Democracia y dictaduras modernas

Por: Ángela Marieta Sosa*

Ciertamente la antítesis de la democracia es la dictadura, y esta última en su camino a la coronación, se devela frente a todos por la demagogia permanente, es decir, ya no solo es preelectoral, la descalificación y desplazamiento progresivo del sistema económico que nos rige, el fortalecimiento de la polarización social, los disturbios y cortinas de humo temáticas mediáticas que distraen a una sociedad como la nuestra.

Para Carlos Pérez Soto (filósofo y profesor de física chileno, docente de varias universidades e investigador en Ciencias Sociales, autor de obras en un amplio espectro temático), la democracia actual es una ilusión. Los representantes no representan a los representados. Las altas tasas de abstención, el monopolio de los medios de comunicación, el clientelismo estatal, la falta de transparencia en los actos públicos, el sistema electoral, la convierten en un medio de contención y administración de la diferencia radical, vaciándola de sus contenidos clásicos y sustantivos: la participación ciudadana, el diálogo real sobre alternativas de desarrollo social, la promoción y construcción progresiva de los derechos políticos, culturales, económicos y sociales.

Y es que la democracia se ha convertido en un medio eficaz para la asunción al poder de las dictaduras modernas, por ejemplo, el Programa Venezolano de Educación y Acción en derechos humanos (Provea) a partir del 20 de octubre de 2016 calificó al gobierno de Nicolás Maduro de dictadura moderna, como consecuencia de la suspensión ilegal del proceso de referendo revocatorio convocado por la oposición venezolana. Los argumentos esgrimidos para tal denominación partían de su legitimidad de origen, el voto, pero que en el ejercicio del poder se fue diluyendo, al punto de suspender elecciones hasta tanto pudiera “ganarlas” de forma fraudulenta. Esta característica lo diferenciaba de una dictadura clásica de arribo al poder por la vía del golpe de Estado.

Ello implicó, nada más y nada menos, que el dictador perdió su legitimidad de origen y su gobierno pasó de ser una dictadura moderna, a una dictadura a secas, sin adjetivos; manteniéndose en el poder por la vía del golpe institucional y el fraude electoral. Hasta en eso retrocede la revolución bolivariana, perdiendo las formas y mostrando su cara más retardataria y arcaica.

Idealmente hoy en día se considera como requisito mínimo para que un sistema político sea llamado democrático, el respeto de los derechos humanos. Otros han agregado a este mínimo el respeto y la promoción de los derechos económicos y sociales. Se han agregado aún, desde muy diversos sectores ideológicos, el respeto y la promoción de los derechos de género, étnicos y culturales.

Pero la realidad es distinta y en la democracia surgen los sofistas, encargados de identificar perfectas oportunidades sociales y políticas para alcanzar el poder cumpliendo principios maquiavélicos modernizados, en donde utilizan el discurso sobre el fondo natural de las desigualdades, (huracanes, terremotos, inundaciones…) para justificar la inoperancia y la cara de la retórica que los legitima se centra cada vez más en una “desgraciada circunstancia”, heredada de épocas anteriores.

Por otra parte, la ciudadanía no está suficientemente preparada para asumir su autonomía ni su poder de deliberación. Las diferencias educacionales, producto de sistemas educativos eterna y sospechosamente ineficientes, que los hacen proclives a seguir discursos fáciles, a hacerse adeptos de caudillos irresponsables, a creer promesas que la realidad objetiva no permite cumplir. Esta triste realidad hace que el ejercicio democrático tenga que ser tutelado por el juicio experto de los que sí han tenido la fortuna y el poder económico de superar esos límites a través de una formación cultural y educacional más avanzada.

En Honduras actualmente contamos con una democracia debilitada por la negligencia histórica gubernamental, y ¡ojo! esa es una condición sine qua non, para consumar una dictadura moderna, por ello es importante identificar los momentos de transición política propicios para la instauración de un régimen antidemocrático, ese proceso puede tener muchos nombres, le dicen “poder popular”,“ poder del pueblo”, etc., incluyendo solo a algunos de sus votantes electores, cuando son más de nueve millones de hondureños que urgen de acceso a derechos básicos, igualdad y equidad. Por ello es menester tomar en cuenta las palabras de George Orwell: “Nadie instaura una dictadura para salvaguardar una revolución, sino que la revolución se hace para instaurar una dictadura”.

*Especialista en derechos humanos

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