¿“OPUS MAGNUM”?

A propósito de constituyentes. La Constitución de Haití, de 1987, basada en las constituciones de Estados Unidos y Francia, en papel es casi el marco teórico más adelantado para una democracia moderna. Sin embargo, en la práctica, Haití es el ejemplo más cercano de un Estado fallido. La Constitución vigente fue suspendida por algunos años, tras dos golpes de Estado, y reinstaurada en su totalidad en 1994. En el año 1804, fue uno de los primeros países caribeños y el segundo del continente americano en independizarse. O sea, ya lleva ratos siendo un pueblo autónomo, libre y soberano. Una ventaja como para ser uno de los países más adelantados de la región. Al año siguiente tuvo su primera Constitución.

(Por lo general, las constituciones son documentos fundacionales, no como ensayaron en el caso chileno, montando una convención constituyente dentro de un Estado de Derecho que no se ha roto. Y para salir de aprietos coyunturales –cuando el gobierno anterior fue sitiado por el estallido de la crisis en las calles– encomienda a una “olla de grillos” la elaboración de un opus magnum. Solo que los desafinados compositores –como afectados de acúfenos– acabaron entregando una melodía de notas tan discordantes que la ahuyentada concurrencia salió despavorida. Para ventura del pueblo chileno, la camisa de fuerza –holgada en la manga izquierda pero asfixiante al resto del cuerpo– que intentó imponer una minoría a toda la nación, fue rotundamente rechazada). La de 1964 –en la era de Duvalier–fue una reforma a la de 1957, caracterizada por su gran contenido social. La vigente cuenta con los pesos y contrapesos bien equilibrados a manera de garantizar coto a los excesos del poder. Sin embargo –retomando lo del parto de la nueva Constitución desechada por los chilenos– dizque serviría para dar al país la equidad económica y la justicia social. Ah, y de propina erradicar el desequilibrio del actual sistema indeseable –por ser tan despreciable sería que consiguieron asomarse a los umbrales del primer mundo–no tomaron mucho en desengañarse. Pretendieron venderles un espejismo que el nuevo texto era autopista pavimentada a la solución de todos sus problemas. Sin embargo, nada se pierde con repetir que no es la letra escrita de una ley lo que determina el progreso de las naciones, el bienestar de los pueblos, el respeto a los derechos, ni la plena satisfacción de los anhelos de sus habitantes. Por eso dimos a Haití de referencia. No solo es que el país esté arruinado, sino que no supera el magnicidio –deplorable, condenable– en parte secuela de la convulsión política que han vivido.

Otra muestra que una cosa es lo consignado en los textos constitucionales y otra muy distinta lo que disponen los gobiernos y el comportamiento de la gente. Pero el texto de la Constitución de Haití nada tiene que envidiar a otras constituciones de países desarrollados. Solo que ya en el día a día, la gente es como cosa aparte de todas esas ilusiones escritas. Son como unos 11 millones de haitianos los que viven en un territorio densamente poblado. La convulsa situación política y la crisis de inseguridad extrema no encaja con esa su bonita Constitución. La riqueza está concentrada en una minoría acaudalada mientras las grandes mayorías se debaten en condiciones paupérrimas de sobrevivencia. Bandas armadas hasta los dientes –donde no hay ingresos ni para comprar zapatos–infunden el terror. Desangrándose, además, por la hemorragia de migrantes haitianos que huyen desesperados de sus hogares. Se trata de un país arruinado de crisis interminables. Pero con una Constitución bien hecha que nada dice ni de su gobierno, de su gente, de sus instituciones, ni de la bancarrota económica, política y social. (Dicho lo anterior –señala el Sisimite– “no hay más ciego que el que no quiere ver” –y Winston agrega– “ni peor sordo que el que no quiere oír”).