VALORES CATRACHOS

HA sido costumbre de nuestra población celebrar y premiar a los futbolistas más o menos famosos. Aunque en raras eventualidades el futbol nacional supere los niveles promedios más allá de las coordenadas regionales. De vez en cuando, o a las cansadas, se le hace un reconocimiento a más de algún cantautor lugareño. El resto de las cosas queda sumergido en la tramitología burocrática indolente.

Sin embargo, cuando varios de nuestros paisanos se destacan en la esfera académica internacional, o en los quehaceres intelectuales y científicos, existe un reconocimiento aislado, pero en medio de una gran sordera colectiva. Cuando ocurren estas eventualidades positivas, solemos imponer la “ley del hielo” a los paisanos que han sido homenajeados o reconocidos en otros países, a menos que se trate de compañeros de viaje que marchan sobre los rígidos carriles de las ideologías de turno.

En fechas recientísimas dos hondureños han recibido premios y reconocimientos internacionales que deben ser subrayados. El primer caso se trata de la joven Cesia Sáenz, quien ha obtenido el primer lugar en una “Academia” mexicana dedicada a los menesteres del canto popular. Ella ha demostrado grandes virtudes en el manejo de los matices de voz al momento de debutar en los escenarios. Es lo contrario de otros cantantes tímidos, y desentonados de por acá, que son incapaces de utilizar el tórax y las manos a fin de desarrollar sus potencialidades artísticas. Y por eso acaba de poner muy en alto el nombre de Honduras. Merece más reconocimientos. Días antes, la joven Valeria Viana, originaria de Choloma, ocupó espacios en los medios de comunicación por haber obtenido para Honduras un honroso título en las 44 Olimpiadas Mundiales de Ajedrez en la India.

Otro caso al que deseamos referirnos, es al de Johan David Reyes, un joven científico que en semanas recientes realizó una pasantía en el “Museo Natural de Londres”, por sus investigaciones y clasificaciones biológicas en el campo específico de la botánica y otras indagaciones conexas en Honduras y América Central. En realidad se trata del primer hondureño que obtiene la oportunidad de acceder a tan importante institución internacional. El museo mencionado es uno de los más importantes del mundo, en tanto que desde el siglo diecinueve ha recolectado y resguardado unos ochenta millones de muestras de todas las especies posibles a nivel mundial. Johan Reyes es egresado de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras y actualmente cursa una maestría en “Manejo de la Conservación del Departamento de Biociencias del Edge Hill University” del Reino Unido. Pero claro, como se trata de un joven intelectual dedicado a las ciencias naturales, es muy tenue el ruido que se le hace.

Con la excepción de Salvador Moncada y María Elena Botazzi, otros científicos hondureños que han recibido reconocimientos y homenajes en Francia, Estados Unidos, Alemania, España y en América de Sur, han pasado casi desapercibidos, como si no existieran. Podemos decir, en términos irónicos, que mejor se hubieran dedicado al futbol y al “reguetón” para que tal vez de esto modo pudieran llamar la atención de sus paisanos y amigos. Entonces hubiesen recibido todos los aplausos habidos y por haber, aunque fueran pésimos o regulares futbolistas. O cantantes malhablados y de mala facha.

A veces la historia pareciera injusta o descompensada. Pero si repasamos detenidamente los acontecimientos de las civilizaciones remotas, podemos recordar que la mayoría de los hombres que se destacaron en las olimpiadas griegas o en los circos romanos, casi nadie los menciona, porque sus nombres se han desvanecido o han caído en el olvido. Sin embargo, los nombres de los filósofos, geómetras, cartógrafos, teólogos, poetas, dramaturgos, médicos y repúblicos, continúan siendo recordados hasta el día de hoy, aunque nadie les haya aplaudido o reconocido nada, o casi nada, en aquellos lejanos momentos. Por alguna razón confiamos que tarde o temprano serán exaltados los méritos de los científicos y de los intelectuales catrachos que poseen conocimientos sólidos e integrales, como en el caso del joven poeta Carlos Santos, en la Sorbona de París.