En su segundo día de su visita a Kazajistán, que concluirá mañana, el papa celebró una misa para cerca de 7.000 personas llegados de varios puntos de este extenso país, donde los musulmanes representan el 70 % de sus 19 millones de habitantes, mientras que el 26 % son cristianos, sobre todo ortodoxos, y sólo hay 125.000 católicos.
«En la historia de esta tierra no han faltado otras mordeduras dolorosas. Pienso en las serpientes abrasadoras de la violencia, de la persecución atea, en un camino a veces tortuoso durante el cual la libertad del pueblo fue amenazada, y su dignidad herida», dijo Francisco en su homilía en referencia a la prohibición de fe durante el régimen soviético.
El pontífice saludó a los fieles desde el papamóvil y después, como está siendo habitual, le ayudaron a celebrar la misa y sólo leyó la homilía debido a sus problemas de movilidad por el dolor en una rodilla.
Francisco dijo «que no hay que eliminar de la memoria ciertas oscuridades, pues de otro modo se puede creer que son agua pasada y que el camino del bien está encauzado para siempre».
Y agregó que «la paz nunca se consigue de una vez por todas, se conquista cada día, del mismo modo que la convivencia entre las etnias y las tradiciones religiosas, el desarrollo integral y la justicia social».
En este país donde se instalaron enormes campos de trabajo para los prisioneros políticos y deportados, la «prisión de la Unión Soviética» como la llamó Juan Pablo II, el papa pidió «aprender el amor, no el odio; aprender la compasión, no la indiferencia; aprender el perdón, no la venganza».
Mañana se reunirá con el clero del país en la parroquia del Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y asistirá a la conclusión del congreso de Líderes de las Religiones mundiales y tradicionales, el motivo principal por el que viajó a Kazajistán. EFE