa. Pinto aceptó la solución de la muerte inmediata de Morazán y este apenas tuvo pocos momentos para redactar su grandioso testamento” (Cáceres Lara, 311, 312,). El 15, a las seis de la tarde, Morazán y Villaseñor, fueron pasados por las armas. Almas piadosas, después de la ocho de la noche, envolvieron los cuerpos ensangrentados en sábanas blancas y fueron enterrados en el Cementerio de San José. Un poco más de veinte años después, los costarricenses, fusilaron en forma arbitraria e irresponsable a otro expresidente de la República de Costa Rica, confirmando el ánimo aislacionista y la poca voluntad de respetar la ley, por parte de las élites de aquel Estado.
III
El 17 de septiembre de 1890, el gobierno de Luis Bográn reconoció los valiosos servicios prestados por Longino Sánchez. Sánchez, nicaragüense nacido en León, llegó a Honduras, para participar en las reyertas intestinas nacionales en 1872. Desde entonces, había ocupado importantes cargos: la Comandancia y Gobernación del Departamento de Tegucigalpa, desde donde efectuó una importante labor. Algunos años después, Sánchez se insubordinará en contra de Bográn, capturará y fusilará al ministro de Finanzas Simeón Martínez; y en ánimo guerrero, abandonó Tegucigalpa en dirección hacia el sur de la República. Sabiendo lo difícil de su posición, se infirió un balazo, que puso fin a su valiosa carrera militar al servicio de Honduras.

IV
El 18 de septiembre de 1855, el presbítero José Trinidad Reyes, escribió testamento cerrado, ante la presencia de los testigos Hilario Sevilla, Raimundo Zúñiga y Cecilio Bustamante. “En nombre de Dios, escribió Reyes, Sépase como yo, José Trinidad Reyes, religioso secularizado domiciliar de este Estado e hijo legítimo de Felipe Santiago Reyes y María Francisca Sevilla, ya difunta, hallándome gravemente accidentado y temeroso de la muerte natural de todo viviente, estando en mi entero y cabal juicio ordenó este mi testamento cerrado por motivos convenientes”. El 20 de septiembre de 1855, entregó su alma al creador, dejando huérfano a la grey católica y a las organizaciones culturales que había prohijado durante toda su vida.
VI
El 20 de diciembre de 1848, Juan Lindo en virtud de licencia otorgada para trasladarse a Gracias, depositó la presidencia del ejecutivo en Felipe Bustillo, quien había sido elegido vicepresidente de conformidad con la Constitución de 1848. Con el viaje a Gracias y el retiro de la presidencia, Juan Lindo, ejecutaba otra de sus hábiles maniobras para poner en evidencias a sus enemigos; y crear los espacios suficientes, para ampliar su poder e influencia. Es posiblemente, después de Francisco Morazán, el más grande estadista que ha producido Honduras.
VII
El general Miguel R Dávila, que gobernó al país, después que la revolución de 1907 apoyada por José Santos Zelaya, dictador de Nicaragua, desalojara de la Presidencia de Honduras Manuel Bonilla, murió en su residencia en Tegucigalpa el 12 de octubre de 1927. Está enterrado en el Cementerio General de esta ciudad.
