¡La diplomacia no es para neófitos!

Por: Lic. Gustavo Adolfo Milla Bermúdez

El derecho diplomático es la rama del derecho internacional público que se ocupa de la representación exterior de los estados y de las negociaciones que dichas representaciones han de llevar a cabo. El derecho diplomático comprende pues es el estudio de los agentes diplomáticos, la función diplomática en todos sus aspectos y de los actos diplomáticos. Históricamente se ha dicho que la soledad mata al hombre, es por eso que el hombre huye del aislamiento y tiende a la compañía. En los albores de la historia lo encontramos buscando compañía, forma grupos que pueden considerarse como la simiente de las varias formas de sociabilidad humana. Siguiendo un proceso evolutivo, de estos grupos viene a surgir la tribu, la cual sintió la conveniencia y necesidad de estrecharse en forma duradera con otras tribus. Así se formaron en entes colectivos más extensos y civilizados, hasta que en su continua marcha progresista, se llega a la formación del Estado. Al alcanzar cierto nivel cultural y de progreso sienten la misma necesidad que impele a los hombres, singular y colectivamente considerados, a relacionarse.

Una de las principales causas que ha llevado a los estados a relaciones entre sí, lo constituye el hecho de la desigual repartición y la injusta distribución de la riqueza en medio de tanta pobreza, el hombre se ve obligado por sus necesidades que lo agobian y lo tortura como esclavo. Estoy seguro que lucharía por un Estado mejor de condiciones de vida.

El derecho internacional público a través de la diplomacia manda y estatuye para que dirija las relaciones exteriores a la Presidente Iris Xiomara Castro, y le corresponde como jefe de Estado y como suprema autoridad administrativa.

Las cualidades que debe reunir el ministro de Relaciones Exteriores -debe, en efecto, estar dotado de una especie de instinto, que advirtiéndolo rápidamente, le impida, antes de toda conversación, el comprometerse. Debe tener la facultad de mostrarse abierto permaneciendo impenetrable, de ser reservado en las formas de la naturalidad, de ser hábil hasta en la selección de sus distracciones; su conversación simple, variada, inesperada, siempre natural y a veces ingenua; en una palabra, no debe dejar un momento de ser “ministro de Relaciones Exteriores”. Todas estas cualidades por raras que sean no son, sin embargo, suficientes, si la buena fe no les da la garantía que les es siempre necesario…. Imbuido el honor y el interés de la Presidente, por el amor de la libertad fundada en el orden y el derecho de todos. Un ministro de Relaciones Exteriores, cuando sabe serlo, se encuentra ubicado así en la más bella posición a que un espíritu elevado pueda pretender.

Esos errores de carácter diplomático, una y otra vez, dan vergüenza de los que dicen ser garantes del mundo de las relaciones internacionales. La diplomacia y la política son arte y ciencia a la vez, como filosofía fundamental de la vida del hombre y los pueblos. Es la fuerza motora de la historia, no solo la lucha de clases como pensaba Marx, sino también las fuerzas del amor que permite la mayor comprensión de los hombres para abrazarnos entre pueblos hermanos y naciones. Ese es el fin que se busca con las Naciones Unidas, no para exponer incongruencias de doctrinas hipócritas, neofascistas y nefastas. “Nunca se dijo tanto con tan poco”. (Recordando a Winston Churchill).

Recordemos que en la iconografía clásica la diplomacia está representada por una majestuosa mujer que ciñe su frente con una corona de laureles, que pisa trofeos guerreros destrozados. En la diestra tiene una pluma y con la izquierda sujeta un papel desplegado en que se lee: “Mis poderosas armas son la persuasión, la sagacidad, la cautela y la sabiduría”.

La cancillería carolingia funcionaba con gran esmero, dotada de un cuadro de funcionarios completos y colocados a cargo de un oficial conocido con el nombre de “canciller”. Ese título se deriva del “cancellarius”, aplicado a la época romana al hombre que guardaba la puerta de los tribunales de justicia. En la época carolingia para que un edicto real pudiera ser considerado legal era necesario que llevase la contrafirma del canciller o custodia de archivos reales. Guillermo el Conquistador implantó el mismo ceremonial en Inglaterra.

“La diplomacia no es para neófitos”.

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