Por: Carlos G. Cálix
En 1982, Honduras pretendía la instauración de una democracia liberal que hasta la fecha no fue posible. En ese mismo año Murray Rothbard publicaba “La ética de la libertad” (The Ethics of Liberty), una exposición lógica y ética sobre la posición política de una sociedad organizada sin Estado y la protección de la soberanía del individuo por medio de la propiedad privada y el mercado libre. Indudablemente un enfoque compartido por Ronald Hamowy -Editor de The encyclopedia of libertarianism- y Robert P. Murphy en su artículo «A qué estás llamando “anarquía”».
Precisamente en un sitio web que lleva el nombre de Rothbard y que está dedicado a la búsqueda de la libertad, se expone que el originario de El Bronx, es el economista que engendró el movimiento libertario moderno, dedicado a combinar el trabajo económico de Ludwig von Mises con el libertarismo intransigente para crear una teoría política increíblemente convincente. A saber, que cada persona debe ser libre de vivir sus vidas como quiera, siempre y cuando no interfieran con la vida de los demás. Este principio de no agresión es el núcleo del libertarismo y, aplicado consistentemente, coloca a los libertarios firmemente en contra de la voluntad arbitraria del gobierno. También conduce a una economía de libre mercado que produce avances científicos y altos niveles de vida. Así Rothbard llamó a su sistema: anarcocapitalismo. Desde entonces, los anarcocapitalistas han estado luchando para proteger a las personas de la interferencia del gobierno en sus vidas, ya sea impuestos o regulación.
Según Rothbard, la economía ciertamente puede contribuir en gran medida a la defensa de la libertad individual, pero no es capaz de implantar por sí sola una auténtica filosofía política. Para emitir juicios políticos se requieren juicios de valor, por lo que la filosofía política es necesariamente ética y, por tanto, es preciso implantar un sistema ético positivo para defender con sólidos argumentos la causa de la libertad, aspecto en el que coincide Francisco Ibero en su artículo “Essential Rothbard: Su sistema de ética” y Lorenzo Ramírez en “Rothbard, el libertario. La ética de la libertad, obra clave anarcocapitalista”.
Precisamente, sobre esa obra clave, Hans-Hermann Hoppe escribió las introducciones de las ediciones posteriores del libro y lo ha descrito como la segunda magnum opus de Rothbard luego de “Hombre, economía y Estado” (Man, Economy and State) que fue publicado en 1962, mismo que el economista estadounidense Walter Block ha descrito como “agudísimamente brillante”.
En este sentido, tengo que confesar que la primera vez que leí algo sobre Rothbard fue por accidente, en el otoño de 2014, en una búsqueda informacional econométrica mientras realizaba labores posdoctorales en Bahía Blanca, Argentina. Era una “Nota Introductoria” a la edición española del libro de Murray N. Rothbard La ética de la libertad, publicada por Unión Editorial de la mano de Jesús Huerta de Soto, misma que expresa: “Oí hablar por primera vez de Murray N. Rothbard en el otoño de 1973, en el seminario de Economía Austriaca que todos los jueves por la tarde mantenía Luis Reig en su domicilio particular de Madrid. Las ideas de Rothbard levantaban a la sazón acaloradas polémicas, que ocupaban buena parte de las sesiones del seminario. En concreto, discutíamos con detalle, comparándolas con la teoría económica “ortodoxa”, tanto las aportaciones de Rothbard como las de su maestro Ludwig von Mises y las del resto de los teóricos de la Escuela Austriaca. También llamaba fuertemente la atención la teoría del monopolio que, de la mano de Rothbard, había sido depurada de las imperfecciones e incoherencias que la misma todavía conservaba en la Acción Hu-mana de Mises”.
A la fecha, existen muchos seguidores como detractores de Rothbard que analizan sus aspectos polémicos, la historia de su pensamiento, el orden espontáneo, la teoría monetaria y por supuesto la ética de la libertad. Otros aplican su decálogo o tratan de comprender “El manifiesto libertario”. Muchos consideran que todo es una utopía hasta que descubren las intenciones de la República Libre de Liberland, situada en la península de los Balcanes, orilla occidental del río Danubio, entre Croacia y Serbia cuyo lema es “vivir y dejar vivir” y, como Estado tiene el objetivo de crear una sociedad donde las personas puedan prosperar sin regulaciones estatales e impuestos. Una idea que constitucionalmente podría estructurarse en esos territorios hondureños improductivos.
Desde 1982 a la fecha, en Honduras no se ha implementado una verdadera economía de mercado, por tanto, si el párrafo precedente resulta utópico, podríamos explorar las ideas liberales clásicas como, por ejemplo, las aplicadas en la Ciudad Libre y Hanseática de Hamburgo que aproximadamente tiene 500 mil empresas.
*[email protected] Carlos G. Cálix es Doctor en Ciencias Administrativas, tiene un Posdoctorado por el CONICET-IIESS Argentina, es profesor del Doctorado en Dirección Empresarial de la UNAH.