Por: Juan Ramón Martínez
Manuel Zelaya se ha convertido en el payaso de la política. Por ello provoca hilaridad en las redes sociales, rechazo en las conversaciones privadas; y, pena entre los más preocupados compatriotas, porque, al fin y al cabo, en un momento, fue presidente de Honduras, elegido por el pueblo. Y ahora es el consorte de la titular del Ejecutivo a la que él, no disimula que dirige, menosprecia por momentos; y en otros, como ocurrió el 15 de septiembre en el estadio nacional, se burla sin piedad. No faltan los que, con compasión, dicen que es su carácter de bromista, el que lo hace burlarse de todo, sin ningún respeto por nada.
Creemos que, sin negar que haya un poco de cada una de las explicaciones indicadas anteriormente, Manuel Zelaya se comporta -porque lo siente y está convencido de ello- como “dueño” de la República, propietario del gobierno y jefe supremo de todos los que ha puesto en las nóminas; o nombrado para que cumplan tareas en el gabinete de su esposa. Incluida ella por supuesto, a quien trata como simple gobernanta de la Casa Presidencial. Como hombres de esta volátil personalidad, no tienen espacio para la memoria; y, menos, consideración por la gratitud debida con los demás, lo que tiene siempre presente es que es el dueño de Libre; y que, este ganó las elecciones el 28 de noviembre de 2021. Olvidando por supuesto que el resultado electoral, fue posible por la alianza que suscribió con Salvador Nasralla, sin la cual, el triunfo habría sido imposible. Y con una conciencia tan frágil para el agradecimiento, tampoco tiene presente que muchos votantes, fueron parte del nacionalismo avergonzado que, no quería que JOH continuara gobernando al país. Su conclusión es que, sin Libre, del cual es propietario porque se lo regalaron los presidentes latinoamericanos que se lo quitaron de las manos a Lobo Sosa, nada se habría logrado, por lo que entonces, todo es suyo. Y puede hacer lo que quiera, desde suplantar la voluntad del electorado, sustituir sin su consentimiento a su esposa y, últimamente, ofender a Nasralla.
Nasralla es por voluntad popular, designado presidencial. Merece el respeto que nos obliga el compromiso democrático de cumplir con la ley. El que haya expresado insatisfacciones por el incumplimiento de las promesas preelectorales, es legítimo; y, corresponde a su derecho. Lo que no está justificado es el trato que le dispensa Manuel Zelaya que, no siendo elegido por el pueblo, le falta al respeto al designado presidencial, mientras cubre de halagos a Doris Gutiérrez o al desconocido doctor Florentino. No hay razón alguna para excluir del trato respetuoso que le dispensa a los mencionados, al designado Salvador Nasralla que, además – contrario a los citados que, no tienen poder electoral alguno- cuenta con un elevado porcentaje de la voluntad nacional que, en los últimos tiempos, en vez de disminuir, posiblemente como efecto de los ataques de Zelaya, ha crecido en forma singular.
Porque si Nasralla no se merece las ofensas que le dispensa Zelaya, cuyo único “título” para hacerlo, es el de un extraño cargo de asesor de su esposa -a la que no sirve para nada- y cuyo desempeño, no ha sido valorado por lo exiguo del mismo. Es decir que no tiene autoridad para faltarle al respeto al designado presidencial y menos, exigirle, a nombre de Xiomara Castro, que no es administradora de ninguna finca de Lepaguare, por fondos públicos que no son propiedad de la familia Zelaya.
Por ello, ante los insultos, una corriente de opinión, se ha orientado en favor de Nasralla y un rechazo generalizado se vuelca en contra de Zelaya. Porque la verdad es que, estamos al límite de la resistencia para aguantar a un hombre que nos ofende; y que, en sus desvaríos napoleónicos, quiere destruir la democracia, enajenar los intereses nacionales y comprometer el futuro de las nuevas generaciones. Si antes escribí que es un pescado descompuesto que ya no aguantan las narices del pueblo, ahora creo que es un individuo cuyas expresiones vulgares, manifestaciones de irrespeto, son insoportables. Y porque el pueblo antes que cualquiera otra cosa quiere deshacerse de él por su carácter tóxico, por su inclinación en complicar las relaciones, y por la voluntad infantil, de destruir el edificio en el cual se aposenta la nacionalidad hondureña