Chile: NO de nuevo

Héctor A. Martínez (Sociólogo)

La misma noche que mi hija Andrea llegó a Santiago para cursar su maestría en la Universidad de Chile, el Uber que la conducía hacia su apartamento tuvo que dar varias vueltas alrededor de la Plaza Baquedano que se encontraba totalmente cercada por los vándalos que protestaban y destruían todo lo que encontraban a su paso. Era el comienzo de lo que dio en llamarse eufemísticamente como el “Estallido social”. Cuando vi los reportajes en TVN me pregunté desanimado por qué sucedía eso en un país donde la economía y los estándares de vida poblacional siempre habían sido los mejores del continente.

Para entender lo que pasa en Chile hay que remontarse al año de 1973, porque, a decir verdad, fue a partir del gobierno militar, con la ayuda de unos economistas liberales, que el país fue transformado profunda y radicalmente cuando en el resto de los países todavía soñamos con la venida de héroes libertadores. Estar en Chile es respirar el ambiente de orden y respeto, una sociedad abierta, pulcra y de alto consumo; si no me cree puede acudir a YouTube para ver las impresiones de los viajeros que guindan sus experiencias en las redes sociales.

Los chilenos siempre me han parecido fríos y petulantes, – “delicados de los pies”, como dice Isabel Allende-, pero eso no me ha importado mucho porque no dejan de tener razón hasta cierto punto. Puedo dar fe de que son personas muy serviciales y no tienen ese doblez montuno-urbano que exhibimos la mayoría de los latinoamericanos. Esta interpretación antropológica, muy particular, la aprendí de mis amigos chilenos, y de uno que otro profesor que tuve en la maestría hace muchísimos años. No importa su posición social o su genotipo, los chilenos donde quiera que se encuentren siempre escogen lo mejor: los vinos, las carnes, las marcas, los hoteles y hasta la educación. Su sistema universitario es de lo mejor: tanto la Universidad Católica -hacia la derecha-, como la “U” de Chile, que alberga todo tipo de pensamiento, se encuentran posicionadas entre las cinco primeras universidades del continente americano.

En 1989 decidieron decirle NO al continuismo de Pinochet, para mostrarle al mundo que podían llegar a ser desarrollados tanto en economía como en política. El NO era un mensaje contundente, proferido con esa tonadita muy chilena que se alarga y, de repente, frena inesperadamente: “Oiga ´weón´, muchas gracias por sus servicios, ya nos posicionó donde nos merecíamos estar, pero necesitamos volver a la democracia”. Y volvieron con Patricio Aylwin. Luego vinieron más de treinta años entre subidas y bajadas de la economía, mientras el capitalismo proseguía su camino generador de la riqueza, y el Estado se rezagaba en la prestación de los servicios, pero no tanto como nos lo han vendido los ideólogos del “Estallido social”.

La izquierda internacional jamás pudo olvidar el golpe de Estado, de modo que esperaron pacientemente su oportunidad de oro para juntar la correlación de fuerzas, como bien diría Gramsci. La encontraron en el 2019 en una camada de incautos y rebeldes “cabros” que ya tenían millas recorridas en las revueltas estudiantiles, y que, como Gabriel Boric, creen en “un Chile bien diferente” en apego a la famosa tonada del “Poder Popular” de Inti Illimani. Esa camada generacional es más insurrecta que los del MIR y más efectiva que los ideólogos de la UP. Y como las masas solo necesitan una chispa, le prendieron fuego al modernísimo metro que fue el que “pagó los patos”, mientras Mon Laferte se destapaba los senos para decir: “En Chile torturan y matan”. Mentiras, desde luego.

No le busquemos más explicaciones al YO RECHAZO del domingo: es que, en Chile, hasta los comunistas son institucionalmente muy conservadores a pesar de Marx. A los chilenos no hay que andarles por las ramas ni tratando de venderles modos de vida diferentes; peor con el lenguaje. El pasado horroroso de las largas colas y de cartillas de racionamiento está bien enterrado, y el consumismo bastante arraigado. Razones más que suficientes para decir NO.